En esa perenne “Caza de Brujas” que se ha convertido la crítica cinematográfica, formada por ghettos de frustrados, felices, (mal) follados y flipados varios, hay mucho espacio para el ajuste de cuentas (presente y pretérito), así como para el levantamiento (estéril) de voces que se creen dogmas. Al final, uno se da cuenta que, como bien afirma un buen amigo, la película es lo de menos, pero ya ni siquiera porque se intente elaborar una reflexión independiente partiendo de la misma —como puedan hacer Hilario J. Rodríguez u Óscar Brox con mucho mérito—, sino porque encima hay que soportar los recochineos de personajillos acoplados al modelo opinativo —y que conste que no solo en Internet vive el mediocre, aunque quizás sí que malviva en dicha selva virtual—. La clave es epatar, hacerse notar, soltar boutades, farfullar en voz alta, escudándose tanto en un Cahiers mal digerido —ainss…malditas nuevas generaciones empeñadas en escribir como Losilla o De Lucas habiendo asistido sólo a dos sesiones del Xcéntric o a tres “lecciones transversales sobre el estado del cine”— como en el “AfterPop” de garrafón —sí, ahora cuelgas en tu blog tres capturas de una novela gráfica, alabas Transformers, y mezclas a Tarantino con Foucault y con el Chiquilicuatre, y ya estás en la cúspide de la vanguardia— , o en los esquemas de Dirigido por… —éstos hacen mucha gracia por ese tono tan serio que se gastan—. En fin, aquí de lo que se trata es de intentar transgredir, porque la cosa está tan ensimismada que basta con que soples un poquito para que ya parezca que eres el nuevo Pasolini….y que se lo digan al Risto de “Operación Triunfo”, el nuevo “tipo malo” de la iconosfera patria, con “apparel” chungo a juego.
Pero supongamos que esto siempre ha sido así, y que en los ’50 también pasaba. Supongamos que de repente se pone de moda el cine japonés, y que los amigos de Cannes se asombran visionando La puerta del infierno, el nuevo hype mediático, enfundado en una brillante caligrafía visual, con toneladas de ensueño cromático, y todo unido a ese tono tan solemne y a la exótica belleza de Machiko Kyo. Y le dan el premio gordo. Pero claro, comienzan a sospechar: “si nos la colaron con Kurosawa y con Mizoguchi, no pasará lo mismo con Kinugasa”. Entonces Bazin sentencia que todo se debe a que hemos visto pocas películas japonesas, a que nos la han metido doblada cortesía de “Vaselinas Kabuki”. Luego sale Rivette perdonándole la vida a Mizoguchi, y poco menos que calificando como artificial a todo lo demás. Personalmente me recuerda a lo que ocurre ahora mismo con el cine rumano, a como Puiu es el “bueno” y Mungiu el “malo”; o al delirante affaire Hung-i Yao vs. Hou Hsiao-Hsien del que fuimos vergonzosos testigos hace varios BAFF. Lo dicho, poco rigor, mucho borreguismo, y demasiadas opiniones para tan pocas cosas que decir.
Así, La puerta del infierno se ha convertido en esa arma arrojadiza que se esgrime cuando uno quiere dejar constancia rápidamente de su postura, algo así como el Kapo de Gillo Pontecorvo —otra vez Rivette por medio, ¡qué casualidad!—; esa etiqueta que se coloca con facilidad en la joroba del buen cinéfilo para marcar distancias. Pero también tenemos casos actuales, porque la historia no para de repetirse: ejemplos como los de Kim Ki-duk o Park Chan-wook, vapuleados colectivamente sin piedad —y sin argumentos, salvo casos bien contados— por atreverse a estrenar con regularidad. O el ejemplo de Carlos Reygadas, farsante por excelencia del cine moderno sin derecho a réplica, y nuevo tótem a quemar. Se trata, en cualquier caso, de peligrosas bolas de nieve que comienzan siendo comentarios en voz baja dentro del circuito festivalero, y terminan formando parte de editoriales supuestamente serias; testimonios reciclados desde la Wikipedia y regurgitados una y otra vez sin voluntad crítica ni esfuerzo analítico, y que se entiende muy bien dentro de los tiempos tan cognitivamente mustios que compartimos.
Dos últimos apuntes: 1) A Teinosuke Kinugasa lo absolvieron tras el descubrimiento tardío de dos joyas pseudo-expresionistas como son Una página de locura y Crossways. Así, La puerta del infierno quedó simplemente como su fugaz bajada de pantalones de cara al mercado occidental. Queda usted perdonado, puede morir en paz. 2) Para juicios más convencionales recomiendo acudir a Donald Richie o al texto del film en Midnight Eye. Allí encontrareis otro modelo de crítica, tan lícito como éste y supongo que igual de honesto.