Vencido y desarmado el ejército existencial, libre ya nuestra hipermodernidad de las reaccionarias angustias teológicas y sentimentales del pasado, el fallecimiento de Ingmar Bergman ha propiciado renovadoras interpretaciones críticas de su obra que derriban el falso ídolo ceñudo a que nos habían acostumbrado décadas de rigor escolástico, y nos descubren a una especie de Judd Apatow suecado. Bergman no era únicamente severo. Algunos aun dirían más, como Fernández: al parecer, bajo su histriónica máscara ténèbre, anidaba en él poco menos que una joie de vivre contagiosa, una luminosidad carnal y divertida, así como un afán lúdico por trascender la condición autoral que prefiguraba en su conciencia creadora un modelo visionario en el que acotar la fílmica contemporánea. O algo por el estilo.
Con esta hermenéutica tan refractaria ideológicamente (¡pretendiendo rendirle tributo!) a un artista para el que todavía en 2001 lo sustancial era que «los demonios, innumerables, aparecen en los momentos más inoportunos y me sumen en el pánico y el terror»; una hermenéutica tan ajena al otro que nos hace preguntarnos si no serían las muertes simultáneas de Bergman y Antonioni suicidios pactados, un iros todos a la mierda en estéreo, es evidente que una película tan prístina como Las mejores intenciones (1992), ganadora para más inri de la Palma de Oro en la XLV edición de Cannes por encima de propuestas tan imprescindibles y revulsivas como El juego de Hollywood, Twin Peaks: El fuego camina conmigo, El sol del membrillo, El largo día acaba o Léolo, no podía ser sino ignorada en las necrológicas de 2007 sobre el cineasta, y tener fama de producto academicista que no hace justicia a la novela de Bergman en que se basa por culpa de su realizador, Bille August.
Este, a quien ciertamente cuesta ver después de La casa de los espíritus (1993), Los miserables (1998) o Sentencia de muerte (2004) como titular de dos Palmas de Oro —la primera gracias a Pelle el conquistador (1987)—, se reveló sin embargo, en nuestra opinión, como una elección acertada de Bergman, que como es sabido había abandonado la realización cinematográfica en 1983 a favor del teatro, la televisión, y diversos escritos de corte autobiográfico adaptados a la pantalla en años posteriores por colaboradores de confianza. Y no solo porque August saliese indemne a efectos prácticos de donde Bergman había fracasado, ya que el montaje para salas (181 minutos) de Las mejores intenciones no acusa respecto al televisivo (325 minutos) las insuficiencias estructurales de las que sí adolecen las versiones condensadas, bajo la batuta de su mismo autor, de Secretos de un matrimonio (1973) y Fanny y Alexander (1985). Sino porque la mirada templada y telúrica de August sobre la recreación por parte de Bergman del cortejo y los años de matrimonio de sus padres hasta las vísperas de su propio nacimiento en 1918, consigue lo que el acercamiento reclamado en su momento por Carlos F. Heredero (“Dirigido por…” nº 210), digno «del Bergman más radical y transgresor», hubiera impedido: que las imágenes conjuren a Henrik Bergman y Anna Akerblom como personas singulares, libres para enseñarse el uno al otro, como escribe Anna, «lo que significa la palabra amor» sin que sus aciertos y errores sean juzgados por el más intransigente de los magistrados, un hijo. Ese hijo.
Lejos pues del «acta notarial» (Juan Miguel Company) levantada en Secretos de un Matrimonio; de la «Muerte del Padre y de su Ley» (Id.) planteada por Fanny y Alexander; o de «la agresividad y la impaciencia del herido de muerte» (J.A. García Juárez) latentes en Saraband (2003), Bille August ejerce en Las mejores intenciones como inspirado médium de un Ingmar que no se siente obligado a condenar, ni siquiera a perdonar. Que se limita a intentar comprender a Henrik y Anna en lo que fueron más allá de su interferencia, en un inusual acto de generosidad con los padres que atañe íntimamente al espectador. Produce tristeza que a Bergman le diese «miedo» contar precisamente esta historia, y que Las mejores intenciones sea condenada al ostracismo por no prestarse su resolución formal a los ditirambos, bien chispeantes, bien abstrusoides, de críticos cuya falta esencial de empatía hacia sus objetos de estudio hace pensar que, en vez de a progenitores, deben su existencia a esporas venidas del espacio exterior.