Vista hoy, veintidós años después de su estreno, La misión no es precisamente una película de las que se suele decir que han pasado a los anales del cine como una obra maestra. Ya en su momento, su acogida crítica en general, a pesar de haber obtenido la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1986, no fue excesivamente calurosa; más bien, incluso, en determinados foros fue contemplada con frialdad y cierta indiferencia. El público, empero, la recibió con bastante entusiasmo, sobre todo en el ámbito hispano, donde alcanzó un éxito considerable.
No obstante, en mi opinión, se trata de un producto todavía atractivo por una razón fundamental: con independencia de su cuidada producción, del convincente trabajo interpretativo de sus protagonistas y de su pegadiza y efectiva música, creo que su interés reside en la temática que se atrevió a abordar, desgraciadamente muy poco tratada a lo largo de toda la historia del cinematógrafo. Contextualizar esta historia de honor, sacrificio, exterminio y pasiones desenfrenadas en el ámbito de la colonización político-religiosa encabezada por los jesuitas en las reducciones por ellos fundadas en Sudamérica, y en concreto, en las cruentas guerras guaraníes de mediados del siglo XVIII allí perpetradas por españoles y portugueses a causa de turbios y mezquinos intereses políticos coyunturales, constituye una apuesta cinematográfica en verdad singular y potencialmente muy enriquecedora desde los puntos de vista filosófico, religioso, histórico, social, económico, político y jurídico. Además (he aquí la mejor cualidad cinematográfica del filme) plantearlo desde los criterios del cine-espectáculo sin renunciar al rigor y al respeto al espectador, hacen de La misión cuando menos una película nada desdeñable.
Y es que el filme de Joffé pone encima del tapete con gran eficacia el eterno y trascendental tema de la dialéctica ética entre el uso o no de la violencia para la consecución de cualquier fin religioso y político (humano, en definitiva); en este caso, ejemplificado en el ámbito del debate teológico-político que tuvo lugar durante la colonización del continente americano por parte de las dos principales potencias católicas europeas. De sobra es conocida la importancia de aquella larga y profunda polémica doctrinal para las concepciones político-jurídicas de los siglos posteriores, para la ulterior conformación teórica de una categoría tan esencial en la mentalidad política contemporánea como es la de los derechos humanos, y para la reconsideración que la propia Iglesia católica tuvo que realizar de sí misma y de su dogmática entonces vigente a raíz de un acontecimiento histórico tan crucial como la expulsión de los jesuitas (la auténtica élite intelectual de la Iglesia de entonces y, en gran medida, de la cultura occidental de aquellos tiempos) de los principales Estados europeos de la época.
Sin duda, aquí reside el interés verdadero de esta película, y tal vez fue ésta la causa principal de su éxito en Cannes y entre el gran público, puesto que, a medida que transcurre su metraje, uno tiene la impresión de que está asistiendo a problemas que tocan de lleno el ser espiritual y político más profundo del hombre en un filme que los plantea desde una perspectiva eminentemente historicista. Por eso, La misión es, ante todo, cine histórico, de manera análoga a como pueda serlo el western para los Estados Unidos de América. Sin embargo, la diferencia con la potencia norteamericana es clara: tanto en España y Portugal como en América del Sur, no se ha forjado, por diversas razones, un género cinematográfico con una mitología y una épica propias; un género que bien pudiera haber sido nuestro particular western, nuestra crónica cinematográfica de una conquista y de un proceso civilizatorio que aún no hemos terminado de comprender realmente. Han tenido que ser de nuevo los norteamericanos quienes lo pusieran de manifiesto con esta película.