El primer plano de las películas de Steven Spielberg suele ser una síntesis perfecta de qué quiere contarnos y cómo lo va a hacer. En Munich, esa mano que agarra con furia la verja de la villa olímpica anuncia la tormenta de sangre. En Tiburón, el apacible fondo oceánico se convierte en un paisaje inquietante cuando la cámara se convierte en la visión subjetiva del escualo asesino. En E.T., las estrellas susurran que el amor y la amistad se hallan en cualquier rincón del universo, incluso bajo la forma de la criatura más insospechada. Y en este nuevo Indiana Jones, una especie de topo digital enciende la mecha de un entretenimiento puro que empieza al ritmo de Elvis Presley.

Pocos cineastas saben arrancar con tanta fuerza una historia y establecer, con apenas dos pinceladas, el marco, la textura, el sabor, el olor, la emoción, el sentimiento y las intenciones de una película. La calavera de cristal es cine de aventuras para toda la familia, para fans de ayer y espectadores de hoy, y desarrolla su relato con esa perspectiva grabada a fuego en cada escena, cada diálogo, cada decisión técnica relacionada con el modo de filmar, montar y fotografiar la acción. Como en las anteriores entregas, Spielberg y Lucas se enfrentaban a una paradoja estética y temporal nada fácil de resolver: cómo rendir homenaje a un tipo de cine sin ahogarse en sus clichés y relamerse en la nostalgia, es decir, siendo contemporáneos para enganchar al público.
Entonces, hace casi 30 años, revisaron los seriales de aventuras de los años 30 exprimiendo los recursos de la caligrafía del Spielberg ‘ochentero’ y los medios de la época (maquetas, muñecos, decorados pintados). Y ahora, en plena efervescencia de la revolución digital, abordan la ciencia-ficción de los 50 apoyándose en el maduro sentido narrativo del cineasta de Ohio y los efectos especiales que proporciona la tecnología actual. Con mesura y sentido.
Este Indiana es tan hijo de su época como los tres precedentes y habría sido un error —creo— que Spielberg lo hubiera rodado como si aún estuviera artística y emocionalmente en la década de los 80. Nadie lo está, ni él, ni Harrison Ford, ni Lucas, ni nosotros, y ese cambio queda manifiesto en los que, para mí, son los dos mejores y más valientes planos de la película: Indy contemplando el hongo nuclear y el platillo volante. Otra época, otro Indiana, otras aventuras, otra forma de hacer cine, todos más mayores y unas ganas incontenibles de pasárselo bien.

Desde su poderoso comienzo, la película avanza como una noria, suave, hacia arriba y hacia abajo, sin perder ritmo, sacudiendo el estómago con cosquilleos y vértigos, abduciendo los sentidos con un carrusel de imágenes tan bien encuadradas y compuestas que uno sospecha que a Spielberg lo parió una cámara. Los actores entran y salen de campo con naturalidad, sin efectismos, sin distraer jamás nuestra mirada del núcleo de la escena. Las secuencias de acción son trepidantes y cercanas, con la cámara enclavada siempre en el ángulo más pertinente para transmitir la emoción. Y la mejor noticia del montaje es que no se nota: el relato fluye con claridad, haciendo partícipe al espectador de la aventura, integrándolo en la misma, como un testigo más. Nuestros ojos, y en eso Spielberg es un maestro, siempre son los ojos de sus protagonistas.
Me chirría el acabado de ciertos efectos digitales, la extrema luminosidad de la fotografía en ciertos momentos (los exteriores en la universidad), la exposición apresurada de algunos pasajes (la escena del cementerio o la del campamento soviético en la jungla) y la caracterización de algunos secundarios, como Ray Winstone o John Hurt, a veces un tanto desatados. Pero nada de esto impide que me entregue con placer y regocijo a una narración modélicamente contada, a un Harrison Ford espléndido, que integra al héroe que fue y es con pasmosa valentía, a un divertidísimo y creíble Shia Labeouf, a esa mala irresistible a la que pone voz —y cómo— Cate Blanchett, a la sonrisa de Karen Allen, a la trama de esos alienígenas que buscaban sabiduría y conocimiento, y a esa boda que me enfrenta a la constatación de que la vida y el cine crecen.