Viridiana (Luis Buñuel, 1961)

Por Alejandro Díaz

El inagotable (y muy entretenido) caudal de ideas buñueliano

Una de las cosas que más me motivan de la figura de Luis Buñuel es el hecho de que realizase muchas grandes películas a una edad avanzada. Así, supone para mí una esperanza y un modelo a seguir que, con sesenta años, realizase una obra como Viridiana, que supone su vuelta a España después de casi tres décadas sin dirigir en su país natal. En una entrevista de mediados de los 70, Buñuel describe así su regreso: «Reencontré tantas imágenes personales, de la infancia, la adolescencia, la juventud, que fue como cuando volví a París después de la Segunda Guerra. Paseaba solo por las calles, con lágrimas en los ojos». El cine de Buñuel se construye en gran medida a partir de recreaciones de elementos que forman parte del rico mundo interior que comenzó a desarrollar durante sus años jóvenes, y Viridiana no es una excepción, comenzando por el título, basado en el nombre de una santa que había llamado la atención del cineasta ¡en 1910!, y continuando con ideas como el uso de narcóticos para disponer de una mujer dormida o el travestismo fetichista.

En otro instante de la misma conversación, Buñuel reconoce que Viridiana tiene un acabado técnico más perfeccionado que sus películas mexicanas, más desastradas y aparentemente impersonales, aunque entre ellas se cuentan obras tan grandes como la propia Viridiana. La dirección de actores, por otro lado, es asombrosa, por la muy creíble manera en que Buñuel consigue que hablen y se muevan. También el modo en que se perfilan los personajes, cuya forma de ser nos es revelada con una envidiable economía narrativa. Hay uno de ellos que me interesa enormemente: Ramona, la criada de Don Jaime, mujer física y mentalmente fibrosa en cuya composición Buñuel cuida al máximo todos los detalles: Sus titubeos cuando ha de ayudar a Don Lope con su plan; su forma de esquivar las miradas del heredero; el modo en que finalmente le mordisquea un dedo…

Durante la mencionada entrevista, Buñuel también declara: «Viridiana es, en cierto modo, un Quijote con faldas». La película hunde sus raíces en algunas novelas hispánicas como la de Cervantes, así como en la llamada novela picaresca (al igual que en la indispensable El Lazarillo de Tormes, se muestran muy a las claras algunos de los elementos más arraigadas en la idiosincrasia española) o la obra de Galdós. Precisamente una adaptación de éste último, Nazarín, constituye un precedente en tanto ambas tratan sobre lo contraproducente que puede resultar la caridad mal entendida, o sea, entendida desde un punto de vista cristiano, algo que no sólo afecta al personaje principal, sino también a Don Jaime (su decisión de salvar a la abeja que se ahoga dibuja perfectamente cierto perfil psicológico) o a su hijo, que en un momento dado se muestra piadoso con un perrillo, acto cuya inutilidad Buñuel recalca mostrándonos que hay otros animales en la misma situación. «Cuando buscaba exteriores para el rodaje, vi perros que marchaban atados al eje de las carretas […] Esto me impresionó tanto que lo puse en la película.». En efecto, Buñuel también es capaz de “cazar” ideas o imágenes al vuelo que al final acaban encajando en su particular puzzle. Esta anécdota me hace pensar en la inclusión, dentro de Mulholland Drive, del número musical interpretado por Rebekah del Rio, que se había presentado en una audiencia ante David Lynch con la misma pieza.

Una secuencia tan angustiosa como la de la “última cena” de los mendigos hace pensar asimismo en el “siente a un pobre a su mesa” que está en el origen de Plácido, de Berlanga, aunque aún no están del todo claras las misteriosas relaciones entre Buñuel y Berlanga, Fellini, o incluso Antonioni, por el modo en que se presentan las relaciones de pareja (pos)modernas, un camino que también nos lleva a Hitchcock. El (literalmente inolvidable) plano en el que Viridiana, forzando al máximo su desaire, recorre el pasillo para abandonar a Don Lope resulta incluso más hitchcockiano que los elementos necrófilos en la línea de Vértigo o Rebecca.

Hay películas que, cuando uno las ve, tiene la sensación de que hay algo de forzado o innecesario en los encuadres, las situaciones, las imágenes, como si la cámara hubiese irrumpido “a destiempo”, sin adaptarse al timing de la realidad. Buñuel ofrece, sin embargo, imágenes absolutamente precisas. En Viridiana todas lo son y están rodadas de forma que no cabe pensar que hubiesen podido concebirse de otra manera. Su negrura, su densidad, y la sobreabundancia de ideas que contienen (el de Buñuel es, ante todo, un “cine de ideas”), terminan por imponerse a cualquier otra consideración. Estamos además, concluyo con esto, ante una película extremadamente sensual que rezuma erotismo por los cuatro costados.

Declaraciones extraídas del sensacional libro de entrevistas “Buñuel por Buñuel”, de Tomás Pérez Turrent & José De la Colina (PLOT Ediciones, 1993).