If.... (Lindsay Anderson, 1968)

Por Ramón Alfonso

Vida y opiniones del caballero Michael Travis

Lejos de ser un espejismo como su compatriota Tulse Luper, Mick Travis en su periplo vital se convierte en un perfecto reflejo del individuo medio de mitad del siglo XX. Su destino no puede estar mas cargado de ironía, quien  en la escuela es un brillante alumno, contestatario, inconformista, revolucionario acaba convertido durante la celebración del 500 aniversario del Britannia hospital en un Sosias del monstruo de Frankenstein. Por un momento aún nos habrá engañado al descubrirle como representante de una marca de café, empleo que por supuesto no tardará en desdeñar como buen alineado que se precie para embarcarse en una peripecia existencial que le llevará de nuevo al comienzo, y por unos instantes el joven Travis antes de ser aparentemente absorbido por la sociedad podrá encontrarse cara a cara con Lindsay y Malcolm, e imagino que se sentirá igual que Antoine si pudiera  asomarse a través del espejo y ver a François y Jean-Pierre. Para Travis es imposible adaptarse a las normas, a los convencionalismos, a las ridículas jerarquías que se encuentran primero en el College como estudiante y después como trabajador. La primera vez que le descubrimos es un alumno de 6º curso que regresa a la escuela después del verano-a través de los ojos del pequeño Jute, en su primer día, ya hemos descubierto a un ritmo tan terrorífico como frenético unos pasillos cargados de arcaicas costumbres, insufribles jerarquizaciones y a un montón de alumnos que parecen clones unos de otros-su primera aparición no puede ser mas definitiva: ataviado con un grotesco sombrero, un amplio abrigo, y una interminable bufanda cubre el terrible secreto que alberga su rostro, un bigote, una seña inequívoca de rebeldía, que, ay, no durará demasiado; ese bigote sin embargo, tan sólo será el primer paso. La toma de conciencia, más generacional, mas romántica, en realidad que verdaderamente política, de Travis y sus compañeros irá pareja a la narración de ésta; poco a poco el relato irá abandonando un aparente clasicismo naturalista en favor de un lenguaje mucho mas libre, subversivo, que crecerá conforme se construyan los sueños revolucionarios de estos malos alumnos del College. Por el camino nos encontramos con el autoritarismo de los profesores, una escuela construida sobre las clases sociales que tan sólo es un preámbulo a una Inglaterra aún mucho más conservadora, y sobre todo un montón de sueños, de deseos, de frustraciones. ¿En qué momento la narración se torna subjetiva, en la primera aparición de la chica de la cafetería o en la secuencia del asesinato del párroco en la que el surrealismo, hasta ahora siempre presente en un segundo plano, se presenta ya sin ninguna máscara? La subjetividad del relato, la simbiosis de la mirada de quien narra estos hechos y la de su protagonista en realidad posiblemente se produce desde la primera aparición de Travis. Y ya que esta simbiosis es tan perfecta, tanto para quien narra los mencionados hechos como para quien da vida al joven Michael, el último plano de esta primera aventura me parece modélico. El último capítulo de la película, pues en definitiva estamos hablando de una película, el octavo (Crusaders), no puede ser mas significativo. En un mismo espacio encontramos a los principales pilares de la sociedad, la realeza, la iglesia, el ejercito, los profesores, los padres, todos reunidos en una  graduación de cartón piedra acompañada de las insustancialidades del General Denson hablando sobre la patria y lo que significa ser un patriota. De pronto hace su aparición un humo en la capilla donde se celebra la reunión que tan sólo puede anunciar un inesperado incendio. Todo el mundo sale. La trampa está tendida. Desde los tejados, Travis y sus cruzados armados con metralletas disparan a toda una sociedad que no les comprende y que  les detesta. El último plano, el cierre del film, es un primer plano del rostro de Travis disparando. ¿Hasta que punto este ataque no es otra imagen, como quizá sea el encuentro sexual con la chica en la cafetería, imaginada por el muchacho? Durante todo el metraje en numerosas ocasiones los protagonistas no han dudado en afirmar que no temen a la muerte, que no les  importaría morir ¿Qué pueden hacer ahora? Las aventuras de los Cruzados se estrenó en Inglaterra, envuelta por supuesto en polémica, en diciembre de 1968. Mayo ya quedaba muy lejos y el rostro de Travis parece observar desde el tejado que la revolución una vez más fracasará y que gente como él finalmente será olvidada. Olvido, hablemos ahora un poco del olvido.

En febrero de 1956, cuatro jóvenes realizadores presentaban en el British film institute tres cortometrajes, después se leía un manifiesto que continuaba con los postulados que esos mismos cineastas como críticos ya habían desarrollado desde las páginas de la revista Sequence, nacía el Free cinema, pero esto ya es historia. Hablábamos de cuatro realizadores: Karel Reisz, del que apenas se recuerda esa hermoso film que es La mujer del Teniente francés (The french Lieutenant´s woman, 1981) en detrimento de trabajos mucho más interesantes, como el subversivo Morgan: un caso clínico (Morgan: a suitable case for treatment, 1966); Tony Richardson, quien posiblemente dirigió la mejor película del movimiento, la triste La soledad del corredor de fondo (The loneliness of the long distance runner, 1962), y  no tardó en convertirse en un artesano absolutamente despersonalizado al servicio de la gran maquinaria de Hollywood; Lorenza Mazzetti, quien prácticamente no tuvo continuidad; y Lindsay Anderson,  autor como crítico de unos artículos, ahora pienso en su magnífico ensayo sobre John Ford,  que no le van a la zaga, y no creo estar exagerando, a los del joven Truffaut. Anderson comienza en el cine al igual que sus compañeros, redactor y posterior director de Sequence, autor de diversos cortos que ya prefiguran lo que será el Free cinema, una aproximación comprometida a la realidad social, sin por ello desdeñar una mirada artística. Su primer largometraje El ingenuo salvaje (This sporting life, 1963), se encuentra también en el camino de un Richardson o un Schlesinger, su mirada, sin embargo, no tardará en buscar nuevos caminos estético-narrativos. Continuemos hablando de desconocidos, como David Sherwin, quien a principios de los años sesenta escribía un libro, The crusaders, sobre la revolución de unos estudiantes en un colegio inglés y pronto se convertiría, al igual que un joven y prometedor actor, en indispensable colaborador de Anderson para realizar una serie de virulentas críticas al establishment británico; el talentoso actor respondía al nombre de Malcolm McDowell (atrapado para siempre por la maldición de La naranja mecánica (A clockwork orange, Stanley Kubrick, 1971) y a día de hoy habitual intérprete de subproductos de terror o misterio). El encuentro entre el cineasta y el actor será rememorado posteriormente en el último tramo de la que posiblemente sea la cumbre de la colaboración de los tres artistas, O lucky man! (1973), de la que no sería descabellado afirmar que es una suerte de biografía ficcionada del intérprete. Pero nos estamos adelantando demasiado en el tiempo, y hemos olvidado, o al menos le hemos dejado en un segundo plano, a nuestro protagonista, Mick Travis, quien no es sino Lindsay Anderson, David Sherwin y por supuesto un magnífico actor que se llamó Malcolm McDowell.