La habitación del hijo (La stanza del figlio. Nani Moretti, 2001)

Por Miguel Calero

Siglo nuevo, vida nueva. Esa era la idea más repetida por los comentaristas cuando Nani Moretti se deshizo del diario cómico, la ironía y la ideología con su noveno largometraje, un drama familiar que pretendía cerrar una larga etapa de autoparódico narcisismo. Sin embargo, los años parecen desmentir aquella certeza: Moretti ha vuelto a su terreno natural con Il Caimano (2006) y el corto Diario di uno spettatore, su aportación al film colectivo Chacun son cinéma (2007). Sea o no el principio de un nuevo ciclo, La habitación del hijo tiene tanto de rotunda clausura como de evolución natural en la filmografía del italiano. Su salto a la ficción dramática (por momentos algo desmesurado) no debe hacernos olvidar la estrecha conexión que sigue habiendo entre el personaje y su creador, así como la decisiva presencia del espacio íntimo, doméstico, en la atmósfera de la película. En esa dirección apuntaba Juan Antonio Bermúdez cuando definió el film como una «ficción íntima, ajena pero aun así narrada con el exquisito pudor del que se confiesa» (cinestrenos.com) . La habitación del hijo es la sencilla historia de una familia golpeada por la muerte de uno de sus miembros, pero bien puede leerse también como el último capítulo del largo retrato de la burguesía progresista que Moretti lleva décadas dibujando. Cambia el registro interpretativo (revelando en Moretti a un actor más polivalente de lo que se pensaba), cambia la localización (Roma deja paso a una pequeña ciudad del norte de Italia), pero en el protagonista se deja ver fácilmente la huella del universitario neurótico de Ecce Bombo (1978), el “espléndido cuarentón” de Caro Diario (1993) o el padre primerizo de Aprile (1998). Los alter ego que el autor de Vaselina roja (1989) lleva décadas utilizando a modo de terapia alleniana siguen bien presentes en este nuevo personaje despojado de cinismo, más acomodado que nunca, convertido ahora —modificando su expresión anterior— en un “triste cincuentón”.

Su austeridad formal, su sutileza en el detalle y la sordidez de su relato bien pueden centrar un comentario sobre La habitación del hijo que busque referencias en la tradición europea (en estas mismas páginas Alejandro Díaz evocaba a Rossellini, «de quien Moretti recogía la máxima de seguir, con amor, los pasos de los personajes en todos sus descubrimientos», Miradas de Cine nº 43). Pero quizá la clave del film (intencionada o no) se encuentre en ese pesimista epílogo sociológico con el que Moretti parece dar por muerto el imaginario izquierdista italiano, sustituyendo la conciencia crítica global por una Arcadia familiar pasiva mucho más frágil. Moretti filmó en 2001 una auténtica película de su tiempo, el del desencanto de toda una generación.

Quizá la Palma de Oro no fue del todo justa (competían a su lado Mullholland Drive, El hombre que nunca estuvo allí y Millennium Mambo). Quizá la decisión se vio afectada por la presidencia de Liv Ullmann en un jurado cercano a los intermitentes ecos bergmanianos del film. Quizá el premio fue, incluso, el saldo de una deuda pendiente desde Caro diario. En cualquier caso, el galardón sirvió para otorgar a Moretti un pequeño pero merecido lugar en el cine europeo contemporáneo.