El tercer hombre (The Third Man. Carol Reed, 1948)

Por Juan Antonio Gómez

A mi “cuñado” Rafael Villaseñor,
conocedor erudito de esta película e impenitente enamorado de ella. 

El tercer hombre es una de esas raras películas que tienen la virtud de ser reivindicada por mucha gente como la película de la vida. André Bazin decía en su famoso libro sobre Jean Renoir que los dos filmes que mayor número de vocaciones cinematográficas habían suscitado eran La regla del juego (La règle du jeu, Jean Renoir, 1939) y Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941). Yo no sé si El tercer hombre podría añadirse a tan egregio par; ahora bien, de lo que sí estoy seguro es de que la película de Reed es, tal vez, una de las películas que ha despertado mayores vocaciones cinéfilas de la historia del cine desde su estreno en Londres, allá por el mes de agosto de 1949. Su poderoso magnetismo no ha cesado de fascinar a aquellos cinéfilos que la reconocen ya como una pieza imprescindible del cine moderno, y de despertar amores incondicionales, generación tras generación, en muchos espectadores que, merced a su descubrimiento, han encontrado que el cine puede ser algo más que un simple entretenimiento y convertirse en una fuente inagotable de placer estético, incluso en un referente vital.

Y es que El tercer hombre es una película de autor en uno de los sentidos más estrictos en que puede emplearse este término aplicado a una obra cinematográfica. A veces olvidamos, quizá debido a una determinada concepción del cine de autor destilada sobre todo en la crítica y la cinematografía francesas de la nouvelle vague, que el cine es, como decían los teóricos clásicos, un arte total, un arte que precisa de la conjunción de diversos talentos para explotar estéticamente, y se cae así, a menudo, en el tópico de reducir las cualidades estéticas de un filme a las simples y puras personalidad y actividad del director. Esto es algo que, sin embargo, ha tenido siempre muy claro el mejor cine británico y su consideración nos ayudaría a comprender más ajustadamente la dimensión artística del cine, además de a entender mejor esa, por otra parte, injustamente desconocida cinematografía en nuestro ámbito crítico, tan deudor para lo bueno y para lo malo del ámbito crítico galo. Por ello se explica, quizá, que ese gran gurú de los auteurs contemporáneos que es Jean-Luc Godard, afirme displicentemente en sus erráticas y sugestivas Histoire(s) du Cinéma, que el cine británico no ha dado nada digno de ser tenido en cuenta en la historia (su historia) del cine.

El tercer hombre constituye, como pocos casos del cine británico (y europeo en general), un ejemplo señero de esto que digo. Ciertamente, su director, Carol Reed, no es uno de los considerados habitualmente grandes clásicos de la historia del cine; en verdad, el cineasta tuvo una carrera irregular y su estilo no es de los que sobresale por nada en particular; empero, tuvo el acierto, el instinto, de engrasar maravillosamente la maquinaría de su película con toda la diversidad de talentos que tuvo a su cargo, para obtener un producto artísticamente memorable. Y es que, desde el productor originario del filme, Alexander Korda (después el guión terminado fue adoptado por David O´Selznick para su rodaje) que fue quien puso en marcha la película al proponerle a Graham Greene, durante una cena entre amigos, que escribiese una historia ambientada en la ruinosa Viena bombardeada de la segunda posguerra mundial, pasando por la gestación del guión en el propio lugar de los hechos tras impregnarse el escritor del contexto de corrupción y desamparo allí imperante, la elección del reparto en el que Joseph Cotten entró casi de rebote y Orson Welles por pura y simple necesidad económica (tras una enorme borrachera y su rapto posterior para ser llevado a París a negociar con Korda, dicen algunas malas lenguas) para financiar su Otelo al quedarse sin dinero para seguir rodándola, la inspirada filmación y fotografía del estilista Robert Krasker, hasta finalmente la música (The Harry Lime´s Theme), una pieza olvidada por su autor, Alexander Karas, quien fue descubierto casualmente por Reed en un restaurante de los suburbios de Viena tocando la cítara, El tercer hombre ha forjado su mito, y ha pasado a ser una de las primeras cult movies del cine moderno.

He aquí, creo yo, la clave de comprensión de esta película legendaria. ¿Cómo se entiende, si no, la emoción que siguen provocando hoy, casi sesenta años después, las notas de la cítara de Karas, el rostro de Welles entre las sombras, o la imponente noria del Prater vienés dando vueltas y vueltas como las agujas de un impecable reloj suizo?