Superagente 86: De película (Peter Segal, 2008)

Por Sergio Vargas

Nadie es perfecto (ni falta que hace)

Los más jóvenes, hasta algunos que no lo sean tanto, incluso puede que lectores de Mortadelo y Filemón, quizá no recuerden al televisivo personaje de Maxwell Smart, ese superagente torpón (el número 86) parido por Mel Brooks, encarnado por Don Adams y doblado en un castellano de Hispanoamérica de lo más gracioso que invadió uno de los dos únicos canales que entonces había en la televisión todos los domingos al caer la madrugada durante unos cuantos años hace ya no pocos lustros. El tío era una especie de Mortadelo siempre secundado por 99 (Barbara Feldon), su Filemona particular, bajo las órdenes del Jefe (Edward Platt), un tipo calvo con menos mala leche que el Super, pero con idénticas funciones. La agencia equivalente a la TIA era CONTROL, la ABUELA se llamaba CAOS, y cada nuevo capítulo nos inyectaba veinticinco minutos de comedia grapados en una trama de espionaje repleta de agentes encubiertos con una sofisticada tecnología a su alcance que incluía zapatófonos móviles, toda una precognición al margen de los malos olores de los que hoy nos libramos al hablar por nuestros celulares y de los cánceres de los que no (o sí, si la medicina avanza lo suficiente, que no todo tiene porque ser malo, aunque sea la tendencia general) podremos escapar en unos años.

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Hollywood, como el ente con vida propia que es, siempre atento a todo aquel revival susceptible de generar unos buenos dividendos no lo ha dudado a la hora de rescatar el entrañable personaje, y lo ha hecho por todo lo alto, poniendo tras la cámara a Peter Segal, el director de la muy interesante 50 primeras citas, y enfrente a Steve Carell, que podría ser denominado sin exagerar como el actual rey de la comedia (Virgen a los 40, Como la vida misma, The Office). Sus compañeros de reparto no le desmerecen lo más mínimo: Por un lado, Dwayne “The Rock” Johnson, capaz de enfundarse en un personaje tan ecléctico (y cómico) como el Jericho Cane de la maravillosa y lamentablemente inestrenada Southland Tales del gran Richard Kelly o en el Papá por sorpresa que resulta lo único digno de la última fantochada de Disney que seguro que no gusta ni a los niños, y esa versatilidad tiene mucho más mérito del que parece. Por el otro, la atractiva (y eso la convierte automáticamente en mejor actriz de lo que ya es) Anne Hathaway, a la que pudimos ver recientemente en Brokeback Mountain o El diablo viste de Prada. De parte de este interesante y recomendable “blockbuster” también se encuentra un presupuesto de lo más generoso, y en parte gracias a este, lo que se podía presumir sin mucho esfuerzo como un refrito de gags de la serie al servicio del cómico por excelencia termina convirtiéndose en un espectacular entretenimiento de acción de primer orden, que reparte mucho buen humor y sí, algunos guiños al original televisivo (las puertas de entrada, el cono del silencio, el citado zapatófono, los agentes escondidos en los lugares más insospechados…) que permiten a los más nostálgicos no sentirse defraudados. Todo ello, adaptado a los tiempos que corren, los tiempos del iPod y esas leches.

Y es que los parecidos con la serie empiezan y acaban en esos guiños y afortunadamente, no porque la serie fuese mala sino porque ya la hemos visto, y no me estoy metiendo con Michael Haneke, que su Funny Games original sólo la vimos en el cine yo y otros cuatro gatos, y tal vez sí con Van Sant, porque a quien no haya visto Psicosis de Hitchcock es para darle una paliza. El humor de la película reposa más en el innato talento cómico de Carell que en cualquier otra cosa, y es inevitable no reirse cuando se enreda con la pistola de dardos en el servicio del avión o cuando baila con la más gorda en la recepción que tiene lugar en el palacio del enemigo. Por otra parte, también resulta gracioso 23 (Johnson) cuando hace uso de la grapadora, por ejemplo, y tenemos ese puntillo que tiene la química existente entre Carell y Hathaway; se produce la reacción alentada por unos inteligentes diálogos e hilarantes situaciones que sumergen a 86 y 99 en una guerra de sexos como las que caracterizaban a las comedias de Hawks, salvando las distancias, que no son insalvables. Desde su encontronazo en la calle cuando aún no saben quiénes son en realidad hasta el emocionante desenlace, la suya es una relación de repulsión-atracción-repulsión que bascula entre los dos extremos inclinándose del lado correcto siempre en los momentos apropiados, y todo esto da una enjundia a la película de la que no gozaba la muy entretenida serie, además del toque de actualidad que le da un completo lavado de cara obviando algún pequeño anacronismo como la cábina telefónica de descenso que no deja de ser un nuevo guiño.

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Pero el principal punto de divergencia respecto a la serie es que al margen de los divertidos gags y diálogos (todavía me río con la réplica del Jefe cuando se chocan en la persecución) y de la permanente tensión entre sus protagonistas, Superagente 86: De película es, como decía al comienzo, un entretenido espectáculo de acción que va de menos a más, terminando coronado a lo grande por una persecución que incluye coches, trenes y avioneta que mantiene en vilo a un espectador que, a pesar de tener bien aprendido que los superagentes nunca mueren, no puede evitar sentir un poco de angustia por el destino de Smart, cuyo nombre resulta menos paradójico que en la serie, aunque el Maxwell de Carell siga siendo igual de tropezón, que la inteligencia y la torpeza nunca han estado reñidas.

Por supuesto se le pueden poner peros a la película, pero se los maquea un poco, y todos sabemos que el maquillaje hace milagros; por ejemplo, podríamos decir que el giro del final es previsible, pero también que es necesario, que los chistes a costa del presidente de los EE.UU. (un también divertido James Caan) son fáciles, pero también que funcionan de maravilla y no hay que olvidar que se trata de una superproducción de Hollywood de lo más comercial, con lo que la osadía es valorable en cierta medida. Podríamos mencionar que el guiño del final a Hitchcock está muy trillado, pero Hitchcock fue un maestro para todos, y todo el que le cite (y no lo digo por mí aunque también) merece un respeto. De la banda sonora poco se puede decir en su favor, así que recurriremos a un clásico de la comedia: Nadie es perfecto. Ni falta que hace.