Para Noah Baumbach, director y guionista de Margot y la boda, el comportamiento propio de la adolescencia, repleto de egoístas caprichos y altibajos emocionales, no es necesariamente una fase pasajera en el camino hacia la madurez emocional; sino que en ocasiones, se acentúa con la edad hasta empapar la manera de ser de los adultos. Al menos, de cuantos pueblan sus películas. Dos factores actúan dentro de ellas como agravantes de este estado: la familia y una concepción elitista de lo artístico, que se erigen como caldo de cultivo de todos los males. Estos dos ejes definen a los personajes tanto de éste como de su anterior filme, Una historia de Brooklyn (The Squid and the Whale, 2005). En ambos, los principales protagonistas (Margot/Kidman, Bernard Berkman/Daniels) son neoyorquinos de mediana edad provenientes de las más restrictivas universidades y dedicados al oficio de la literatura. Ambos son egoístas y caprichosos. Y ambos, en aras de la creación literaria, utilizan en su propio beneficio a todos aquellos que los rodean. El núcleo familiar se convierte así en el centro de batalla de unas relaciones que gravitan en torno a los continuos juegos de poder entre sus miembros y las tomas de posición afectiva de unos en favor de otros.

Quizá sean estos algunos de los factores que hayan llevado a Baumbach a asociarse con Wes Anderson, productor de su anterior filme y junto al que ha firmado el guión de The Life Aquatic (Wes Anderson, 2004). Si bien, Una historia de Nueva York, a pesar de ser una película interesante, respondía a parte de los tics habituales en el (parece que resucitado) cine ‘indie’ americano, en Margot y la boda advertimos signos que nos hablan de cierta madurez e independencia creativa y que hacen confiar en su director como algo más que un prometedor émulo de Anderson.
En Una historia de Brooklyn —aséptico título, donde los haya—, se nos proponía un (autobiográfico, al parecer) análisis de la desintegración del núcleo familiar en la que el divorcio de una pareja de escritores servía como excusa para hablar de la adolescencia y de su dramática búsqueda de referentes a través del reflejo de la personalidad de los progenitores en sus hijos. La alargada sombra de un padre misántropo y amargado —excelentemente interpretado por Jeff Daniels—, engullía, como la “ballena” del título original, la personalidad de su hijo mayor. La propuesta del film, directa y aguda en numerosas ocasiones en cuanto se refiere a actitudes y gestos, se enturbiaba ligeramente al tratar de convertir ese material de índole ‘bergmaniana’ en un producto asimilable a lo esperado de cierto cine independiente; forzando con ello la (re)utilización de unas cuantas marcas de estilo: la función, casi siempre, decorativa de la música; cierto regusto poético (superficial) en la visión de la cotidianeidad; la infalible (cool) recreación de la década de los ochenta; o la, en ocasiones, forzada singularidad de los personajes…
Pese a las diferencias, si reducimos Margot y la boda a sus elementos constructivos, encontraremos un esquema parecido, salvo que en esta ocasión la balanza se decanta con más claridad hacia los ‘pros’ que hacia los ‘contras’. Baumbach parece encontrarse más seguro de si mismo como cineasta y no tan dependiente de figuras o estilos ajenos. La película se nos presenta con una sequedad e inmediatez, alejada ya de cualquier pose.
Se renuncia, por ejemplo, a una utilización de la música como elemento únicamente destinado a crear empatía emocional con el público, presto a identificarse con los cortes escogidos (véase Juno (Jason Reitman, 2007)), y ésta pasa a convertirse en un elemento interno de la historia. Durante la película se habla y escucha en varias ocasiones música, pero nunca se opta por situarla por encima de la escena a la que pertenece, ‘naturalizándola’.

Por otro lado, se opta por la concentración espacial (casi toda la película sucede en la casa en la que vive Pauline, la hermana de Margot) y la creación de un entorno en el que los personajes realmente puedan ‘habitar’ su historia.
Pero lo más destacable es la intensidad lograda a través de la utilización de la palabra. Más allá de la importancia o relevancia del texto, ésta se impone una y otra vez como elemento conductor del film. Margot se convierte en su vehículo, arroyando mediante una continua verbalización a todos los que están a su alrededor; haciendo gala de sus insatisfacciones y reproches a través de una hiriente y egoísta forma de sinceridad que lo único que hace es ocultar la debilidad emocional de sus carácter. Los reproches que le dirigen a Margot son siempre por no haber podido “estarse callada” o haber “cerrado la boca”.
En Margot y la boda, Noah Baumbach da la sensación de ser un interesante ‘dramaturgo’: dominando los elementos espaciales, y haciendo gala de una más que solvente dirección de actores y una capacidad para crear textos sinceros y acerados (pero también peligrosa en su regusto hiperrealista); y esto es algo destacable en los tiempos que corren en cierto cine independiente que aboga, mayoritariamente, por la candidez y la ingenuidad.