Es de agradecer la oportunidad de poder hablar sobre una película que en España fue tan unánime e inexplicablemente despreciada por una critica cada día más conformista, acomodaticia y equivocada —no es lugar y momento para hacer un desarrollo detenido sobre la situación de la crítica en nuestro país, pero desde luego el panorama resulta desolador en cuanto a reflexión y análisis, por mucho que se inauguren a bombo y platillo cabeceras de revistas que aprovechan de manera superficial el prestigio heredado—.
El caso de Loach resulta especialmente sangrante en un país en donde muchos de los supuestos especialistas cinematográficos se alinean en las no menos supuestas filas del progresismo —cada día más una etiqueta que colgarse en la solapa y no una autentica convicción—, pero que, sin embargo, despachan cada película del inglés con una serie de tópicos (maniqueísmo, simplismo, panfletario) mientras se deshacen en elogios hacia los pálidos émulos patrios del cine social practicado por aquel y que (este si) apesta a falsedad e impostura por cada centímetro cuadrado de celuloide. Se dirá que mi discurso resulta demasiado radical e injusto, pero el nivel al que ha llegado la situación lo justifica: mientras la critica española se deshace en elogios hacia películas infames de factura nacional, la Palma de Oro de 2006 fue literalmente destrozada por toda la crítica sin que sea posible, tras un visionado serio de la película, encontrar las razones de tamaño desvarío.
Si echamos la vista atrás y reflexionamos un poco sobre la cuestión, si que podremos encontrar algunas justificaciones para lo que ocurre en este país con respecto al cine de Loach. Recordemos que la carrera del realizador comienza a mediados de los sesenta en la televisión, y que su carrera cinematográfica se inicia a finales de esa misma década teniendo un desarrollo irregular y discontinuo hasta el año 90, en donde realizará la película que le dará a conocer de manera mayoritaria, Agenda oculta (Hidden Agent, 1990). Será también esta película la que le de a conocer al gran público en nuestro país, pero no podrá verse hasta un par de años después dado que de manera misteriosa, y a pesar del enorme éxito y trascendencia que estaba teniendo en Europa, una distribuidora española, hoy desaparecida, comprará la película y la “enterrará” convenientemente evitando que su estreno coincida en el tiempo con los escándalos que salpicaban al gobierno socialista de entonces entorno a los GAL; es decir, un caso de terrorismo de estado con muchas simetrías al planteado por Loach respecto al gobierno conservador —de tendencias claramente ultraderechistas— presidido por Margaret Thacher. Esta circunstancia creará una serie de malentendidos, perfectamente intencionados, respecto al cine de Loach que aún hoy se arrastran: entre otras cosas, a la película del británico se le acuso, tanto desde la derecha como desde la izquierda, de apoyar la causa de IRA, algo que en absoluto esta en el film, y que resulta equivalente a las acusaciones de maniqueísmo y manipulación que se hacen respecto a su cine. Por otra parte, a la derecha le resultaba incomodo emplear una película realizada por un militante izquierdista radical para atacar al gobierno socialista, y a la izquierda le resultaba incomoda una película que exponía sus propias vergüenzas realizada por alguien perteneciente, supuestamente, a su mismo bando (e incluyo la suposición por que Loach se encuentra tan cercano a esa impostada progresía que puebla nuestro país como a la izquierda de escaparate que representa Blair y el actual partido laborista). Si estas circunstancias se vieron limadas respecto a sus siguientes realizaciones, la aparición de la soberbia Tierra y libertad terminó de consumar el divorcio entre Loach y la izquierda oficial de este país —que, por desgracia, tiene poco de izquierda y mucho de oficial—. Así, la visión nada maniquea del bando republicano que daba Loach y el análisis profundo que ofrecía de las razones de la derrota, y de la propia traición en el seno de la izquierda, servido por una excelente narración fue anatemizado a derecha e izquierda asentando el lugar común y la pereza mental ante el cine de este excelente director. Desde entonces cada realización de Loach, ampliamente aplaudidas en Europa, ha sido destrozada por la mediocre crítica de este país. Algo que no ha supuesto una excepción en el caso de El viento que agita la cebada.
Entrando en materia y a pesar de la larga introducción, que por otra parte creo totalmente necesaria, la ganadora de Cannes 2006 es con toda probabilidad la mejor película de Loach, con permiso de la excelente Agenda oculta y de la sublime Ladybird, Ladybird. En ella el cineasta británico da un salto cualitativo en el trabajo con la imagen [1], añadiéndole un nivel metafórico a la planificación del que carecían sus anteriores películas, y sobre todo a la hora de construir una narración capaz de englobar con armonía el análisis histórico y social con el drama personal haciéndonos comprender la dimensión individual de una serie de personajes, a la vez que deja muy claro, sin juzgarlos, cual es la posición correcta para el propio Loach [2]. Y es que la ausencia de maniqueísmo no significa que haya una carencia de compromiso o de discurso personal, algo que confunden los que de manera interesada pretenden imponer sus criterios frente a las voces disidentes.
Loach y su guionista Paul Laverty, que emplean una convención narrativa a la que conseguirán dar una dimensión compleja (muestra de ese talento que estúpidamente se les niega por aquí), van a presentar la historia de los hermanos O’Donovan como un vehículo que condensa el drama de la lucha por la independencia irlandesa y el posterior enfrentamiento civil que le siguió. El mayor Teddy (Padraic Delaney) representará la capacidad de liderazgo y el pragmatismo político a la hora de afrontar una independencia limitada para Irlanda, mientras que Damien (Cillian Murphy) frustrado medico que empujado por las circunstancias, y en contra de su voluntad inicial, se unirá a la lucha por la independencia, terminará convirtiéndose en el máximo defensor de una via revolucionaria para la futura Irlanda independiente. La película deja clara que para Loach la via más adecuada será la representada por Damien, pero a su vez será capaz de hacer un retrato de Teddy como alguien coherente que, de manera equivocada o no, defiende sus convicciones con igual honestidad a las de Damien —a pesar de que Loach considere dichas convicciones incorrectas e incluso inmorales en algún aspecto—. Esto hace que la película adquiera una complejidad por completo alejada de ese maniqueísmo al que se refieren aquellos que parecen haber visto una obra diferente a la proyectada en los cines.
La demostración del salto cualitativo que hay en la construcción del discurso cinematográfico de Loach en esta película se puede ver en la utilización sumamente estilizada y metafórica que va a hacer de la música, un elemento que se va a convertir en central a la hora de expresar ideas complejas. La inclusión en varios momentos de canciones tradicionales irlandesas, cantadas indistintamente en inglés o en gaélico, además de incluir un elemento de construcción cinematográfica muy preciso y complejo dotan a la película de una estilización inédita en la obra de Loach —y, también, en algunos momentos, de un lirismo que no restan rigor a la propuesta—. Así, la primera vez que aparece una canción en la película —cantada en el funeral de Michael [3], victima iniciática de los soldados británicos y amigo de Damien— será la que de título a la propia película, algo nada casual: la canción se oye con la entrada de Damien en la estancia y de una manera totalmente Brechtiana sirve para explicar el nacimiento de la conciencia revolucionaria de Damien: algo que se completará en la secuencia posterior, donde la agresión de los soldados británicos a Dan (Liam Cunnigham), el maquinista del tren en el que médico debía partir a Londres, hará que Damien tome conciencia de la necesidad de la lucha y se sume a su hermano y los demás camaradas en el levantamiento contra el ejército británico. Una secuencia que en un primer visionado parece un tanto forzada —Damien no se ha decidido a implicarse en la lucha a pesar de presenciar la ejecución a sangre fría de su amigo por los británicos, pero si lo hace al observar la agresión al maquinista—. Sin embargo, y como demostración de la capacidad metafórica de Loach en esta película, la secuencia es clave por lo siguiente: Dan se convertirá en el padre espiritual de Damien y en su maestro revolucionario —así se entiende en la secuencia de la cárcel, al inicio, cuando Dan le lee a Damien la carta de uno de los lideres de la revolución irlandesa en que incita al pueblo de Irlanda a crear un estado socialista—, y a medida que Damien vaya alejándose de su hermano debido a sus convicciones políticas, la figura de Dan sustituirá a Teddy como guía vital y político de Damien; de hecho será la muerte de Dan en el asalto a la comisaría la que haga que Damien se entregue en lugar de huir, completando un acto sumamente simbólico con ello: el asesinato de Dan —le disparan repetidas veces desarmado en el suelo y por la espalda— a manos de los hombres de Teddy supone la muerte simbólica del propio Damien y de la vía revolucionaria propugnada por Dan.
Para terminar, y debido a la limitación de espacio, sólo señalaré dos momentos unidos, una vez más, por una canción y que son una muestra inequívoca del talento de Loach y de la dimensión de esta excelente película. Tras la ejecución de Chris (John Crean) a manos de Damien, a causa de la traición de aquel que ha conducido a la ejecución de tres de sus compañeros, el propio Damien confesará su dolor a Sinead (Orla Fitzgerald), la hermana de Michael —Damien le cuenta como fue a buscar a la madre de Chris, su amigo, y la condujo a la tumba de su hijo tras lo cual esta le dirá que no quiere volver a verle jamás—. Sinead le mirará y le confesará su amor abrazándole —actuando de manera evidente como portavoz de Loach, que justifica así el terrible acto al que se ha visto obligado Damien al matar a su propio amigo—. Tras ello Loach encadena con un plano inédito en sus anteriores películas: un grupo de hombres surgen de la niebla en plano fijo acercándose poco a poco a la cámara, mientras cantan una hermosa canción tradicional. Loach aguanta el plano hasta que todos ellos pasan por delante del objetivo saliendo luego de campo, siempre escuchándose la canción. La conclusión es obvia: Loach no sólo justifica la acción de Damien, sino que a través del abrazo de Sinead encadenado con el grupo de hombres (entre los que estan el propio Damien, Teddy y los demás compañeros de lucha) y unido a la canción, el cineasta nos esta diciendo que el acto de Damien era imprescindible para el éxito de una lucha que necesita de la unidad de todos ellos para lograr sus objetivos y que Loach considera totalmente justa —construyendo así un discurso preciso con elementos puramente cinematográficos—. La situación se repetirá al final, pero el orden de los elementos determinará una conclusión muy diferente: tras la ejecución de Damien por un pelotón de fusilamiento dirigido por su hermano, Teddy se encaminará hacia la granja de Sinead para comunicarle la muerte del que ahora es su esposo. Tras darle Teddy a la mujer una carta de Damien y una medalla que pertenecía a Michael, y que la propia Sinead le había dado a su esposo, ella echará a Teddy de su propiedad diciéndole “No quiero volver a verte jamás”, es decir, lo mismo que le dijo la madre de Chris a Damien. Sin embargo, ahora Loach filmará la partida de Teddy desde la lejanía y no existirá abrazo redentor alguno, sólo las lagrimas de Sinead lamentando la muerte de Damien. Loach fundirá a negro y sobre la pantalla vacía oiremos la canción que entonaban el grupo de hombres que bajo la niebla se encontraban unidos en la lucha por la independencia de su país. La conclusión es obvia: mientras que el acto de Damien era necesario para Loach en pro de la unidad y de una lucha justa, el de Teddy es para el cineasta una elección incorrecta e inmoral, y aunque no duda en comprender sus razones las censura con todo el aliento moral del que es capaz un cineasta único y en el mejor momento de su creatividad.
[1] No confundir con la idea de que Loach es descuidado, torpe o perezoso para trabajar la planificación de sus películas, pero si que ha preferido arrinconar un trabajo más estetico de estas a cambio de una narración y una interpretación de los actores basada en conceptos cercanos al reportaje y al docudrama, que han dado resultados excelentes como Ladybird, Ladybird, simple y sencillamente una de las mejores películas británicas de todos los tiempos.
[2] Un planteamiento al que no es ajeno el cine de Loach. Ya en Ladybird, Ladybird, Loach no intenta hacernos reflexionar sobre los fallos y las injusticias del sistema de protección social británico haciéndonos simpatizar con el personaje principal —una característica típica del cine de hollywood con pretendida conciencia social; véase la por otra parte interesante Erin Brockovich como un ejemplo perfecto de este proceder—. Loach muy al contrario presenta un personaje con rasgos sumamente negativos, pero sobre el cual reflexiona (y hace reflexionar al espectador) hasta llegar a la conclusión de que ese personaje es fruto de un entorno degradado e injusto señalando con el dedo la causa general y no el caso particular. Algo sumamente difícil de conseguir y pocos directores han logrado.
[3] En una secuencia que recuerda inevitablemente a otra análoga a ella y que se encuentra en la magnifica The Molly Maguires (Odio en las entrañas, Martin Ritt, 1971), película que tiene algunos y significativos puntos de unión con esta