Como cuenta Peter Biskind en su libro “Moteros tranquilos, toros salvajes” (Ed. Anagrama, 2004): «…Schrader tenía una Smith & Wesson calibre 38 en su mesita de noche, pues decía que alguien intentaba entrar por la fuerza en su casa, y llevaba otra en la guantera del coche; si hacía falta, la enseñaba para que nadie se engañara…» Porque corrían malos tiempos para Paul, cuya familia, imbuida de una moral calvinista fanática, le había dado una infancia cuajada de castigos, más cercanos a puro sadismo que a la necesidad de una educación rígida. La cabeza de Schrader bullía de sentimiento de culpa, de ansia de violencia no declarada, de paranoias que se materializaban, a veces, en visiones. Y esa realidad de un hombre en cuyo pasado los suicidios no podían contarse con los dedos de una sola mano necesitaba ser exorcizada. Era el guión o su propia vida, que ya había pensado en quitarse más de una vez: «Se pasaba el tiempo hablando del suicidio. Desde un punto de vista compulsivo-anal. Decía que iba a meterse el cañón en la boca y que apretaría el gatillo, pero que antes se envolvería la cabeza con una toalla, para no ensuciar» (“Moteros tranquilos, toros salvajes”. Peter Biskind. 2004).
¿Puede un filme condensar la furia y obsesión de un hombre en toda su plenitud? A juzgar por el resultado de aquellos siete días que tardó Paul Schrader en escribir el primer borrador de Taxi Driver, sí. Dio a luz a uno de los libretos más desgarradores de la historia del cine, en el que la violencia a punto de estallar se funde con un personaje redondo en su perfecta soledad, sumido en una auto-alienación que rechaza y al mismo tiempo, atrae y desea. Un pobre diablo moderno que se pasea por las calles de una Sodoma de neón, reflejo de una época, consecuencia de una guerra que marcó a toda una generación cinematográfica.
Pero, ¿qué se puede decir de la obra maestra de Scorsese que no se haya dicho ya? Muchos han afirmado que las páginas de Schrader brotaron para que Martin las leyera, y que De Niro nació para encontrarse con ambos y terminar así un puzzle que tenía que completarse. Aunque no creamos en el destino y sea fruto su encuentro del azar o (más probablemente) de los años que mantuvieron a los grandes genios que cambiaron Hollywood frecuentando los mismos ambientes, lo que es cierto es que la combinación guionista-director-protagonista parece creada por un alquimista virtuoso. La cámara inquieta de Martin se desliza entre los colores deformados y húmedos que creó Michael Chapman, otorgándole a esa voz en off una categoría casi demiúrgica, nacida de la mente trastornada de un Travis Bickle que Robert De Niro hizo suyo, configurando al alter ego de Schrader con la precisión que caracteriza a todos los trabajos del actor. La música póstuma del mítico Bernard Hermann termina de cerrar la atmósfera opresiva con excelencia, sumiendo al espectador en una catarsis fílmica que deja huella.
Vista hoy en día, no ha perdido un ápice de su vigencia. Porque el mundo de este antihéroe a medio camino entre el patetismo y un romanticismo sucio que le conduce a la solución de la sangre se erige en símbolo de un Nueva York decadente propio de una época concreta, hogar de niñas prostitutas (una de ellas, la jovencísima Jodie Foster, conformando al personaje que hipnotiza a Bickle en su indefensión, en lo grotesco de su edad y profesión) y chulos paradójicos (un protector y agresivo a partes iguales Harvey Keitel), pero también puede ser retrato de la degradación que habita hoy las grandes urbes, en sus noches perpetuas donde surgen los marginados de cualquier sociedad de consumo, gemelos de su representante ficticio que ya formará parte de los anales de la historia del cine con su insolente “You're talkin´to me?”.
Porque Bickle no sólo es producto y vocal de su entorno, sino que también es un retrato del rostro más oscuro que yace en el interior de cada ser humano: un arquetipo que personifica una faceta de todo subconsciente, la que engrandece los deseos reprimidos y glorifica la violencia que se destapa cuando lo racional deja de gobernar al hombre para dar rienda suelta a sus instintos. Y lo verdaderamente estremecedor de la naturaleza de este personaje no es la confirmación de su supervivencia en cada uno de nosotros, sino la brutal sencillez con la que Scorsese y Schrader lo elevan para el mundo, convirtiéndole en nuevo Dios de su sociedad enferma, en un héroe sin ningún “anti” delante que pueda poner en duda la realidad del mundo de entonces, confundido por la muerte de todo mito y el relevo de valores.