Vaya por delante, que si no soy el fan número uno de la serie de Indiana Jones, debo de ser el segundo. Como mucho, el tercero. Si, es cierto, no fui ataviado con un látigo y un sombrero al estreno de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (Indiana Jones and the Kingdom Crystal Skull; Steven Spielberg, 2008), pero la saga imaginada por George Lucas y materializada por Steven Spielberg prendió la mecha de mi pasión por el cine, me hizo preferir el cine, al salir con los amigos y tomarme unas cañas en determinada etapa de mi vida. Me hizo preguntarme cómo era posible que yo, un adolescente bastante acomplejado y sin éxito con las chicas, pudiera estar pasándoselo tan bien viendo las idas y venidas de un tipo con pinta de domador de leones, que busca aventuras en sus ratos libres y que cuando no está huyendo de los nazis, resulta que da clases en una universidad de Estados Unidos. Estudiar no era tan malo, pensé yo que en su día, inventé el término “fracaso escolar”.
Y digo todo esto porque, digámoslo cuanto antes, Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal me pareció una película mediocre. Muy mediocre. A veces, cuando escuchamos a quien pone a la altura del betún una película como esta, tendemos a pensar que el crítico que está hablando es por definición un tipo al que Spielberg le da grima, que nunca ha sentido emoción viendo una película de Indiana Jones y que lo más comercial que ha visto ha sido una película protagonizada por Nicole Kidman titulada Dogville (Lars Von Trier; 2003). Pero ese no es mi caso. Indiana Jones para mi, es mucho Indiana Jones. Por esta razón pienso que tal vez, sólo tal vez, yo pueda ser un poquito más neutral, más justo con lo bueno y con lo malo.

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal tiene un problema de base muy, muy serio, y es su guión. Ahora bien, lo cierto y verdad, es que yo no culparía tanto al firmante del mismo, David Koepp —a quien en todo caso yo crucificaría de ser Steven Spielberg dado que a él le debería otra de mis peores películas, El mundo perdido (The Lost World; 1997)—, como al mismísimo George Lucas. Fue Lucas fue quien desechó un guión de Frank Darabont que según parece, entusiasmo a Steven Spielberg. Además, todo el metraje de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal no puede evitar desprender cierto tufillo muy similar al que ahogaba la última trilogía galáctica del director de THX 1138 (George Lucas; 1971). En la película hay demasiados personajes, pasan demasiadas cosas y muy pocas importantes, todo resulta demasiado imbécil, demasiado estúpido; Mutt Williams (Shia LaBeouf) colgado en mitad de la selva de liana en liana, Indiana Jones (Harrison Ford) metiéndose en una nevera para evitar una explosión nuclear que tendrá toda la gracia que se quiera pero que no aporta absolutamente nada al relato; las deducciones que hace Indy con tan sólo echar un vistazo a una habitación repleta de polvo que elimina lo que en circunstancias normales habría sido media película; el personaje de Oxley (un desaprovechadísimo John Hurt); y el final…, bueno, qué final, qué puedo decir de ese final.
Cuenta el propio George Lucas, que su intención con Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal fue la de evocar al cine de serie B de ciencia ficción de los años 50, de igual forma que las tres primeras películas del héroe imitaban de algún modo, los seriales clásicos de los años 30. Sin embargo, lo que el señor Lucas ha hecho con esto ha sido en realidad, descontextualizar a un personaje que encajaba como un guante en su particular universo de fantasía si, pero con firmes vínculos con la realidad. Y lo ha hecho —lo de descontextualizar, digo— Lucas, además con saña y alevosía, porque de otro modo no se entendería a santo de qué viene ese disparatado pasado de Indiana Jones como agente doble en Berlín, un personaje llega incluso a llamar a Indy Coronel…, a ver, a ver, a ver... No me extrañaría que artimañas como estas fueran ocurrencias de George Lucas para establecer algún tipo de conexión entre esta película y la serie de televisión Las crónicas del joven Indiana Jones (The Young Indiana Jones Chronicles). Una ocurrencia, por otro lado, muy lógica en un tipo que lleva viviendo de la renta de Indiana Jones y Star Wars hasta lo indecible como lo demuestra, sin ir más lejos, una nueva entrega galáctica como La guerra de las galaxias. Las guerras clones (Star Wars. The Clone Wars; David Filoni, 2008), un largometraje de tosca animación en tres dimensiones que se supone, ocupa el espacio que transcurre entre Las guerra de las galaxias. Episodio II. El ataque de los clones (Star Wars. Episodie II. The attack of the clones; George Lucas, 2002) y La guerra de las galaxias. Episodio III. La venganza de los Sith (Star Wars. Episodie III. The Revenge of the Sith; George Lucas, 2005).
Puede que algunos estén pensando, si vale, Lucas es un desastre últimamente, pero ¿qué pasa con Steven Spielberg?. Bueno, yo no soy ningún adivinador, pero si me gusta guiarme por el contexto en el que suele nacer una película. Antes por ejemplo, hablábamos de El mundo perdido, decepcionante secuela de la correcta y muy divertida Parque Jurásico (Jurassic Park; Steven Spielberg, 1997). Yo siempre he mantenido que aquella película, la filmó Spielberg sin demasiadas ganas. Su contrato con la Universal expiraba y la majors, en toda su lógica empresarial, quería estirar el filón estrella que siempre supone una película de Steven Spielberg. Además, el director de Tiburón (Jaws; 1975) se encontraba por aquellos años, en un etapa de acaramelada y deseada madurez. Finalmente Steven Spielberg se había hecho mayor, tras haber tropezado casi de forma simultánea con El color púrpura (The Purple Color; 1985), El imperio del sol (The Empire of the Sun; 1987) y Always (1989), el director norteamericano había encontrado la fórmula, gracias al éxito de La lista de Schindler (Schindler´s List; 1993). En aquellos años, insisto, Spielberg no quería zambullirse en más aventuras infantiles, sólo quería hacer, de una forma un poco obsesiva cine para adultos, para perfeccionar la técnica y limar asperezas con patinazos como Amistad (1997) y retomar el rumbo con obras como Inteligencia Artificial (Artificial Inteligence: A.I.; 2001).
Sin embargo, durante los últimos años, el nombre de Steven Spielberg, nada tiene que ver con aquel cineasta de insuflas adultas y rechazo a su eterno complejo de Peter Pan. El cine de Spielberg de los últimos años, ha estado, en mayor o menor medida, ligado a una —verdadera e invidiable— madurez creativa de un director en plena efervescencia. Ha hecho un cine de acción adulto como Minority Report (2002); nos ha descrito la América de los años 50 a través de una historia de un padre y un hijo sin tener la impresión de que nos sermoneaba en una película como Atrápame si puedes (Catch Me, If You Can¸2002); ha filmado una comedia intrascendente pero deliciosa como La terminal (The Terminal; 2004); ha rodado una película espectáculo muy notable como La guerra de los mundos (War of the Worlds; 2005); y ha demostrado una madurez moral y fílmica, impensable hace tan sólo unos años, con una película tan honesta como la espléndida Munich (2005).

Este Steven Spielberg jamás habría filmado una película como Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Al menos, así lo veo yo. Yo me creo, que como dijo en su día, a Spielberg le apeteciese regresar al universo de Indiana Jones. De hecho, esa fascinación que al perecer, le causó el guión de Frank Darabont, me hace querer ver, que en efecto, Spielberg quería hacerlo y quería hacerlo bien. De modo que sólo se me ocurre una forma, en la que el director de Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Thrid Kind; 1977), claudicara a sus propios deseos y se dejará llevar por las ocurrencias de George Lucas. Y es precisamente, la sensación de propiedad que ha ido destilando estos días de promoción de la película que ha capitaneado Lucas a cerca de su personaje y de su control sobre Indiana Jones. La infantil seriedad de Lucas, imaginó, terminó por convencer a un Spielberg que se dejó llevar, pensando tal vez, que ahora que él, ya había crecido de verdad y dado que Lucas no ha dejado de contar historias para niños de forma interrumpida desde la década de los setenta, y además, lo ha hecho con éxito —en las taquillas, digo, no en la crítica—, tal vez, su buen amigo Lucas, tuviera razón al fin y al cabo.
No puedo terminar este artículo sin al menos, señalar un par de aciertos de la película. El principio en el área 51 pone las expectativas muy altas, el guiño a En busca del arca perdida esta muy bien; la persecución por el campus de la Universidad en moto es simpático, incluyendo un nuevo guiño, esta vez a Marcus Brody, y claro está, la persecución en la jungla, incluyendo el numerito con las hormigas asesinas, único momento, en el que parece, sólo parece, que aunque ya fuera demasiado tarde, Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal iba a remontar el vuelo. Pero no, todavía nos quedaba ese final…