Con Nightwatching Peter Greenaway vuelve por sus fueros, en su mejor tradición. Felicidades a todos sus fan… si es que aún los tiene. Greenaway fue el adalid de cierta cinematografía de la postmodernidad con una serie de historias en las que las referencias enciclopédicas, visuales y textuales, salpicaban y hasta saturaban todas y cada una de las escenas de sus obras. Los largometrajes de Greenaway (sus cortos y mediometrajes tuvieron, como siempre ocurre en nuestro país, una muy limitada distribución) se basaban a menudo en un pretexto argumental cultista a partir del cual evolucionaba (limitadamente) una trama conspirativa que solía envolver al personaje principal. Estábamos en la década de los 80 e inicios de los 90, cuando El contrato del dibujante, El vientre del arquitecto, Zoo, Drowning by numbers o El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante fascinaron por sus referencias cultistas que daban nuevas dimensiones a la trama (en ocasiones contextuales, en otras pretextuales), por las atmósferas insanas que describía y por la música de Michael Nyman que a menudo sirvió de apoyo a las tramas conspirativas. No deja de ser significativo que Los libros de Proóspero o El niño de Macon tuvieran un estreno tardío y casi oculto por tanto que el esquema de Greenaway tendía a pasar de moda. Curiosamente su canto del cisne, muy bien aceptado por numerosas personas, fue The pillow book, versión libre del clásico japonés pero que le permitía airear sus tramas conspirativas y darles nuevas perspectivas a caballo entre Oriente y Occidente. Su proyecto multimedia de Las maletas de Tulsa Luper, a caballo entre el cine, la biblioteca digital, el videojuego y la literatura se saldó con un sonado fracaso de crítica que se ensañó con una postura altanera del autor y un alejamiento definitivo de Greenaway de la gran pantalla.
Hay que tener en cuenta que el director galés tiene formación en arte y que no sólo trabaja en celuloide sino que ha compaginado esta labor con el comisariado y la elaboración de numerosas exposiciones y actividades diversas en el campo de la pintura y escultura. Por este lógico motivo la presencia de la pintura (y el arte en general) han tenido presencia en todas sus obras. También por que la filosofía del autor ha pasado por tomar las tramas como pretexto para elaborar una serie de meditaciones sobre el papel del artista. Así se enfrentaban diversos profesionales vinculados con el arte plástico a lobbies ocultos en la mayoría de las cintas citadas (tal y como reivindica en la entrevista que nos concedió). La presencia de autores franceses y flamencos ya estaba reconocida en sus obras previas y hace más de una docena de años ya hizo una alusión a la Ronda de noche de Rembrandt como base para la elaboración de un análisis de un personaje, el propio pintor en este caso. En Nightwatching Greenaway lleva adelante esta propuesta. Al inicio de la cinta Rembrandt, próspero pintor que ya dispone de un taller de colaboradores y un grupo de figurantes habituales, recibe la propuesta de retratar un grupo de mosqueteros de la joven república holandesa a partir de la oferta recogida por su esposa Saskia y su agente, hermano de la misma. Greenaway recoge en bellísimas escenas la vida cotidiana de Rembrandt y sus preocupaciones estéticas. Sin embargo, poco después el autor galés inicia como es habitual una trama conspirativa en la que un grupo de chaqueteros y trepas, corruptos y venales, tratan d substituir a los auténticos arcabuceros.

No es éste, sin embargo, como no lo era en obras anteriores, el principal punto de interés de Greenaway ni de la cinta. Satisfará plenamente a sus admiradores por tanto que persisten en la cinta todas las constantes de obras anteriores: múltiples referencias cultas, que van de la compleja situación política (con una Holanda liberada del yugo de los Austria españoles y que se enriquece lo suficiente como para desplazar a sus antiguos líderes y ejercer como prestamista para una Maria Estuardo en apuros) a la evolución pictórica (evolucionando de los autores flamencos e italianos al chiaroscuro o a las numerosas representaciones con actores y objetos reales de obras del propio Rembrandt) [O a numerosas citas entre ellas una de Picasso: ¿Qué sucede con un cuadro una vez es colgado en la pared, es olvidado? Cita que podría prolongarse al cine]. El autor repite también sus imágenes duales, simétricas, sus juegos de palabras y sus jeroglíficos visuales. Y, cómo no, la constante presencia de Eros y Thanatos, de una muerte que da sentido a la vida y de un sexo (ávido, lleno de deseo y sin ambages) que la sustenta o la desequilibra. Hay, curiosamente, una modificación en su estilo habitual tanto en cuanto esta Ronda de Noche, pese a su circularidad, concluye con un tono positivo. Algo bastante infrecuente en un autor que solía condenar a us personajes y que en esta ocasión tiende a un “happy ending” (¿producto de la edad, de un optimismo o de la financiación compartida por tres países?).
Greenaway recoge en una serie de sus habituales tableaux vivants el ir y venir de Rembrandt aunque en esta ocasión, tal y como planteaba en su antiguo comentario, elabora mediante esta puesta en escena, esta teatralización, una valoración del papel del pintor ante la sociedad (y específicamente ante una trama criminal) y un análisis de Rembrandt como persona, como desorganizado padre de familia, como marido devoto, viudo desconsolado o como amante lascivo. Las declaraciones de Rembrandt cara a cámara complementan una serie de secuencias bañadas en diversas luces, acordes tanto al tono de la secuencia como a determinadas obras del maestro holandés que las inspiran. Es en base al conjunto de secuencias teatralizadas que Greenaaway desarrolla una reflexión sobre la capacidad de ver, imprescindible para un pintor como Rembrandt, pero extensiva a todo individuo. Una visión que està más allá de los ojos y que se basa en el conocimiento, en la capacidad de reflexión y de análisis. Aunque el director galés se queda en la parte inicial de la propuesta y el final parece algo desorientado el resultado es sobradamente interesante. El arte es imprescindible para la vida así como no puede entenderse el primero desentendiéndose de la segunda. La relación de Rembrand y Saski se presenta en un conjunto de tiernas secuencias que no eluden la realidad del pintor como artesano que debe ganarse el pan diario ni el testimonio del autor ante la vida cotidiana, las cenas íntimas, la pobreza, el sexo o el envejecimiento. Esta Ronda de Noche nos recuerda la necesidad de mirar pero, sobretodo, de saber ver. Para todos aquellos que gustaron de su obra anterior y para los que renegaron de él, Nightwatching es la ocasión ideal para congraciarse con un director ciertamente distinto y apasionante.