No aporto nada nuevo a la historia popular cinematográfica si repaso brevemente el contexto en que M.A.S.H. vio la luz. La década que siguió a los años 60, particularmente en los Estados Unidos, la sociedad y en consecuencia el cine, vivió un cambio radical que demolió los enquistados sistemas de estudios-estrellas imperantes hasta el momento, para dar vida y espacio a una nueva ola de películas, creadores, cineastas y sobretodo intenciones, difícilmente hallables hasta entonces.
Los 70 alumbraron la más espléndida de las décadas doradas, proveyendo una auténtica edad de oro. La libertad creativa era el bien más preciado y reconocido, y nuevos talentos la aprovecharon para cimentar grandes pilares de lo que hoy en día se conocen como clásicos. Gente como Scorsese, Coppola, Friedkin, Spielberg, Allen…y una larga lista, hacía del arte de ir al cine un auténtico estrés debido a la aglomeración de grandes propuestas para elegir. Pero el mayor logro sin duda alguna de esta nueva “generación” (Y con esto concluyo, pues no pretendo impartir una clase de historia…conocida por quien más quien menos) fue la capacidad de aunar los grandes presupuestos que le proporcionaban el cálido abrazo de las majors, con el inquebrantable compromiso de criticar, disparar y gritar hacia unos problemas que disimulados en celuloide, conseguían hacer más mella en los despiertos espectadores, que cualquier noticiario.
En este fructífero paraíso, es donde se presenta Robert Altman, un director de la llamada “generación de la televisión” con escasa experiencia cinematográfica, con una comedia que generó tal éxito y controversia, que se proclamó en un auténtico fenómeno social (incluso se hizo una serie de televisión sobre la misma). Fenómeno difícilmente calculable y entendible hoy en día, 38 años después. Un fenómeno que caló hondo en la moral y el comportamiento americano, con voluntad de cambiar. Un jarro de agua fría, una hostia en la cara a la sociedad pretendidamente moderna, que hoy en día, demuestra porque las grandes películas son grandes películas, porque no pierden su valor y siguen vigentes, sino que con el paso del tiempo, adquiere una modernidad atemporal francamente asustadiza, valiendo para entonces y para ahora, lo mismo que para dentro de otros 38 años.
Habitualmente, uno tiende a referirse o a citar grandes dramas como las películas que más aportan en cuanto a la denuncia o la crítica, sin embargo no hay nada más ácido y molesto que una comedia de humor irreverente, que saliendo airosa de la dificultad que engloba tratar un tema en clave de humor, tratarlo bien, y llegar al público, se convierte en estandarte de la osadía y modernidad imperantes de la época. Basada en la novela de Richard Hooker, la película sigue las desventuras de los cirujanos militares en la contienda de Corea. Gracias a un guión mayoritariamente improvisado en el rodaje, un rodaje (valga la redundancia) plagado de contratiempos y donde más de uno se preguntaba que demonios estaban haciendo allí, y a la obcecada voluntad de su director de emplear a actores desconocidos y no profesionales, la película aunó las cualidades necesarias para elevarse en el limbo de las obras maestras resultantes de su gestación.
Y es que después de infructuosas peleas con los ejecutivos, Altman consiguió emplear a todo un elenco de no profesionales que haría tirarse de los pelos a cualquier técnico, pero que dieron una vida y dotaron de realidad un tema demasiado en serio para tomárselo a cachondeo…tal como ellos lo habían hecho. La suerte que la Fox estuviera pendiente de sus otros dos “monstruos” que se rodaban en ese mismo instante (Patton y Tora! Tora! Tora!), entregó a Altman la libertad necesaria para enclavar la película en una guerra aplicable a cualquiera, eliminando cualquier referencia a Corea, hermanándola con la entonces presente Vietnam, permitió que el cúmulo de escenas rodadas sin demasiados puntos de conexión, se unieran magistralmente con las citas de los altavoces que hacen las veces de elipsis y transiciones. También aumentó la confianza en las pretendidas cargas sexuales y picantes en referencia a la católica moral y permitió la recreación de litros de sangre en las operaciones, dotándola de una veracidad nunca vista hasta entonces en el cine, y que paranoicamente, se dan en una comedia.
Las virtudes y alabanzas de M.A.S.H. son tantas y tan conocidas que podría escribirlas enumerarlas durante días repitiendo las obviedades expuestas mucho antes, y sobretodo mucho mejor que yo. Pero eso es lo que tiene la responsabilidad de escribir sobre grandes películas, que todo ya se ha dicho anteriormente, casi con toa probabilidad, por mucho que me esfuerce, o conseguiré en mostrar un nuevo punto de vista, en encontrar una nueva lectura, en profundizar sobre algo inadvertido hasta ese momento, esperando que fuera y quien la sacara a relucir. En estos casos, o siempre recomiendo volver a visionar la película. Es lo mejor y lo único que se puede hacer.