Sous le soleil de Satan (Maurice Pialat, 1987)

Por Carles Matamoros

Un mundo sin futuro

Cineasta tardío y atípico, Pialat inició su andadura artística en la pintura y no se acercó a los largometrajes hasta que cumplió los cuarenta años. Antes había hecho cortos —en los que ya se intuía su interés por lo documental—, pero no fue hasta La infancia desnuda (L'enfance nue, 1968), una suerte de revisitación oscura de Los cuatrocientos golpes (Les Quatre cents coups, 1959) apadrinada por el propio Truffaut, que alcanzó una cierta repercusión crítica. Su carrera transcurrió, sin embargo, en los límites de la marginalidad y ganar una controvertida Palma de Oro en Cannes por Bajo el Sol de Satán (Sous le Soleil de Satan, 1987) no hizo más que aumentar su número de enemigos.

Sin ser el trabajo más conseguido de Pialat —lugar que, quizás, ocuparía la impresionante Van Gogh (1991)—, Bajo el Sol de Satán es un filme muy propio del director francés en el que, de nuevo, se ponen en liza las tensiones entre la realidad y la ficción que planean en toda su filmografía. Por una vez, estamos ante una adaptación literaria —algo realmente extraño en la carrera de este cineasta—, pero nada nos aleja de la mirada desencantada y agresiva de Pialat. La película está ambientada en una zona bucólica de principios del siglo pasado, sí. El protagonista es un abate que obra milagros, también. Y algunos diálogos resultan más literarios de lo que deberían, seguramente. Pero el director no intenta transformar en fotogramas una inadaptable novela de los años 20, sino que interpela al espectador de su presente histórico, extrañamente reflejado a través de los misteriosos personajes de George Bernanos.

No es casualidad que el filme esté protagonizado por Sandrinne Bonnaire (Mouchette) y Gerard Depardieu (Donissan). Ambos establecieron una relación más allá de lo artístico con el director francés; un creador que, en su búsqueda de la verdad, mantenía un contacto estricto y tremendamente exigente con sus actores. De la tensión del rodaje surgía la ansiada autenticidad, apoyada por unas interpretaciones que, por momentos, dejaban de serlo. En Bajo el Sol de Satán, el personaje de Mouchette no es más que una terrible extensión de aquella adolescente con la que Bonnaire debutó en A nuestros amores (À nous amours, 1983). La joven promiscua apadrinada por su padre se ha convertido ahora en una mujer vil, incapaz de aceptar su mediocridad. La libertad de su  cuerpo —otro elemento esencial en el cineasta francés— no es tal y desafiar a la moral no impide su fracaso. El encuentro con el abate Donissan será, en este sentido, un instante revelador en el que las palabras del párroco desvelarán tanto las miserias de Mouchette como las de, a la postre, toda la juventud de la época en la que se filmó la película.

Empero, en las lecciones del personaje de Depardieu el espectador tampoco hallará soluciones. Ubicado entre la santidad y la locura, entre Dios y Satán, Donissan morirá torturado por las responsabilidades y los remordimientos. Su agonía espiritual y vital —tan irrefrenable como la de la mujer enferma de La boca abierta (La Gueule ouverte, 1974) o la de la pareja truncada de Nosotros no envejeceremos juntos (Nous ne vieillirons pas ensemble, 1972)— será la de aquel que se ve incapaz de luchar contra un mundo insoportable. Un mundo hacia el que Pialat sentía rabia, odio. Unos sentimientos reflejados en una filmografía que actúa como espejo de los lugares más recónditos de las relaciones humanas.