El piano (The Piano. Jane Campion, 1993)

Por Joaquín Vallet Rodrigo

La aparición de El piano en el año 1993 supuso un extraño acontecimiento a nivel mundial un tanto complicado de entender. Complicado no por la calidad de la pieza de Jane Campion (se trata de una obra verdaderamente espléndida), sino por las características propias de la película. El piano es una pieza de gran complejidad, difícil de asimilar en un primer visionado y, desde luego, un film que no se encamina hacia la precipitación habitual dentro del cine contemporáneo, sino que se estructura sobre un ritmo muy pausado y reflexivo que ahonda tanto en las circunstancias de los personajes protagonistas como en la agreste belleza de los paisajes neocelandeses. Por consiguiente, la armonía que despertó entre la crítica y el público y los inmuerables premios que la película recibió (entre ellos, su triunfo absoluto en Cannes con la Palma de Oro y el premio a la mejor actriz) adquiere un grado de excepcionalidad verdaderamente sorprendente que pocas veces se ha vuelto a repetir en una obra de tan marcadas singularidades como El piano.

La película responde a una idiosincrasia muy determinada en todo lo que tiene que ver con el concepto del minimalismo a lo que ayuda, sobremanera, la composición musical de Michael Nyman. No se trata de una identidad superficial o meramente vinculada al espectro lírico del film. En absoluto. El piano opta por fijar su atención en los pequeños detalles, en los aspectos que, aparentemente, pasan desapercibidos pero que adquieren una importancia subrepticia determinante. Es una película apoyada en las miradas que los personajes realizan entre sí, en la importancia absoluta de los gestos y en el lenguaje corporal, en unos factores que dicen mucho más de lo que, a priori, puede parecer. A este respecto resulta un elemento clave el sempiterno silencio de Ada (soberbia Holly Hunter, como de costumbre por otra parte) y la necesidad de expresar sus emociones mediante actitudes determinadas (el primer encuentro sexual con el personaje interpretado por Harvey Keitel) o con el apoyo determinante del piano no como un medio, sino como un complemento preciso de su personalidad. Es éste, sin duda, el factor más atractivo de todos los que el film acaba por plantear, ya que su conjunto de líneas temáticas resulta amplísimo, abarcando desde la urgencia de la liberalización femenina en un mundo constreñido por el universo masculino, hasta la soledad del individuo y su exigencia de introspección en un marco social poco propicio para dichas tesituras. Todo ello sin olvidar el reflejo que Campion ofrece del mundo de la infancia, simbolizado en el personaje de Flora a la que una espléndida y sorprendente Anna Paquin dota de una turbadora dimensión de perversidad.

El piano, después de quince años de su estreno, no ha perdido ninguno de los factores que la hicieron destacar de entre sus coetáneas. Por el contrario, y muy a pesar de que la figura de Jane Campion se haya vuelto un tanto errática merced a insensateces como In the cut, El piano sigue fascinando gracias a su poética, su reflexivo sentido del ritmo y al cúmulo de emociones que sabe transmitir a cualquiera que se adentre en ella.