Después de tres años de silencio, John Williams vuelve al cine de la mano del mito que le inspiró una de sus más apabullantes creaciones, El templo maldito. El compositor aborda el regreso a la franquicia del mismo modo que Spielberg: asumiendo el paso del tiempo propio y del personaje, tanto en lo personal como en lo artístico. La Calavera de Cristal no suena al Williams de la década de los ochenta —wagneriano, por explosivo, vibrante y directo, exprimiendo la sección de metales—, sino al Williams del siglo XXI —mozartiano, por dúctil, emotivo y elegante, estirando las cuerdas.
Esta evolución podrá gustar o no, pero es indiscutible la habilidad del músico para pintar todos los niveles dramáticos del film con una inteligencia narrativa pasmosa. Se muestra dinámico en la acción, misterioso en la revelación del secreto, romántico cuando aflora el sentimiento amoroso y filial, sobrenatural en la última partida. Y lo hace fundamentalmente con tres nuevos temas: el de Irina, el de la Calavera y el de Mutt. También hay hueco para la nostalgia con la recuperación de los motivos de Marion, el Arca de la Alianza y el Santo Grial, pero siempre desde una óptica actual, confiriéndoles profundidad y atmósfera.
La textura sonora huele a las últimas entregas de Star Wars y a La guerra de los mundos, hasta el punto que muchos segmentos podrían intercambiarse. Podríamos decir lo mismo de las obras creadas hace 25 y 30 años (de 1977 a 1984), así que intuyo que no estoy tanto ante una pérdida de creatividad como de explotación de un estilo. Película y música precisan de varias sesiones para entender sus hallazgos y, más importante, enfrentarse a la dura revelación que supone entender que no hay vuelta posible al pasado. Sólo existe el ahora, y es bueno, aunque vuelen ovnis y suenen campanas de boda.

Ramin Djawadi, joven compositor alemán criado bajo la tutela de Hans Zimmer, firma su primer trabajo de entidad en Iron Man. Siguiendo el tono del film, el músico apuesta por un estilo jovial y desenfadado, apoyado en un red sonora de guitarras y bajos eléctricos con puntuales toques de orquesta y sintetizador que brilla especialmente en las secuencias de acción. Zimmer sabe muy bien cómo imprimir su sello en sus discípulos. Para los momentos de intriga, romance y misterio, la partitura deriva hacia terrenos más atmosféricos, en la lína de su anterior trabajo para Mr. Brooks. Se echa en falta un tema principal que identifique al héroe, así como una mayor consistencia temática, pero el conjunto se escucha con agrado, igual que se ve —y se olvida— la película.

El estilo de Mark Isham se caracteriza por el empleo de texturas etéreas con fines ambientales; escúchese Crash o The Cooler. Su música no se oye, se masca, y tiene la virtud de pasar desapercibida en los momentos álgidos, donde otros aprovechan para soltar al elefante en la cacharrería. La niebla no es una excepción a esta tendencia, pero aquí carece de la identidad y el cuerpo necesarios para distinguirse del diseño sonoro del film. En el cine, uno duda sobre si lo que está oyendo es la partitura o el rumor humano del mercado donde se desarrolla la historia. No es una disyuntiva menor. Es tan deseable que una banda sonora no robe el protagonismo a las imágenes como indeseable que nadie eche en falta el trabajo del compositor. Al final, quizá consciente de ello, Isham le da voz a Lisa Gerrard (Gladiator) en un canto fúnebre tan excesivo como innecesario para subrayar la metáfora del film.

El oído supera al ojo en capacidad para asimilar la saturación de estímulos. Ignoro si hay una razón física o psicológica que explique esta variante del síndrome de Stendhal, pero es la primera conclusión a la que llego después de oír y ver con vértigos Speed Racer. En la sala, a los pocos minutos, con la vista machacada ante la furia visual desnortada de los Wachowski, mis tímpanos se entregaron con placer a la vibrante composición de Michael Giacchino, una montaña rusa de ritmo y dinamismo que demuestra, una vez más, su absoluto dominio de la orquesta y el coro. Como hiciera en Los Invisibles y Ratatouille, el músico se contagia del espíritu ‘cartoonesco’ de la propuesta y acompaña las carreras del protagonista con una sucesión de frenéticas piezas que haría las delicias de Chuck Jones. Un prodigio narrativo juguetón, divertido y vitalista que se consume con la avidez de una piruleta a la vuelta del cole.
Randy Newman suele moverse entre dos tipos de película y, por tanto, destila dos clases de composición: la animación aventurera, como Cars, Toy Story y Monstruos S.A., para la que desarrolla obras de tono cómico; y el melodrama grueso, como Seabiscuit, Ragtime o Despertares, en el que exhibe un estilo más amable y emotivo. Ella es el partido pertenece a esta segunda categoría, si bien introduce algunos notas cómicas y románticas para describir la relación entre George Clooney y Renée Zellweger. La ambientación de la historia en los años 20 le permite, además, lucirse en la recreación de estilos característicos de esa época, como el ragtime, por el que Newman siente especial debilidad. En conjunto es una partitura agradable y optimista, con cierto cariz nostálgico hacia un tiempo y una forma de hacer cine que sobreviven mejor en la memoria que en la revisión contemporánea.