Farenheit 9/11 (Michael Moore, 2004)

Por Emilio Martínez-Borso

Born in the U.S.A.

De toda la trayectoria que el festival de cine por antonomasia del mundo ha venido premiando, sin duda han convivido obras maestras, películas fallidas, buenos largometrajes o directamente malas propuestas que nunca ha sido entendible su alzamiento con el máximo y ansiado galardón. Aún así, entre el devenir habitual de un festival de esta magnitud (premiar siempre lo mejor u obvio no sería noticia), el reconocimiento que se llevó la cinta de Michael Moore levantó del mismo modo que la película en si, aplausos, abucheos, reacciones enfrentadas pero consiguió lo que se proponía, y que Oscar Wilde resumió tan bien; que hablen de uno.

Porque que más da que la película se englobe dentro del género documental (un hecho muy criticado por los detractores del festival), o que toque temas muy peliagudos en mano el siempre polémico y excesivo Michael Moore. Lo que sentó realmente mal fue el en teoría evidente favoritismo del jurado, presidido ese año por el norteamericano Quentin Tarantino, quien fue acusado de barrer sin ninguna sutileza hacia su casa. No voy a ser yo quien entre a juzgar a Tarantino y su decisión porque francamente querida… me chupa un huevo. Lo que sí me interesa, es la película en si, y eso es lo que pretendo tratar.

Pretendido disparo a bocajarro a la administración Bush, critica exacerbada del doble rasero (como siempre le gusta decir a un amigo mío) moral norteamericano, la película queda eclipsada por la megalómana personalidad de su creador y su ferviente voluntad de predicar en el mundo entero, las fatalidades de su nación, de su máximo dirigente, y de su papel como mesias Matrixiano, que no cesa en su empeño por abrir los ojos a cuantos más mejor y suministrarnos película tras película la ansiada pastilla roja que nos devuelva a la realidad más humana, más cercana, más real…su realidad.

El problema de Moore-Farenheit, es su desmedida ambición. Un ambición que empaña la buena voluntad crítica y que se pierde en el simple ataque-por-que-si-por-que-yo-lo-valgo. Las aptitudes demostradas por su máximo creador en las excelentes Roger&Me (1989) y Bowling for Columbine (2002) que se basaban en lo directo, local y honesto de su propuesta (una película, un tema) y que por suerte ha recuperado en la excelente Sicko (2007), se ven ensombrecidas por el deseo de crear la película definitiva sobre unos hechos tan trágicos como oscuros que son el 11S, para luego encauzarlos hacia algo tan obvio como las guerras de Afganistán e Irak. Separada en dos partes bien diferenciadas e independientes entre si, Fahrenheit 9/11, pierde fuelle en su segunda parte, la que se refiere a la intervención norteamericana en los conflictos bélicos recientes, convirtiéndose en un panfleto que bien podría pertenecer a un partido político en plena campaña electoral, y lo que es peor restando credibilidad y calidad a unos primeros tres cuartos de hora de metraje soberbios, excelentes. Moore es incapaz de mantener la suficiente objetividad como para dejar al público juzgar y sacar sus propias conclusiones. Como demiurgo que pretende ser, maestro de escuela, y padre a la vez, el cineasta nos corta y mastica la carne para que nosotros sólo tengamos que digerirla, privándonos de esa libertad que él predica y reclama como obligatoria para todo el mundo.

No es menos cierto que sería injusto detenerse en esta primera lectura, en la cual se estancaron muchos de sus detractores, pues en honor a la verdad Moore demuestra controlar perfectamente el tema que trata y cinematográficamente vuelve a mover los hilos del ritmo y el montaje para darnos una lección de narración cinematográfica aunando varios géneros en su brillante primera mitad. Y es que es en esos cuarenta y cinco primeros minutos cuando el director es capaz de secuestrarte otorgando un recital de recreación Histórica a base de imágenes de archivo, puro cine de terror debido a lo real de su hipótesis y poderío narrativo, alzándose como un gran investigador, que tras mucho, mucho trabajo periodístico, es capaz de ofrecer y regalar unos hechos que aunque no probados, calan en la conciencia y memoria del espectador jugando subversivamente con la incredulidad que despierta en uno, la posibilidad que, por remota que sea, sea cierta. Cinematográficamente, Moore sabe como explotar los datos que filma. Como he señalado anteriormente, el gran uso del montaje, unido a la rápida transición entre secuencias, con cortes internos entre ellas para ir directamente al asunto hace aumentar el suspense. El continuo uso de los planos de reacción entre los entrevistados y los cazados, demuestra la inteligencia de Moore en saber que los ojos no engañan, y prueba de eso, es la magnífica secuencia del propio director frente al congreso preguntando a los congresistas si enviarían a sus propios hijos a la guerra… impagable.

Llevan razón aquellos que tildan al cineasta de hipócrita sobrevalordo y pesado, pero a pesar de lo excesivo de su propuesta y lo fallido del resultado final, palmas de oro aparte, Moore es honesto en su tarea de cruzado defendiendo a los más pobres de su país, aquellos que no tienen acceso a un sistema sanitario, aquellos que suelen ser los damnificados en las masacres escolares…aquellos que son los primeros en ser reclutados para ir a las guerras, sean justas (si las hay) o no.