«La felicidad es una pluma que el viento va llevando al volar,
vuela tan leve, pero su vida es breve
precisa que haya viento sin parar»
1959, el año del estreno de esta adaptación cinematográfica del mito de Orfeo, es muy importante para la historia del cine francés, ya que comienza el resurgir de un nuevo cine, la Nouvelle Vague, que pretendía derrumbar el cine de calidad que por entonces se estilaba en los estudios, a favor de un cine realista y auténtico. Muchos directores pudieron dirigir entonces, gracias al apoyo estatal del ministro de cultura André Malraux, sus primeros largometrajes. Aunque Marcel Camus ya llevaba tiempo dentro de la industria y no podemos incluirle en este movimiento, sí podemos relacionarle con este momento histórico de ruptura. Ese año gana François Truffaut el premio al mejor director en Cannes por su ópera prima Los cuatrocientos golpes (1959), pero, si bien la carrera de éste último acababa de empezar, la obra de Camus tocaría su punto álgido con esta cinta (consiguió la Palma de Oro en Cannes) para no relumbrar más su estrella en el universo cinematográfico. Sin embargo, y después de ver por segunda vez esta delicia para los oídos y la vista, no puedo más que ensalzar esta obra francesa que transmite sensualidad y tristeza a partes iguales.
Influido por la trilogía de Jean Cocteau sobre el mito de Orfeo —La sangre de un poeta (Le Sang d'Un Poete, 1930), Orfeo (Orphee, 1949) y El testamento de Orfeo (Le Testament d´Orphee, 1960)— Marcel Camus dirigió esta bella tragedia. Con la propia visión particular adaptada del realizador, el cineasta nos traslada a las favelas de Río de Janeiro, durante la preparación y celebración del carnaval más importante del mundo. Allí huye en busca de refugio Eurídice, y en aquel lugar vive Orfeo y su prometida, que organizan el carnaval más deseado del mundo. El amor entre Eurídice y Orfeo acaba de empezar y las complicaciones también, bosquejadas ya en el famoso mito. El relato clásico en el que se basa la cinta relata la exaltación que despertaba Orfeo cuando tocaba la lira. Por ello tenía muchas pretendientes, pero sólo una llamó su atención, la bella Eurídice. A través de una impresionante riqueza visual, y acompañada de unos actores hermosos, nos dejamos transportar por el espíritu de la bossa nova de Antonio Carlos Jobim, el cual nos advierte que el carnaval es un estado transitorio dentro de la rutina del año laboral: “tristeza no tiene fin, felicidade si”, según versos de Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes. Este halo nostálgico, que acompaña también a la protagonista, una chica recatada (en oposición a la prometida de Orfeo), nos hace presagiar la tragedia inherente a un amor imposible. Por eso eligió Marcel Camus este contexto musical, por la mezcla de pasión y tristeza que transfieren la samba y la bossa nova. La música de la película, que está inserta en la historia, transmite tanto los momentos más melancólicos (la banda sonora corresponde a Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes) como los de festividad (samba brasileña, con el tema de Luiz Bonfá Manhã de Carnaval), y nos hace viajar a la, probablemente mayor fiesta carnal del mundo. Esta es la sensación que emana el carnaval, la de la fiesta de la pasión, el desbordamiento, la felicidad y la lujuria; y estos amantes van a dejarse llevar y nos van a contagiar de ese espíritu. Pero, como dice la canción, “tristeza no tiene fin, felicidade si”, la felicidad es temporal y, en seguida se puntea la maldición, tanto en el mito como en sus adaptaciones posteriores. Como la de 1999, cuando el realizador Carlos Diegues realizó otra versión (menos afortunada, eso sí) y lo enclavó también dentro del carnaval de Río de Janeiro.
A pesar de que nunca lograra superar la ovación de crítica y público que alcanzó con esta cinta, Marcel Camus realizó aquí una magnífica conjunción de belleza, tragedia y mito. Y sólo por ésta ya debe ser recordado en la historia del cine, ya que es una obra preciosista que encandila como Orfeo a los espectadores. No en vano consiguió la Palma de Oro en Cannes (1959) y el Oscar a la Mejor Película Extranjera (1960).