Triste pero cierto, Akira Kurosawa, uno de los mejores directores de la historia del cine, insigne autor de maravillas como Los siete samuráis, Los canallas duermen en paz, Vivir o El infierno del odio, por citar solo unas pocas de entre una infinidad, no encontraba dinero para rodar tras la finalización de Dersu Uzala. Tuvieron que pasar cinco años para que sus admiradores George Lucas y Francis Ford Coppola le financiasen su siguiente proyecto: Kagemusha, la sombra del guerrero. Esto ayudó también en gran medida a la distribución de la película puertas afuera de Japón. También contribuyó, por supuesto, la Palma de Oro de Cannes, que su prestigio tiene, no lo negaremos aquí, a pesar de que el renombre del director y el volumen (emparejado a la calidad) de toda su obra previa debería haber sido seña de identidad suficiente para no andar esperando un lustro para poder regalarnos su arte.
Otra cosa distinta que explicaría tan inexplicable suceso sería que Kurosawa hubiese contratado un doble que hiciera su trabajo tras su muerte, para mantenerla oculta al mundo y seguir gozando un tiempo de un renombre dejando su legado a la altura de la dignidad que le correspondía antes de que los blockbuster se hiciesen con el tinglado. En tal hipotético caso, lo mejor habría sido mantener a este suplantador lo más lejos posible de las cámaras mientras aprendía los fundamentos del cine de su predecesor y se aplicaba en ponerlos a la práctica, para que nadie sospechase que el verdadero Kurosawa había muerto, siendo esa la probable causa de que pasase tanto tiempo entre cada película y la siguiente durante la última etapa de su filmografía.
En tal caso Kagemusha sería una última broma macabra donde se reiría del mundo (con cuyos habitantes, esos imperfectos seres humanos, había intentado saldar cuentas en mayor o menor medida en todas sus obras) al contar su verdad (o más bien su mentira) a través de una réplica de su engaño, pero trasladada al Japón de finales del siglo XVI. El jefe de un clan, en mitad de su agonía, decide colocar un doble que le sustituya tras su muerte para preservar la integridad de su dinastía, en previsión de que su hijo pudiera tomar impulsivas y equivocadas decisiones. Así, su suplente, asesorado por un conjunto de hombres de su confianza, seguirá llevando las riendas en lugar de su excesivamente revolucionario vástago.
Como siempre, con una puesta en escena rigurosa y visualmente fascinante, lo que podría llevarnos a pensar en la falsedad de la teoría y que era el auténtico Kurosawa el que dirigía (o mantenerla teniendo en cuenta que en tal caso su doble era un auténtico crack), la película pasa por diversas etapas que van desde el feliz y casual encuentro del ladrón de poca monta idéntico al jefe, la negación del delincuente a afrontar la difícil misión, la aceptación, el cumplimiento de la misma (con los diversos retos que va superando: el reconocimiento de su nieto, de sus esposas, del pueblo, de sus enemigos…), y por último su infortunado descubrimiento al no poder engañar al caballo del jefe, su posterior destierro, y la caída del clan; etapas en las que el director (o su imitador) va mostrando algunos de los temas más habituales en su obra: la lucha por el poder político, la lealtad y el honor, y por supuesto el humanismo, representado fundamentalmente en el personaje del doble.
Secuencias como las presentaciones ante el nieto o las esposas, que destacan por su sentido del humor y que a la vez refuerzan a ojos del espectador la bondad y la buena voluntad del doble, la del sueño, por su impacto visual, o el épico desenlace, con su excepcional control del espacio y la poesía que desprenden esos cuerpos bañados en sangre tan roja como la pintura del anuncio del Sony Bravia pero treinta años antes, reflejan como un espejo la verdadera identidad de su director. Y un doble podría haber engañado a mucha gente, pero no al espectador incondicional en cuyos lomos ha cabalgado el celuloide de todas sus películas, cualquiera que haya sido el tiempo transcurrido entre ellas. Si el espectador lo reconoce, entonces no hay duda posible: Ni hay tal doble, ni Kurosawa ha muerto: Está bien vivo en todas y cada una de sus obras. Que podrían haber sido más si el mundo del cine, su mundo, tan plagado de borricos, le hubiese tratado un poco mejor en esos últimos años. Triste, pero cierto.