Shyamalan. Cuestión de fe

Por Antoni Peris i Grao

Los tiempos cambian. Es difícil que el espectador actual pueda creer en los zombies o la mujer pantera de Tourneur [1] o en el Frankestein de Whale o tan siquiera en el Drácula de Fisher. Es difícil incluso plantearse que los personajes de las películas puedan creer en sus amenazantes enemigos.  El postmodernismo no ha pasado en vano y una patina de descreimiento cubre al cine, tanto a los creadores, como a los espectadores e, incluso, a los propios personajes. El cine de terror recicla a sus monstruos en paradas de feria como Van Helsing y el cine de aventuras, el de verdad, aparece sólo de modo muy puntual, mediante el recurso a la fisicidad, en obras como El señor de los anillos. El postmodernismo nos trajo el cine de montañas rusas y, posiblemente, sea el fantastique el género que ha salido peor parado de la experiencia.

Hay por supuesto nuevas vías. La vía del realismo gore, de la imagen sucia, para el cine de terror. O también la vía del realismo más próximo, el experimentado mediante la cámara digital en cintas como El proyecto de la Bruja de Blair, Cloverfield o REC.

Y siempre nos quedará la opción más clásica, explorada con éxito por Frank Darabont en La niebla mediante una combinación de cine de monstruos y tensión a la Hitch (versión Los pájaros). No obstante, estas opciones tienen entre sus fronteras la de la credibilidad. Ya no creemos en monstruos. Y ya no tenemos fe en nada, ni tan sólo en la humanidad. Es por ello que Darabont recurre a la fantasmagoría y presenta sólo partes de monstruos, monstruos semiocultos en la niebla, que permiten al espectador imaginar el resto. Es por ello que Darabont apuesta por el descreimiento de unos personajes que ya no pueden ser héroes.

Si nos desplazamos al terreno de la fe, en los límites del fantastique, la situación se repite de nuevo. El Milagro en Milán es impensable. También el Sacrificio de Tarkovsky sólo puede contemplarse desde una perspectiva intelectual, alejada de la emoción. Este descreimiento define, por ejemplo, la distancia entre el Ordet de Dreyer y la revisitación que Reygadas trató de desarrollar en el último tercio  en su Luz silenciosa. El realizador mejicano transmitía espléndidamente en su cinta las sensaciones de un mundo de espejismo. Pero nunca pudo transmitir sensación alguna en un final que resultaba impostado por la falta de fe del espectador y por la mecanicista puesta en escena de un realizador que aparecía descreído.

Es por todo ello que la experiencia de Shyamalan resulta tan sorprendente. Night Shyamalan es la excepción que confirma la regla. La Fe (así, en mayúscula) es la base de sus películas. Los personajes creen y los propios espectadores creen.  Su estrategia tiene dos líneas principales. Por una parte, la capacidad inherente de puesta en escena, capaz de hacernos sentir “presencias”. No sería tanto el caso de los fantasmas de El sexto sentido o de los seres de otra dimensión de La joven del agua como de la indefinida amenaza que acecha la comunidad de El pueblo desde la profundidad de El bosque (dos títulos alternativos pero complementarios en la historia narrada).

Pero hay, por otra parte, una elaborada evolución del guión que se enrosca sobre sí mismo a la par que el director nos envuelve en sus imágenes. Un rizar el rizo de la Fe que acaba por envolver al espectador. En El sexto sentido el personaje de Bruce Willis se esfuerza continuamente por convencer al niño que los fantasmas no existen pero Shyamalan nos está envolviendo con la información precisa para que tengamos Fe en los fantasmas. Paradójicamente, Willis tendrá, inevitablemente, que creer en fantasmas. Unbreakable, una de sus mejores propuestas, es una auténtica cuestión de Fe. En ella el McGuffin no son los fantasmas sino los superhéroes… o los supervillanos.  Elijah ratará de convencer a David, con los métodos más retorcidos, de su condición sobrenatural. David, matrimonio en crisis, sufrirá por conseguir que su hijo tenga Fe en él. Temeroso del efecto que Elijah pueda tener en sus vidas, David se esforzará por alejarse de Elijah y será el azar el que fuerce el inevitable reconocimiento. La narrativa de Shyamalan no sólo conseguirá que David crea en Elijah sino que Joseph también crea en David y que, simultáneamente, nosotros creamos, con Fe absoluta, en los superhéroes. La habilidad de Shyamalan radica pues no tanto en una impecable narrativa como en la capacidad de desencadenar en nosotros la misma Fe que nace en los personajes.

El esquema se repetirá, con variaciones, en Señales y en La joven del agua. Ambas son dos de las cintas más denostadas del autor. En la primera, la más condicionada por las implicaciones religiosas, el pastor Graven se esfuerza por no perder la Fe en Dios tras la apocalíptica muerte de su mujer. Esta Fe se mantiene intacta al final de la película gracias a una intervención de otro mundo. Graven debe creer en lo incomprensible para recuperar la Fe en lo inaprensible. Señales no es inferior a las otras obras de Shyamalan pero a diferencia de las antes citadas, el director no tiene la capacidad de hacernos creer a los espectadores. En La joven del agua sucede algo parecido. El triste y solitario Cleveland Heep halla en la pureza de una ninfa que surge en la piscina una razón por la qué vivir, un motivo en el que creer. Su esfuerzo no será tanto entender qué sucede y qué debe hacer, como conseguir la Fe y, a continuación, comunicarla a los demás para conseguir la salvación de la ninfa y de su mundo. El bello resultado, un precioso cuento infantil que transmite la esperanza a una sociedad adulta, cojea por la falta de expansión de la Fe hacia el patio de butacas. Un insospechado sentido del humor consigue una reivindicable escena cuando las fuerzas del Más Allá acaban con un crítico amargado y sin sentido del humor. Sin embargo este punto de distanciamiento (infrecuente en las otras obras del autor) malogra, como sucediera en Señales, la posibilidad de comunión entre autor y espectadores.

La ya citada The Village, tal vez su obra maestra, tiene como leit motiv la Fe. La Fe en un enemigo exterior mantiene unida la comunidad en su aislamiento. La Fe genera un Mal que golpeará al pequeño grupo desde dentro. Será la Fe de una persona en otra que, rompiendo las viejas creencias, dará la salvación aunque permita romper el enquistamiento que sufre. Más allá de los numerosos análisis que de la cinta se podrían hacer (tanto en su metáfora de la situación política de unos USA aislados por enemigos imaginarios como en su revisitación de algunos cuentos infantiles), merece la pena destacar cómo Shyamalan describe los mecanismos mediante los cuales la Fe se puede elaborar, construir y manipular a beneficio de algunos… una vez ha conseguido hacernos creer, al igual que a los protagonistas, en los personajes sobrenaturales.

Gracias a Shyamalan podemos conservar aún la Fe. Gracias a su obra, seguimos creyendo en él.

[1]  Cuyos fantasmas se reencarnan en Ventura y en todos los Venturas, emigrantes muertos en vida o muertos una y otra vez, caboverdianos del barrio de Fontainhas de la peculiar saga social narrada por el portugués Pedro Costa