El título de la última película dirigida hasta el momento por Francis Coppola, Youth without Youth, podría ser una metáfora de toda su obra: he ahí la negación de la vida, la imposibilidad de vivir sin malgastar el tiempo, es decir, de que el tiempo se desvanezca dejándonos como testigos de su fluir absurdo. En la trilogía de El padrino, la inocencia desaparece paulatinamente a medida que se hacen presentes las obligaciones, las dudas, las ocupaciones. En Rebeldes y La ley de la calle, la juventud es un instante, un soplo, casi un breve aliento. Incluso películas tan poco personales, en apariencia, como Peggy Sue se casó y Jack intentan esbozar esa herida en el corazón de la fugacidad, el verdadero tema de la entera filmografía coppoliana. ¿Y qué es Apocalypse Now sino el reflejo de un fluir, el del río, que se identifica con la vida, un mero viaje hacia el encuentro con nosotros mismos, un bucle pesadillesco? Si Youth withouth Youth explicita esa cinta de Moebius en una película de tintes lyncheanos, la pareja de baile ideal de Inland Empire, una película que Coppola dirigió en los años setenta, titulada La conversación y manufacturada entre las dos primeras partes de El padrino, podría ser su prólogo ideal.
Basada libremente en El lobo estepario, de Hermann Hesse, La conversación es un comentario del asunto Watergate, el trauma de toda una generación de norteamericanos junto a la guerra de Vietnam, precisamente el fin de su inocencia, pero también una película sobre el tiempo, sus huellas y sus trampas. Por un lado, la historia de ese tipo extraño y solitario (Gene Hackman, en uno de los mejores papeles de su carrera) que dedica su vida a espiar a los demás y acaba espiándose a sí mismo. Por otro, el relato paralelo de esa investigación que en realidad es una búsqueda obsesiva a través de las palabras, de los sonidos, de las texturas: la conversación que mantiene una pareja en apariencia decidida a matar al marido de ella. Por supuesto, como sucede en Apocalypse Now, el viaje mental de Hackman le lleva a encontrase consigo mismo, pero también a descubrir toda una trama de engaños y mentiras que afecta a la organización social, a esas estructuras que pretenden pautar el tiempo a base de simulacros. Y su indagación a través de los sonidos de esos diálogos grabados y escuchados una y otra vez, hasta la extenuación, hasta que pierden todo el sentido, deviene una odisea contemporánea digna de Beckett y Kafka, aunque también de Antonioni: el referente inmediato es Blow Up, por supuesto, pero el bucle podría extenderse hasta El desierto rojo, de la que parece una paráfrasis en forma de thriller metafísico.
Sea como fuere, varias cosas hacen que La conversación sea una película inolvidable. Hackman, ya se ha dicho, se ha convertido en todo un icono de la soledad urbana, a la altura del Robert De Niro de Taxi Driver: gabardina raída, gafas pasadas de moda, gesto nervioso y circunspecto. La labor de Walter Murch en la mezcla de sonido es monumental, dibuja un universo laberíntico en el que nada es lo que parece y todo remite a fuentes desconocidas. Y el clima alucinado, obsesivo, acaba definiendo con suma precisión el mundo que se avecinaba: la cultura de la vigilancia y de la sospecha, las profecías de Foucault encarnadas en una pantalla, la maraña inextricable del poder. No había que esperar a Apocalypse Now para comprobar que Coppola era un visionario. Y sigue siéndolo, a juzgar por Youth without Youth.