La dolce vita (Federico Fellini, 1960)

Por Celina López Seco

De qué habla La dolce vita. ¿De una frívola burguesía? ¿De una aristocracia ensimismada? ¿Del desencanto del hombre moderno? De disputas sociales y transgresiones éticas?, de la Roma siempre imperial, del aburrimiento, de la insatisfacción, del mundo de las imágenes, del cine otra vez del cine.

Como el Antonioni de Las amigas, Fellini recorre las altas clases sociales y el ascenso de una pujante burguesía que se da cita en Roma para enfrentarla a su propio vacío. Pero paradójicamente, el vacío que terminamos encontrando en La dolce vita  no es el vacío existencial de quien lo tiene todo,  si no más bien el de aquél que no encuentra su lugar en el mundo. Porque más allá de una mirada incisiva sobre los ricos, la prensa rosa, el mundo del espectáculo, esta la figura de Marcello (Mastroiani) que entra y sale de los espacios con la comodidad de quien se siente ajeno.

Marcello es un periodista atraído por la dolce vita y su entorno,  pero a su vez cree proyectar sus mejores ideales en la literatura. Un personaje hábil y versátil que oscila entre varios mundos discerniendo entre la frivolidad de “los ricos” y la profundidad de “los serios”, como quien distingue entre el bien y el mal. Su aspiración es la de convertirse en escritor, vivir como un buen burgués, encarnado en la figura de su amigo Steiner vinculado al mundo del arte, alejado de aquél mundanal ruido que le “corroe el alma”… Pero en ese modelo, donde Marcello creía encontrar el consuelo,  Fellini muestra un paraje aún más oscuro y tenebroso, más correcto y quizás por ello, desolador.

Y es justamente esto lo que hace a La dolce vita un filme universal: la búsqueda desesperada y confusa del protagonista  por pertenecer. O mejor dicho, de “la pertenencia”, que de una u otra forma es la búsqueda del hombre cuando los límites y contornos dejan de ser tan claros, tanto a nivel existencial, apareciendo la duda como elemento catalizador, como material con la impronta que la tecnología impone en la década. Y es aquí  donde aparece una reflexión sobre el cine mismo, sobre las imágenes y su influencia que comienzan a formar parte de la sociedad que Fellini está radiografiando.

Pero lo realmente felliniano es que  no opone una verdad a otra, más bien  propone que todas las verdades sólo son tales cuando se cree en ellas. La manera de dudar de Marcello, su insatisfacción es quizás aún más fuerte que el reconocimiento de los clisés que identifican a cada clase social. Su insatisfacción es la antesala de la muerte de los grandes ideales, es un descreimiento latente que precede a los movimientos sociales que posteriormente darían  espacio a los sueños revolucionarios que marcaron la década..

Lo que el personaje de Marcello atraviesa es ni más ni menos que una “crisis de fe” de allí la vigencia de su planteo. En este sentido digo que la recurrencia a la mirada ácida sobre los compartimentos sociales , forma parte de una vista panorámica como la de la avioneta que recorre Roma dando apertura al filme, como diciendo “esto es lo que hay”, música de fondo y un supuesto júbilo que debate a nuestro protagonista entre sus deseos, su naturaleza, el deber ser y el deber social. Entre su novia asfixiante y protectora, entre las mujeres que lo desvelan, algunas por su belleza y otras por su misterio, entre un padre ausente del cual Marcello ha heredado su gusto por las fiestas y la noche, este alter ego de Fellini termina auscultando el pulso social con una visión que le permite reflexionar  sobre sí mismo.  Por ello La dolce vita es una película de procesos, no un relato ilustrativo,  el protagonista sufre una transformación y ésta se da dentro del filme, no sólo en la cabeza del director. Aunque hay una fuerte impronta ideológica ésta no es una bajada de línea que sitúa a su autor en el frente de “los iluminados”. Fellini se termina mirando a sí mismo y su descrédito es más una cuestión de fe  vinculada a la incapacidad de reconocernos. Como si Fellini hubiera leído a Freud en el inicio de su obra "El malestar de la cultura":  «No podemos eludir la impresión de que el hombre suele aplicar cánones falsos en sus apreciaciones, pues mientras anhela para sí y admira en los demás el poderío, el éxito y la riqueza, menosprecia en cambio los valores genuinos que la vida le ofrece…»