Los paraguas de Cherburgo (Jacques Demy, 1964)

Por Josefa Paredes

Cantando (en francés) bajo la lluvia

No es necesario que la canción sea feliz, ni que Gene Kelly haga piruetas alrededor de una farola. Bajo los coloridos paraguas de una provinciana ciudad portuaria de Francia, a finales de los 50, la vida cotidiana de la clase media con todas sus miserias era una opereta que merecía la pena ser cantada. La historia se llamó Los paraguas de Cherburgo y Jacques Demy se llevó por ella la Palma De Oro en Cannes en 1964.

«Si tienes un colega como tú que quiera hacer cine, envíamelo». El productor que buscaba talentos se llamaba Georges de Beauregard y Truffaut le presentó a Demy, un chico de Nantes que no había cumplido los 30 y llevaba bajo el brazo un proyecto llamado Lola. El aspirante a director quería su Lola cantada de principio a fin, pero Beauregard no estaba dispuesto a arriesgar en una aventura semejante ni un franco más de lo que le había costado Al final de la escapada. Así que la película se rodó  en blanco y negro y la cabaretera Anouk Aimée sólo pudo cantar una canción.

Demy tuvo que esperar tres años más para hacer una  película cantada y bajo la lluvia. En un momento en el que los franceses estaban volviendo del revés las costuras del cine, él proponía una historia romántica, de estructura clásica y con el argumento propio de un drama decimonónico: Genevieve (impresionante Catherine Deneuve) tiene 17 años y trabaja en la tienda de paraguas de su madre (Anne Vernon).  Está enamorada de Guy (Nino Castelnuovo), empleado de un taller de coches y planea casarse con él pese a la (¿adivinan?) oposición de su madre. Y entonces Guy es llamado a filas en Argelia.

Con ese argumento y musical, cualquier espectador mayor de 12 años sentiría la  tentación de salir corriendo en dirección contraria. Pero se equivocaría. La película de Demy utiliza  la mayoría de las convenciones del género para revolucionarlo, un experimento digno de la nouvelle vague pese a que todavía haya quien sitúe al director en los márgenes del movimiento y, a veces,  se reduzca la película a simple homenaje al musical de Hollywood. Aunque admiraba a Gene Kell, Demy no era un americano, sino un tipo de Nantes, en París. «En ningún momento hay que copiar a los americanos. Entre otras cosas porque es imposible», dijo.  Y porque, además, siempre le molestaron las transiciones entre la palabra hablada y las canciones. Por eso su película no es una sucesión de números musicales, ni sus personajes bailan la famosa partitura de Michel Legrand. Si cantan es porque su historia, desde el diálogo más trivial en un taller de coches a la pena de amor más sincera, es cantada.

Como cualquier ópera, Los paraguas necesitaba un escenario fabuloso. Y su equipo pintó las calles de Cherburgo del color de las emociones de sus amantes, los vistió para ellas y creó una estética deliciosa, brillante y absolutamente artificial, desde el oxigenado rubio que desde ese momento habría de acompañar a Deneuve de por vida hasta los increíbles papeles pintados de las paredes, dignos de habitaciones decoradas por Matisse. 

Si se quedase ahí, la película no sería más que un cuento de brillantes imágenes peligrosamente al filo de lo cursi. Pero la cámara del director, que creció en una ciudad portuaria y lluviosa, sabe bailar alrededor de unos provincianos personajes cuyas faltas conoce bien. Su capacidad para las elipsis y su dominio de la emoción consiguen que el cuento se convierta en una historia demoledora sobre la capacidad del ser humano para matar su propia inocencia. El celofán no esconde la cobardía, sino que la resalta. En un mundo de colores, el gris sólo es más gris. ¿Y en la ópera? “No me gusta… toda esa gente cantando…”, se burla un empleado del taller mecánico. “Lo mío es el cine”. El único lugar donde, creía Demy, un día fue posible morirse de amor.