Unos planos aéreos nos transportan al desierto californiano de Mojave, al rocoso abismo de la América profunda. Y ahí aparece, al son de esa inolvidable música de Ry Cooder, un hombre perdido en la quietud de la nada. Envuelto en polvo, lleva una gorra roja, un traje con corbata y una larga barba. La viva imagen de la alienación.
París, Texas es una película extraña y con personajes extraños de sí mismos. El personaje de Harry Dean Stanton que vemos al inicio de la historia está ido, ha perdido el contacto con la humanidad. Enajenado en su huida, es como un autista que ha dejado de poder comunicarse con los demás, y al que poco más le queda que el instinto primario de saciar su sed de agua.
Obligado a volver al mundo del que escapó y al que se resiste a retornar , los cuatro años que lleva desaparecido le han hecho preferir vagar por la nada, hasta el punto de que ha perdido la noción de sí mismo (muy gráficos esos planos donde se sorprende al verse en el espejo).
La cinta tiene un poso de tristeza inconmensurable, artífice, supongo, de que sea uno de mis títulos de referencia. A pesar de poseer ese espíritu salvaje de cierto cine de Wenders, tiene una sensibilidad y ternura cuyo espíritu recogería años después David Lynch en la también inspiradísima y emotiva Una historia verdadera. Creo justo adscribir en este caso gran mérito de ese tono al propio libreto del guionista Sam Shepard, con el que algo más de 20 años después el alemán volvería a colaborar (Don´t Come Knocking, 2005) en una historia de corte similar, quizás intentando levantar la deteriorada carrera del cineasta retomando fórmulas que le habían funcionado.
Es curioso, en un período donde no se para de hablar de la transnacionalidad del cine, el volver la vista atrás a un título de hace casi 25 años hecho fundamentalmente por alemanes (con participación también francesa) pero que resultaría chocante no considerar como auténticamente americano. Tiene esa mística del western clásico, esos rivetes de ‘road movie’, ese paisaje agreste capturado por el enorme Robby Müller que la hacen escaparse de sus orígenes europeos tras la cámara
¿En cuántos westerns hemos visto a un personaje que tiene miedo de volver a su pasado? París, Texas habla de personajes condenados que, sin comerlo ni beberlo, se encuentran con una segunda oportunidad. Deben afrontar su destino. Un destino que nunca acaba donde uno quiere. El Travis de Stanton había soñado tiempo atrás con que su familia viviera en una pequeña parcela en el París tejano. Sin embargo, ahora no hay nada allí, absolutamente nada. Ese lugar representa el nacimiento para Travis y es el que articula la idea de partir de cero.
Durante el metraje hemos visto cómo Travis se comporta como un niño que lo ve todo como nuevo, contrastando con un escenario donde está su hijo, que es el que le hace tomar conciencia humana de nuevo y el que facilita que aprenda a ser padre. Esa relación reestablecida posibilitará la hermosa búsqueda de la madre por padre e hijo.
El alma perdida de Travis se encuentrará por fin con la también mermada Jane, interpretada por una deslumbrante Natassja Kinski, jamás igual en una pantalla. Gracias a la delicadeza por la que opta Wenders para la escena de la cabina, todo ese ambiente desolador contrastará severamente con el ambiente íntimo del lugar, un ‘peep show’.
La emoción de la escena en la que Stanton va contando la historia de su relación es estremecedora. Para los anales de la historia del cine ha quedado esa imagen de dos personajes llorando su pasado con un cristal de por medio. Un maravilloso hallazgo de guión para un reencuentro que desemboca en otra imagen imperecedera, la del abrazo giratorio final entre el niño y la madre.