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Por Salvador Raggio

Redbelt [David Mamet, 2008]

David Mamet (EE.UU., 1947) vuelve al sillón de director con este largometraje que combina el tema del honor ancestral (en este caso determinado por los códigos del ju-jitsu) con las recordadas películas de lucha de los años 80, reviviendo de algún modo —aunque con reducida espectacularidad— el clima de producciones como Kickboxer (Mark DiSalle, David Worth, 1989) y The Best of the Best (Robert Radler, 1989). De esta forma Mamet retoma el tópico del luchador virtuoso (Mike Terry, interpretado por el británico Chiwetel Ejiofor), que no sólo rechaza la gloria y la fama mediáticas sino que al mismo tiempo limpia su entorno de los males morales que lo carcomen: la ambición, el hurto, la mentira, separando a aquellos que siguen los preceptos del bushido de quienes no lo hacen.

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Desde un comienzo, el visionado de Redbelt manifiesta varios elementos comunes con Ghost Dog, El camino del samurai (Jim Jarmusch, 1999) y con antecedentes de ésta como la clásica Seppuku de Masaki Kobayashi (1962), elementos que van desde la fijación de los personajes principales con la honorabilidad, serenidad y sabiduría del guerrero hasta el discurso moralista final con el que se cierra un supuesto círculo de aprendizaje y se emprende un camino de trascendencia.

Mike Terry se halla en un dilema shakesperiano cuando la continuidad de su academia de defensa personal peligra y decisiones financieras equivocadas tomadas por su esposa Sondra (Alice Braga) y él lo obligan a participar en un torneo de artes marciales arreglado. Terry debe decidir entre darle la espalda a la competencia, cuya organización, coincidentemente, recae en sus propios cuñados, o destapar el embuste que de continuar podría significar la humillación de uno de los grandes maestros de ju-jitsu, traído especialmente desde Japón para premiar al ganador del torneo.

Sin llegar a la meditación casi ascética que emana del filme de Jarmusch, tanto con los insertos del código samurai (algo que ya había practicado Jean-Pierre Melville por medio de axiomas falsos en sus filmes sobre el mundo del hampa) como con la irremplazable pasividad de Forest Whitaker, Redbelt transita de manera liviana la profundidad que el director-guionista trata de vendernos, con un Mike Terry que en varios pasajes parece utilizar los principios de honradez y sinceridad absoluta del bushido más como fachadas para cubrir sus frustraciones económicas que para hacer prevalecer realmente el autosacrificio y sentido de vergüenza del código de los samuráis.

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Si bien el director ha sido fiel a las técnicas del ju-jitsu (se sabe que Mamet es, además de escritor y cineasta, cinta púrpura) y trabajado con miembros de la comunidad de artes marciales en el diseño de coreografías para las secuencias de pelea, éstas no llegan a crear el impacto necesario ni provocar la fascinación que otros filmes de artes marciales logran, debido quizá a la débil retórica de la película, que divaga entre la seriedad del auto-control y estoicismo de Terry y la fuerza sin gracia ni pasión que se ve obligado a desencadenar cuando es puesto a prueba, una ambigüedad que resulta frustrante para el espectador al no poder definir a ciencia cierta si lo que Mamet desea entregar es una película puramente de acción o una pequeña historia sobre el valor filosófico del bushido.