Cuando a menudo se habla de que Turquía es la puerta de Oriente habría que recordar que Serbia es, en contrapartida, la puerta de Occidente. Pero en realidad, se trata de la puerta de atrás. Una puerta ante la cual Occidente se enfrenta a sus temores. La puerta que una vez detuvo a los turcos ya asentados en Grecia y Bulgaria. Pero también la puerta que pudieron derribar y que adornaron con regueros de sangre. Una puerta por la que se cuelan, más que los invasores, los propios miedos, sus pesadillas. Y, sin embargo, una puerta que acoge los fastos de la tradición secular de un país (¿un país, muchos países?) vinculado tradicionalmente al cristianismo y enriquecido en su cultura, su música, su gastronomía con el aliño de la diversidad.
Si la antigua Yugoslavia es así, así es el cine de Emir Kusturica y, específicamente, Underground, su summa temática y estética y su obra magna. Paradójicamente, en un momento en que esperamos su nueva película, nos planteamos si Kusturica puede dejar atrás a Underground. Underground es la sombra, grandiosa pero algo molesta por inevitable que se proyecta sobre su obra posterior. Tal prodigio de imaginación visual, tal riqueza narrativa, ha devenido un lastre al que se remiten inevitablemente no sólo sus largometrajes posteriores (Gato blanco, gato negro, La vida es un milagro) sino también su carrera como (supuesto) cantante.
Underground, aunque emparentada con el cine felliniano, es también hija del cine de Buñuel, una cinta de humanidad desbordante y de humor surrealista, de color y de amargura. Es una obra sobre la amistad y la pasión. Pero también, y sobretodo, es una obra sobre las miserias humanas: la traición, la ambición, la hipocresía y el engaño. Y, como no podía ser de otros modo en el cine de Kusturica, es una obra sobre la nación serbia, sobre la antigua Yugoslavia y sobre como todos los vicios citados se reproducen en los sucesivos gobiernos, aparentemente afectos por un virus endémico de la región que les arrastra, inevitablemente, a una deriva claramente evocada en la escena final, de modo tan metafórico como real.
Después de las (lamentablemente) olvidadas Papá está en viaje de negocios y El tiempo de los gitanos, Kusturica irrumpió en el Parnaso de los cineastas europeos contemporáneos con esta asombrosa obra. Underground se abre con un vertiginoso travelling en el que los dos protagonistas, Marko y Negro, absolutamente borrachos, disparan al aire y lanzan fajos de billetes a una banda de música que corre, soplando por sus tubas, trompetas y trombones, tras el carromato en que viajan. No tardará en llegar la crueldad de la guerra. Una crueldad anticipada en un bombardeo que devasta el zoológico y enloquece a los animales que pueden sobrevivir. Confrontados con los nazis en una serie de secuencias más cómicas que trágicas y después de múltiples peripecias que incluyen una fuga de un manicomio dónde se practican torturas, Marko consigue recuperar para sí a su amada Natalia, asediada tanto por los nazis como por el propio Negro y encerrar a éste y a un grupo de partisanos en un sótano, un mundo subterráneo, dónde les mantendrá durante más de 40 años en el engaño de que continua el dominio fascista. La salida de los “resistentes” al mundo feliz en el que Marco ha reinado, burocracia mediante, durante décadas se produce en plena desintegración y guerra civil entre Serbia y Bosnia, lanzando al grupo a un infierno del que ni la propia pareja protagonista puede escapar.
Kusturica plantea pues Underground tanto como la historia de amor de Marco por una Natalia infeliz que no sabe si le quiere, como una tremenda metáfora de un mundo violento en el que sólo sobreviven aquellos que no se enfrentan a la realidad. Una realidad hecha de fuego, muerte y destrucción y que se propaga, cínicamente, con la ayuda de las Naciones Unidas a través de un supuesto sistema de túneles que alcanza todos los extremos de Europa. Un mundo de corrupción que fistuliza el viejo continente. En la superficie, un mundo mágico que baila danzas de la muerte al ritmo magiar. Un ritmo vibrante, incontinente, que adorna por igual una boda o una masacre. A este ritmo veremos como un elefante arrebata los zapatos de un alféizar, cómo flota una novia sobre los invitados de su boda, cómo sobrevive un puñado de resistentes en el underground del título con la ayuda de diversos artilugios o como un mono a bordo de un tanque les lanza a la realidad.
Al final no queda más que desolación. Negro deja la ficción de una guerra por la realidad de otra en la que su salvajismo y su crueldad le dan las armas necesarias para recuperar el poder que había perdido. Se encuentra en un país que, como cuenta el propio Kusturica, cambia de identidad con cada generación que pasa y que sacrifica para ello ésta generación. De nuevo, como al inicio, fuego y sangre. Y la música magiar suena eternamente llevando a los personajes, más muertos que vivos, a un sueño, esta vez a plena luz, de felicidad. Un rincón idílico que, como Yugoslavia, se desgarra y les arrastra, en sueños, a la deriva.