BAFF 2008: 10 años

Por Antoni Peris i Grao & Cristian Planas

Diez años son suficientes para valorar muy positivamente un Festival de Cine y también definen una situación muy concreta. El BAFF alcanza una década de vida obligando a sus fieles a una doble postura. Por una parte, el reconocimiento a un esfuerzo privado que ha traído a Catalunya el cine asiático más innovador y menos conocido. Por otra, la exigencia de superar un listón que los propios organizadores del BAFF han puesto muy alto. La presencia de una sección de “grandes éxitos” (BAFF 10, con títulos de Kore Eda, Apichatpong, Tsai Ming Liang y Kawase entre otros) y la reaparición en las otras secciones de los veteranos Kobayashi, Ratanaruang, Kim Ki Duk, Johnnie To o Jia Zhang Ke podían reducir a nivel inferior las obras más modestas. Por suerte no ha sido así y hemos disfrutado de muy buenas ofertas. Alguna pega, quizás, la falta de ubicuidad que nos permitiera ver muchas más obras en esta nueva edición del BAFF. Nunca es demasiado y por ello, sin duda, ya esperamos el BAFF 2009.

Assembly / Ji jie hao, de Feng Xiaogang (China, 2007)  

La película con la que se inauguró el BAFF de este año es, en cierta manera, un reflejo de los cambios en la sociedad china tan bueno como cualquier película de Jia Zhangke. Las películas de éste último señalan una modernización brutal, una occidentalización que aplasta a las tradiciones y al individuo. Assembly es un producto de este proceso; una superproducción bélica de estructura similar a la mayoría de películas americanas del mismo género. Si el cine es el arte comercial por excelencia, y por lo tanto, todas sus obras tienen que situarse en el eje que existe entre el arte puro y la mercancía pura, entonces Assembly está más cerca de la mercancía. Muchas veces la crítica olvida, ante el cine oriental, que éste también puede tener pretensiones comerciales. La cinta está dividida en dos mitades bien diferenciadas: la primera está formada por una serie de secuencias de acción bélica, rodadas de una manera excesivamente dinámica y convulsa, con un estilo que recuerda al de Michael Bay. La segunda es una narración de un carácter que podríamos calificar como ético-patriótico: el capitán Guzidi intenta que su Compañía sea rehabilitada ante la Historia después de haber dado su vida por la patria. El conjunto resulta más o menos satisfactorio según las esperanzas que hubiera depositado el espectador, pero después de largometrajes que ya habían explotado los mismos recursos —la comparación con el Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) resulta inevitable—, difícilmente podemos calificarla como de visionado obligatorio.

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Asyl: park and love hotel, de Izuru Jumasaka (Japón, 2007)  
Waltz in starlight, de Shingo Wakagi (Japón, 2007)

Dos agradables propuestas japonesas. Mientras la primera vincula cuatro historias de mujeres solas a una curiosa casa de citas en cuya azotea la dueña ha instalado un jardín para niños y jubilados, la segunda sigue la estancia de unos días de un joven estudiante de fotografía en su pueblo natal, en compañía de amigos, padres y abuelo. Asyl es una comedia como muchas otras obras japonesas vistas en ediciones previas del BAFF, basadas en personajes curiosos que se entrecruzan en un punto determinado. Jumasaka consigue buenas escenas contrastando el dolor puntual de cada una de las mujeres implicadas con el oasis de felicidad que la protagonista ha creado sobre su negocio. Como la mayoría de cintas precedentes del que podría ser un género genuinamente japonés, se puede disfrutar si no se exige demasiado a un guión que adolece de giros argumentales gratuitos y situaciones algo forzadas. Waltz in Starlight, en su sencillez casi amateur, se gana al espectador por este motivo. Cinta realizada por un fotógrafo que toma al protagonista como su alter ego para recrear, en su propia casa, los sentimientos de duda y esperanza, las escenas de amistad y fraternidad, que antaño viviera con dos amigos discapacitados y con un abuelo al que idolatraba. No hay una historia con continuidad, no todo se explica, pero Wakagi hace que la vida respire por sus imágenes. Una cinta a revisar con espíritu tranquilo y pensar en ella más allá de su final.

Awaking / Tamamoe!, de Junji Sakamoto (Japón, 2006)  

Un sector de la población al que el cine rara vez se suele dirigir es el de la tercera edad. Quizás lo inusitado del discurso de Awaking sea su principal virtud: un interesante canto a la vitalidad que puede existir más allá de la juventud. No es, desde luego, que el mensaje sea nuevo —la reciente Ahora o nunca parte de una idea similar— sino que la sinceridad de éste, la afortunada inexistencia de momentos que traten de suavizar el concepto para hacerlo más aceptable desde un punto de vista tradicionalista, se agradece mucho. Más allá de esta honestidad, no hay mucho más: una fotografía más que correcta, cosa a la que ya nos tienen acostumbrados las producciones orientales, un guión adecuado, al que quizás le falte algo de emoción pero al que no se le puede acusar de no ser compacto; e incluso ciertas aristas en la narración que parecen apuntar a una crítica más general de la sociedad nipona.

Bare-assed Japan / Mukidashi Nippon, de Ishii Yuya (Japón, 2005)  

Es bien sabido que los japoneses tienen un sentido del humor un tanto especial. Pero eso no implica que la crítica deba aceptar según que prácticas: y aunque muchos recordemos con aprecio el ya mítico programa "Humor Amarillo" —invención, por cierto, del genial Takeshi Kitano—, eso no es óbice para que rechacemos frontalmente según que gags fuera de sitio. Y es que, de la misma manera que esperamos que un crítico asiático no intente dar una profundidad que no tienen a muchas películas españolas de humor, debemos hacer lo mismo con sus obras. Bare-assed Japan es una cinta en la que reina la chabacanería más grotesca, el chascarrillo puerco y la estupidez más anodina. El espectador tiene dos alternativas: o dejarse llevar por el torrente de idiotez y acabar riendo con los infinitos gags de cariz erótico-marrano, o mantenerse firme ante el poder de persuasión de una de las películas más repulsivamente absurdas que uno haya visto. Ustedes deciden.

Foster Child, de Brillante Mendoza (Filipinas, 2007)  

Un artista debe tener en cuenta las características de la obra a la que se enfrenta: especialmente aquellas que pueden trastornar el corazón humano. Ese tipo de historias pueden dar lugar a obras maestras magníficamente emotivas —por dar un ejemplo, El hombre elefante— o a bodrios cinematográficos dignos de la peor parrilla de sobremesa. Foster child se mueve en este territorio, pero afortunadamente, sale de él con éxito. Foster Child obliga al espectador a enfrentarse a una de estas situaciones de las que hablábamos antes: una madre de acogida que debe entregar a un niño al que ha cuidado durante tres años —desde su nacimiento— a los padres adoptivos americanos. Además, el film está rodado con un estilo semi-documental que debería recrudecer aún más el efecto sobre el espectador. Sin embargo, quizás tocado por alguna extraña musa, Brillante Mendoza ha logrado esquivar todos estos obstáculos para obtener una película que, quizás igual que la maternidad de un niño de acogida, tiene un desenlance triste, pero deja un dulcísimo recuerdo.

Four Women / Naalu Pennungal, de Adoor Gopalakrishnan (India, 2007)  

Al hablar de Four Women, debemos subrayar, antes que cualquier otra cosa, su estilo clásico, quizás la película más clásica que hemos podido ver en los últimos BAFFs. Se trata de un clasicismo algo costumbrista, evidentemente influido por la obra del gran Satyiajt Ray. Utilizando cuatro historias protagonizadas por mujeres, Adoor-Gopalakrishnan, ha obtenido un logrado mosaico de la vida cotidiana en la India de mediados del siglo XX visto a través de un prisma femenino. A pesar de lidiar con historias con las que sería fácil manipular emocionalmente al espectador, el director indio mantiene una distancia de respeto a sus protagonistas que logra mantener cierto velo de objetividad sobre el filme. Las experiencias de la prostituta, la virgen, la mujer sin hijos y la solterona conforman un resultado final clásico y exótico, objetivo y acusador. Se agradece que desde cinematografías como la india nos lleguen propuestas a las que no nos tiene acostumbrados.

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Funuke Show Some Love, You Losers!, de Yoshida Daihachi (Japón, 2007)  

Esta peculiar cinta de Yoshida Daihachi presenta a un conjunto de perdedores lamentables en una zona rural y que se basa, principalmente, en el enfrentamiento entre una tímida adolescente dibujante de manga y su hermana, una joven sin escrúpulos, aspirante a actriz tan ambiciosa como mediocre, que machaca a todo el que se pone a su alcance. Funuke goza de esenas francamente divertidas pero carece de la mala leche que le daría más empaque…. Pienso en cómo habría sido de ser dirigida por un amante de los cómics como Kevin Smith, aunque más impresionante sería de haberla recogido Takashi Miike.

A gentle breeze on the village / Tennen kokekkô, de N. Yamashita (Japón, 2007)  

A pesar de que le reconozco muchas bondades, el manga no es un buen formato para ser adaptado al cine, por lo menos al cine de imagen real. Buena parte de la narración en el noveno arte se apoya en la especial flexibilidad de los rasgos faciales de sus dibujados protagonistas; esta característica se acentúa todavía más en el manga. Así, cualquier adaptación cinematográfica que no plantee recursos substitutorios dejará un vacío de expresión. Pero aún si logra encontrar un elemento para reemplazar las expresiones de los personajes manga, habrá logrado algo sustancialmente diferente a un manga. Es ése uno de los principales defectos de A gentle breeze on the village: la sensación constante de encontrarse ante un universo que se revuelve contra la forma que se le ha dado. Sus otras faltas provienen de la misma raíz: argumentalmente la película roza continuamente lo hortera porque el espectador no tiene más remedio que reconocer como absurdo las respuestas emocionales de los personajes. Y es que, ante todo, el cine es el arte de la realidad.

God man dog / Lio lang shen go ren, de Singing Chen (Taiwan, 2007)  

God man dog, de la taiwanesa Singing Chen, es otro apreciable drama, aunque esté infectada por el virus Iñárritu (como Timbalista estaba afectada por el virus Tarantino con un montaje cronológicamente desordenado) cruzando las vidas de una serie de personajes en historias en principio inconexas entre sí. Este conjunto de historias cruzadas arrastra lo mejor y lo peor de estas construcciones dramáticas. Por una parte, una sabia composición entre la tragedia y la comedia, con personajes cuyo patetismo se alivia con buenas dosis de ternura y humor. Hay una excelente descripción de una pareja de chatarreros hundida por el alcoholismo del marido (que remite al personaje de Benicio del Toro en 21 gramos) que se esfuerzan por sobrevivir malvendiendo los regalos de segunda obtenidos en una serie de infortunados sorteos y de otra pareja de buen nivel social que sufre una grave crisis familiar.. Está también la hija kickboxer que trabaja con sado masos, tanto para alegrarse como para ganarse un sobresueldo, el mutilado que conduce un trailer cargado de budas de feria en feria o el niño abandonado que vive de ganar concursos de ¿quién come más? Y que viaja escondido en los maleteros de autobuses. Desafortunadamente, como sucede a menudo en estas historias,  hay un desequilibrio interior entre el peso dramático de unas y otras. Estando aquí mejor definidas las historias dramáticas de las dos parejas se dejan muy al margen los otros hilos narrativos, resintiéndose la película en su globalidad de este desequilibrio.

Life Track / Gue-do, de Jin Huang Hao (China-Corea del sur, 2007)  

El cine, como arte de lo real —es la verdad veinticuatro veces por segundo—, tiene un compromiso con lo minoritario, con lo marginal; debe alimentarse de lo que es real pero está oculto a los ojos de las mayorías. Esta sencilla máxima ha alimentado a muchos géneros: desde el cine de espías, que nos muestra a los hombres que mueven los hilos de la historia desde la sombra, hasta el cine de terror, que se basa en dar esencia a los peligros que tratamos de olvidar, pasando por la película que nos ocupa. Life Track es una cinta que se afilia al mismo conjunto que Freaks (1932, Tod Browning) o El hombre elefante (David Lynch, 1980). Sin embargo, y a diferencias de las dos anteriores, Life Track es una obra fallida. Life Track se regodea de manera excesiva en la discapacidad de su protagonista —un hombre sin brazos—. Buena prueba de ello son las largas secuencias, sin objetivo alguno más que subrayar su condición marginal, en la que Chi Jing-hu lía cigarrillos o toca la guitarra utilizando únicamente los pies: en ningún momento se trata de acercarnos la situación, de transcender la anécdota. El silencio que invade la película contribuye a esta sensación de alejamiento: parece que el director, Jin Huang Gao, no conocía aquella máxima bressoniana: «Procura que los silencios de tu películas no se confundan con el de la sala».

Night Train / Ye che, de Diao Yi Nan (China, 2007)  

Una de las principales características del mundo moderno es la soledad que ha traído el proceso de individuación inherente en la sociedad de consumo. Una soledad desconocida ha irrumpido en el mundo a medida que el antiguo núcleo familiar se hacía más flexible, menos sólido. Es esa una situación que ha alimentado la obra de varios cineastas: desde el primer Kim Ki-Duk hasta Aki Kaurismäki. Y es precisamente la obra del finés, más particularmente La chica de la fábrica de cerillas, la antecesora más directa de la magnífica Night Train, quizás la película más interesante que se ha proyectado en este último BAFF. Mediante una fotografía de una belleza sumamente sucia —suciedad que recuerda al anteriormente citado Kaurismäki—, el director chino Diao Yi Nan logra transmitir la desesperación brutal de unos personajes profundamente alienados. Algunas secuencias, como la del baile organizado por la agencia matrimonial, llegan hasta un punto de emoción barroca que recuerda a la Calle Mayor de Bardem; pero al mismo tiempo, la narración está desarrollada con una sutilidad extraordinaria. Magnífica.

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Om Shanti Om, de Farah Khan (India, 2007)  

¡Alegría, alegría! Es la anual representación de Bollywood en el BAFF. En este caso, acompañada de un desfile de estrellas de aquella industria, Om Shanti Om se ha caracterizado por dos aspectos. Por una parte, la madurez de una fórmula capaz de recurrir a modelos metacinematográficos (cine dentro del cine, con obvias referencias a Singin' in the rain de Donen) a la par que lucir una estética propia (de lujo hortera) absolutamente espectacular y un ritmo envidiable (frenado por las tres horas de duración, eso sí). Por otra parte, la capacidad de atracción que desbordó la capacidad de la propia sala de cine  y ganó el premio del público. Más allá del bizarro collage que este cine siempre arrastra entre el noir, el musical, la comedia romántica, el drama y el género de gangster, hay que recordar este Om Shanti Om por unos musicales irreverentes por horteras, desenfadados y contagiosos, que emparentan Bombay con YMCA o los Abba, recurriendo a unos colores desbordantes, una coreografía simple pero efectiva y a un montón de extras. De todo ello van sobrados en Bollywood.

Le papier ne peut pas envelopper la braise, de Rithy Panh (Francia, 2007)  

Rithy Panh (La gente del arroz, la máquina de matar khmer, Los artistas del teatro quemado) nos fascina por su certeza en poner el dedo en la llaga. El autor camboyano incide de nuevo en la endemia que azota su país, en esta ocasión, en la vertiente más venal, la prostitución. En un intenso y asfixiante documental, Panh contempla y entrevista a ocho prostitutas que malviven en un cuchitril de Pnom Penh. Ellas van contando las penurias que sufren, de los malos tratos de borrachos y clientes blancos, a amenazas de muerte, hambre, drogadicción, enfermedad y sida. Sin demasiados oropeles (salvo una excelente fotografía digital) Panh nos obliga a contemplar de cara la miseria humana, sobretodo cuando las propias prostitutas echan cuentas y ven que casi todas sus ganancias se quedan en manos de otros y su vida se pierde entre la droga (Ma) y el HIV. No hay concesión alguna. Las entrevistas se desarrollan en unos interiores desolados, adornados con fotografías recogidas por las mismas prostitutas. No hay exteriores salvo unos breves planos desde la ventana y los tejados. No hay alivio ni respiro, sea mediante el humor o un catártico brote de violencia. Sólo hay un dolor eterno. No hay salida.

Ploy, de Pen–ek Ratanaruang (Tailandia, 2007)  

Pen Ek Ratanarang es el cineasta tailandés que deslumbró con Last life in the universe e Invisible waves. Ahora ofrece con Ploy una peculiar historia de des/amor, la de una pareja desengañada de su relación que debe enfrentarse a sus temores y su odio cuando, tras años de estancia en los USA, vuelven a Phuket por un entierro. ¿Les suena? Claro, estamos ante una nueva versión del Viaggio in Italia (Te querré siempre) de Rossellini e incluso de su revisión a cargo de Nobujiro Suwa en Una pareja perfecta. Ratanarang, no obstante, ama los pasillos, los espacios cerrados y los argumentos equívocos y recurre a un tercer personaje, una Lolita provocadora, que desencadena la acción entre la pareja protagonista. Mientras su pareja trata de descansar en la habitación del hotel, el hombre baja al bar y traba conversación con una adolescente que parece una niña. La sube a la habitación dónde se desencadena el duelo de rencores. Aunque naufraga en su tercio final por la costumbre de Pen Ek de establecer falsos finales y por un exceso de  imágenes oníricas que estimulan la cinta de un modo algo tramposo, la película mantiene el interés de modo continuo. Cineasta de la sensualidad, más que del sexo, del temor más que de la violencia, Pen Ek consigue que los sentimientos que los personajes presentan se vivan como auténticos y creíbles por el espeectador aun cuando las situaciones no lo sean. Aunque el resultado no alcance el nivel del clásico ni de la magistral versión de Suwa esta adaptación ligera es más que satisfactoria y para nada superficial.

The rebirth / Ai no yokan, de Mashiro Kobayashi (Japón, 2007)  

Mashiro Kobayashi nos machacó y nos fascinó hace dos años con Bashing, una deprimente historia de una joven acosada por una sociedad intolerante y violenta, al más puro estilo de los hermanos Dardenne. Repite ahora con The rebirth, una obra excelente e implacable, tan rigurosa como asfixiante. La cinta se inicia con las entrevistas a dos padres. Ella, separada, está destrozada una vez ha sabido que su hija ha asesinado a puñaladas a una compañera de clase. No sabía nada de sus inclinaciones ni su situación. Sólo quiere olvidar, hacerse perdonar por la familia de la víctima y rehacer su vida. Él, viudo, se ha quedado sólo tras el asesinato de su hija y no quiere saber nada de la familia de la asesina. Ambos personajes serán seguidos en su cotidianeidad, de modo implacable, por una cámara al hombro que les sigue durante más de una hora. La repetición casi inalterable de los actos cotidianos (trabajo, camino a casa, preparación de la cena, la ducha) lleva al espectador a una situación de agobio que permite comprender la desesperación de dos personajes muertos en vida y que están purgando sus culpas en el último rincón de la tierra. Los temerosos, discretos, intentos de cada uno por alterar la situación van postergando un cambio en su relación que sólo se conseguirá con gran esfuerzo. Los dos protagonistas interpretan un soberbio trabajo de caracterización que incluye no sólo los contados diálogos sino un esfuerzo postural impresionante por otorgar a los hundidos personajes la postura, la marcha y los gestos de dos seres en el infierno. Una obra magistral aunque su morosidad no sea tolerable por todos.

The red awn / Hongse kangbaiyin, de Cai Shangjun (China, 2007)  

El guionista habitual de Zhang Yang, Cai Shangjun, debuta con una historia a las que nos tiene muy habituados el cine chino: una típica narración ambientada en la China rural, que utiliza como uno de sus ingredientes principales el contraste entre la ciudad, origen de las mutaciones que sufre la China contemporánea, y el campo, refugio de la vida tradicional. No es, desde luego, una película que vaya a sorprender al espectador por sus planteamientos. Sin embargo, hay algo en The red awn que la hace superior a otros largometrajes similares —como The Exam, nominada para el Durián de Oro en el BAFF pasado—, y que la ha convertido en una de las mejores películas del festival de este año. Gracias a su historia, que juega de forma paralela con el ya citado contraste ciudad-campo y un conflicto generacional entre un padre que abandonó a su familia y su hijo, logra profundizar más de lo que suele ser habitual en este tipo de cintas. También es muy meritoria la excelente fotografía, con excelentes planos de la campiña china, colabora en convertir a The red awn en una de las películas más satisfactorias de este festival.

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Sad Vacation, de Shinji Aoyama (Japón, 2007)  

La última película de Shinji Aoyama es, lamentablemente, todo un ejemplo de los posibles errores que uno puede cometer al adaptar una obra literaria, aunque sea la propia. Aunque es cierto que, por lo visto en el largometraje, es posible que la novela de Aoyama sea muy interesante, uno no puede dejar de rechazar lo que a los ojos del espectador parece un resumen de dos horas y cuarto de la obra literaria. Es cierto que los escritores nipones —Oé o Murakami, por dar dos ejemplos— gustan de romper el curso de la narración con sucesos inesperados: pero, tal y como Aoyama ha trasladado al cine esa técnica, la cinta entera se convierte en un caos multidireccional. Poco importa ya que, una y mil veces, la película empiece a dibujar reflexiones interesantes: desgraciadamente, Sad Vacation despista y no deja huella, ya que se queda en una mera colección de esbozos.

Secret sunshine / Myryang, de Lee Chang-dong (Corea del sur, 2007)  

Lee Chang Dong consiguió un premio de Venecia con Oasis, luego fue ministro de cultura en Corea y regresa con otra larga obra (140 minutos) que mereció el premio a la mejor interpretación en el pasado Cannes. Ciertamente la espléndida interpretación de Jeon Do-Yeon es antológica, estando muy bien complementada por el veterano Song Kang–Ho. Hay una descompensación, lamentablemente, en la segunda mitad de la cinta que desemerece el conjunto. Chang Dong ofrece una terrible tragedia. La historia de una joven viuda que se retira con su hijo pequeño al que fuera la ciudad natal de su marido, de tono aparentemente costumbrista, se complica con el asesinato del niño. Apoyada, casi asediada, por un perseverante aspirante a novio, Sin-ae trata de recuperarse de la nueva tragedia entrando en una secta evangelista. Guionista y director tratan la historia con una extrema sobriedad que merece toda la admiración hasta alcanzar un nudo en el que la joven decide enfrentarse al asesino de su hijo para perdonarle. Todo su esquema mental se hace pedazos cuando éste le dice sentirse ya bendecido por el mismo Dios que la apoya a ella, previa e independientemente de su perdón. La película decae a continuación en una serie de actos de desesperación que la infeliz Sin-ae lleva a cabo y que sólo acumulan angustia aunque sin capacidad de impacto dramático para un espectador que ya lo ha superado en la hora y cuarto previas.

Soom, de Kim Ki-duk (Corea del Sur, 2007)  

Kim Ki Duk efectua una nueva exploración a universos torturados, entre el deseo, la culpa y los celos, propios del autor coreano. Retoma los tonos de Bad guy, en el personaje del delincuente, y de Samaritan girl en el de la mujer protagonista. Aunque también, sin duda hay ecos de La isla, Primavera, verano… y El arco. Una mujer casada, engañada por su pareja, decide empezar a visitar en la cárcel a un condenado a muerte y ofrecerle, en una serie de “montajes” correspondientes a las épocas del año, una progresiva desconexión de su situación de prisionero. No hay explicación del porqué de su decisión. O mejor dicho, la explicación que da, como en todo el cine de KKD, es dudosa, incierta e insatisfactoria, abriendo nuevas dudas. El director nos ofrece unas chocantes secuencias que conservan el sentido del humor que ya luciera en la infravalorada Time. La joven decora la sala de entrevistas con papel pintado y monta un karaoke mediante el cual trata de animar al condenado y le provoca sexualmente. La pasión de la inusual pareja va creciendo entre las canciones que ella baila para el prisionero ante decorados multicolores y con la complicidad de un voyeurista alcalde (¿el propio KKD?) a medida que crecen los celos del marido. En contraste, la vida en la celda es cada vez más opresiva, como Hierro 3, mientras el personaje va padeciendo sucesivas humillaciones y amenazas por parte de sus compañeros. No pueden buscarse explicaciones en el cine del director coreano pero esta cinta, como la mayoría del autor, exige compartir la vivencia sin ellas. Si se hace, se experimentará una propuesta insólita, menos obvia que la anterior Time, mucho más hermética y retadora.

Tambolista, de Adolfo Alix Jr. (Filipinas, 2007)  

Retratar la vida de una urbe es uno de los retos eternos del arte cinematográfico, desde Vertov o Ruttmann. No tiene nada de particular que un director joven como Adolfo Alix Jr. se lo haya planteado como uno de los retos de su película. Sin embargo, no es el único, y quizás es el exceso de objetivos lo que destila cierto amateurismo en esta cinta. Pero no hay que llevarse a engaño: Tambolista es una obra llena de virtudes. Con algunos planos exteriores llenos de vida, se justifican en parte las intenciones cosmopolitas de su director. Pero hay otros elementos mucho mejor realizados en el film: por ejemplo, su historia, de una crudeza que recuerda a la de Crimen y Castigo perfilada con trazos mínimos pero profundos, y, especialmente, la unión entre fotografía en blanco y negro y el montaje, que deja un conjunto que recuerda a la ópera prima de Christopher Nolan, Following. Sin duda Adolfo Alix Jr. es un director a tener en cuenta en un futuro próximo.

Useless / Wu yong, de Jia Zhangke (China, 2007)  

Jia Zhangke es, sin duda, uno de los directores fetiches de la crítica internacional. Su cine es prototípico del que separa a público y crítica: cintas reposadas, intelectuales, que han logrado que su director pueda ser, en contraposición al clásico "director de actores", un auténtico "director de objetos". Y es que es a través de estos, los que siempre mantienen su esencia en una película, con los que el director de Still Life busca trascender la peripecia narrativa para ofrecernos una visión de la China contemporánea. Useless no es una excepción. En esta ocasión Zhangke ha optado por un documental, lo que, tratándose de él, no implica un cambio de mensaje, sino tan sólo de técnica. Observamos a la industria china de la moda desde diferentes prismas: una innovadora modista que intenta lograr que la industria textil de su país abandone esa posición de productos baratos y, especialmente, anónimos, sin marca, hijos directos de la producción en masa. El cuadro se completa con planos-secuencia de fábricas textiles y la aparición de diferentes personajes de las clases bajas: personas que han estado envueltas, de una manera u otra, en la industria de su país.

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With the Girl of Black Soil, de Jeon Soo-il (Corea del sur, 2007)  

Esta cinta de Jeon Soo II se ha alzado con el premio de Casa Asia gracias a una rigurosa y eficaz dirección de un tremendo drama. La historia del minero enfermo y separado, padre de dos hijos (el mayor disminuido mental) y amenazado de desahucio es demasiado para verse con ligereza. Pero la certeza del trazo narrativo y la impagable interpretación de la niña elevan este drama hacia las cotas de una cinta semejante, La chica de la fabrica de cerillas de Aki Kaurismaki. En el recuerdo pesa demasiado esta obra maestra del cine ascético. Sin embargo hay pocos peros que objetar a la cinta coreana. Rigor expositivo, precisión narrativa, gran fotografía y una interpretación impresionante de la pequeña protagonista no permiten que el dramatismo vaya más allá de lo imprescindible e impresione, como The rebirth, la mente del espectador.

Who's that knockin at my door?, de Yang Hea-hoon (Corea del sur, 2007)  

El debut de Yang Hea-Noon, a pesar de ser un claro homenaje a la película del mismo título de Martin Scorsese, tiene un fuerte sabor oriental, recordando particularmente a otros realizadores de su misma nacionalidad: estoy pensando en Kim Ki-Duk, pero aún más en Chan-wook Park. Como habrá imaginado el lector se trata de una película estéticamente bella, con secuencias extremadamente hermosas —por dar un ejemplo, la del lago helado, con la que se inicia la película— con un tono poético que recuerda al de KKD. Sin embargo, la influencia principal de la película es la de la violencia de Park: la brutalidad de cintas como Oldboy o Sympathy for Mr. Vengeance está bien presente. Se trata de una violencia que, a diferencia de la de las películas de Hollywood, no es meramente física; una violencia que el espectador ha acabado asociando con el cine oriental, especialmente con el sur-coreano; una violencia moral que en Occidente apenas se practica, exceptuando al que probablemente sea el maestro del género: Michael Haneke. A pesar de esto, hay que admitir que Who's that knockin at my door es una cinta algo torpe, que, desde luego, no se convertirá en un hito dentro de este particular género.

Wonderful Town, de Aditya Assarat (Tailandia, 2007)  

La tragedia del tsunami, como no, también ha conmovido las imaginaciones de los cineastas de la zona. Wonderful Town, dirigida por Aditya Assarat, es una de las primeras producciones que giran alrededor del maremoto. Se trata de una historia de amor, entre un joven arquitecto que supervisa las obras de reconstrucción tras la catástrofe y la propietaria del hotel donde se aloja. Alrededor de ellos, la miseria, tanto material como humana, personificado en el hermano de la protagonista y su pandilla de gángsters. A pesar de cierto "tarjetapostalismo" que se desprende de los largos planos panorámicos que sirven de interludio entre fragmentos de la narración, es el simbolismo de su guión lo que sobresale de Wonderful Town. Hay una terrible misantropía en ella, como si Aditya Assarat culpara a los prejuicios de los habitantes de esa población —que podría ser cualquiera, quizás del sudeste asiático, quizás del mundo— de su propia desgracia, de su soledad y miseria.

3 hari untuk selamanya, de Riri Riza (Indonesia, 2007)  

Indiscutiblemente, la road movie es —con el obvio permiso del western— el género más propiamente americano. George Steiner, en su "La idea de Europa", reflexionaba sobre lo que diferenciaba a Europa de otras naciones: China, Australia o, especialmente, Estados Unidos: según Steiner, una de las diferencias primordiales sería que en EEUU la naturaleza aún no había sido domesticada. Así, las vastas extensiones al oeste de aquellas colonias inglesas dieron origen a un género que, a través del viaje, hablaba del proceso de búsqueda de uno mismo. Un cine que quería ser filosófico sin perder, al mismo tiempo, el poder de la imagen. Es por todo esto que sorprende que esta road movie haya sido filmada en la isla de Java, que, como se dice en la propia película, "es la isla más densamente poblada del planeta". Quizás podríamos entender que Riri Riza ha buscado hacer una road movie contraria a la tradición norteamericana. Lamentablemente, el resultado final es infinitamente más semejante a un capítulo de cualquier ingenua teleserie de adolescentes que a Una historia verdadera.