La señorita Julie (Fröken Julie. Alf Sjöberg, 1951)

Por Rafael Bellón

Si  las autoridades nos dejan, quizá llegue un día en que, vía Internet, podamos llegar a conocer la obra completa del maestro sueco Alf Sjöberg (1903-1980). La verdad, no sé cuanta gente puede haber interesada en España en estas recuestas griálicas; en buscar, digamos,  Hets, con guión de Bergman, que no se si se basa en la novela de parecido título de Strindberg, o El juez (Domaren), o Iris y el teniente, o Pájaros salvajes (Vildfaglar). Pero en fin,a pesar de las banderías,  los estupendismos  y  la pereza festivalera, creo que somos la generación llamada a reescribir la historia del cine: falta un poco de disciplina, claro.

Confieso mi pasión por la obra y la vida de August  Strindberg. Me alimenta más que Chejov o Ibsen: su maldad me lo hace más simpático y cercano. Fue el fundador del teatro de la crueldad, y sus obras en otros géneros también son formidables. Pienso en la autobiografía novelada que empieza con “ El hijo de la sierva” y “Fermentación”, donde se trata un pérfido retrato de las supersticiones y las cortapisas protestantes, la sexualidad infantil, la brutalidad escolar, la llegada del marxismo y el ateísmo, etc. Los maridos de Gritos y susurros, el arzobispo Edvard Vergerus de Fanny y Alexander, tienen su raigambre  en algunos personajes del maestro: aunque el feminismo de Bergman no concuerda con su visión daimónica de la mujer, que encarnan la terrible y castradora madre de El pelícano, la esposa de Danza macabra y, lo que más viene al cuento, la señorita Julia y la condesa Julia, su madre.

Mi primer contacto con la obra en que se basa el filme fue el excelente montaje que hizo de ella Juan Ignacio Ceacero hace unos años en la RESAD. De ahí puedo observar las diferencias  entre el dibujo de Strindberg y lo que sale de la paleta de Sjöberg: unas fantásticas y brueghelianas escenas de las fiestas de San Juan campesinas, que en la representación aparecen fuera de escena; unas dreyerianas (me hacen pensar en los estanques de Gertrud) recreaciones de la naturaleza, los bosques y  lagos de la finca; y, en especial, una detallista, elegante e historiada recreación en flashbacks de la narración que los dos protagonistas hacen su infancia, en serio o en siniestra broma, que podría tener que ver con otra excelente película del tiempo, Mi hermana mi amor, de Victor Gjotman.

Estaría bien estudiar las películas del género de relaciones amorosas entre amos y criados. Cito algunas imprescindibles: Mandingo de Richard Fleischer, The servant de Losey, y más oblicua y enrevesada, Les dames du bois de Bologne… Y acercarlas a las más recientes de relaciones interclasistas, como Alice et Martin y la excelente Expiación .Y enraizar este género en la literatura decimonónica finisecular de los arribistas, los gigolós, etc., de Maupassant a Schnitzler, de Eça de Queiroz a Fontane. Pero no están nuestros críticos para estos trotes, como he dicho otras veces.

Por ahora, nos queda navegar en el e-mule en busca de Mario Soldati, Raffaele Matarazzo, Hugo del Carril, Julien Duvivier… Y de los más accesibles maestros post meridian Zurlini, Jancso, Bene, Kluge…  Para que llegue un momento en que podamos ver en el brasero familiar estas cosas en vez de los folletines agropecuarios de Concha Velasco, o para que podamos hablar con nuestras madres de ellas en vez de sobre la separación de Fernando Esteso. Pese a quien pese.