En ocasiones, revisar las películas que han sido galardonadas por los festivales a lo largo de los años sirve, más que para rescatar o descubrir sugerentes aportaciones cinematográficas que hayan pasado al olvido con el paso de los años, para establecer una lista de modas y tendencias pasajeras y que a la postre terminan por revelar la escasa trascendencia (¿necesidad?) de sus propios planteamientos.
Desde este punto de vista, Un hombre y una Mujer, filme dirigido por Claude Lelouch y galardonado en la edición de Cannes en el año 1966, es uno de esos claros ejemplos de cómo en ocasiones una película se sostiene únicamente por finos andamiajes que la contundencia del tiempo logra derribar impasiblemente.
Aunque quizá esta afirmación no debería ser tomada (al menos, no en exclusividad) peyorativamente puesto que, desde su mismo planteamiento, toda la película se alza sobre lo efímero y lo transitorio: La belleza de dos jóvenes rostros: Anouk Aimée y Jean-Louis Trigtinant; La vaporosidad de unas ‘bellas’ imágenes, captadas al vuelo, de calculada inmediatez amateur que abrirán el camino a toda una rica veta publicitaria; La pertinaz melancolía de cada línea de diálogo destinada a sustentar la ‘elegante’ y ‘sincera humanidad’ y la moral burguesa de sus protagonistas (ambos son ‘trágicamente’ viudos y se resisten a la posibilidad de reencontrarse con la felicidad a través de una nueva relación); La inocencia de unos niños destinados a ser felices pese a todo; Un regusto forzadamente poético (algún día habría que discutir en profundidad sobre la distorsionada imagen de la poesía y lo poético de la que hace gala en numerosas ocasiones el cine) y que se complace en buscar la belleza a través de pequeñas visiones de lo cotidiano (ese hombrecillo y su perro caminando por la playa); Todo ello, finalmente, rebozado en unas siempre ‘efectivas’ estampas otoñales y barnizado con una gruesa capa de ‘adorables’ arreglos musicales…
Con todo ello, Lelouch consigue articular un perecedero producto de falsa modernidad mediante la total perversión de los logros del cine de vanguardia de su tiempo. Los recursos formales ‘naturalizados’ por la nouvelle vague (recordemos que estamos en el “Año Uno” tras Pierrot le Fou (Jean Luc Godard, 1965)) y por todas las otras ‘olas’ de la década de los sesenta, se extienden definitivamente al cine de consumo (aunque éste sea “de autor”). La película se lanza en una espiral de formalismo mal digerido: el uso aleatorio del blanco y negro (¡virado al sepia!) o el color, la duración de las secuencias estirada sin propósito, las derivas cómicas que provocan rubor por su falta de gracia y su inoportunidad (c.f. Los episodios relativos al marido de Aimée) casi tanto como sus reversos dramáticos (la explicación del suicidio de la mujer de Trigtinant es sencillamente vergonzosa), etc.
Si de algo sirve el ejemplo que nos brinda este filme es para constatar (si es que todavía hubiese dudas al respecto) aquello de que “el hábito no hace al monje”. Es decir, que un filme que se erige en paradigma de la modernidad y cuya línea narrativa es poco menos que inexistente y que, por tanto, renuncia casi por completo a jugar con la intriga de los espectadores, y en la que el ritmo impuesto por las secuencias es parsimonioso hasta extremos impensables en una película “de consumo”, no es por ello, necesariamente interesante o reivindicable.