Henry Fool (Hal Hartley, 1997)

Por Celina López Seco

Hablábamos con amigos sobre Hal Hartley. A los tres nos había dejado una sensación de ternura tanto Henry Fool (1997) como Fay Grim (2006). No sabía explicar si sus pelis me generaban sólo o precisamente eso. Me pareció extraño compartir aquella borrosa percepción pero uno de ellos me lo simplificó casi tanto como Hartley cuando dice lo que dice, cuando muestra lo que muestra, en fin, cuando hace cine.

Mi amigo me dijo que dentro de la marginalidad donde se sitúa Hartley sobreviene por sobre todas las cosas un mundo de confianza y solidaridad que une a los protagonistas. Aunque sean desquiciados, perversos, retrasados, ninfómanas, de los personajes nos queda su pureza. Porque son todo eso pero también son aquello que les permite confiar, confiar hasta el infinito donde se asienta la creencia de lo no reglamentado.

Y esto es, aunque no excluyente, significativo de la sociedad donde nacen sus películas, una sociedad paralizada por el miedo y la amenaza de que algún malvado externo pueda atacar en cualquier momento. La paranoia de los personajes de Hartley es más bien interior, tiene que ver con sus “profundos instintos”.

Henry Fool cuenta la historia de un hombre: Henry, cuyos instintos van bastante más allá de la norma aceptada. En el camino —literal— se encuentra con Simon, un introvertido basurero al que Henry descubrirá y alentará para que explote su verdadero talento de poeta. Recién salido de prisión el protagonista alquila una habitación en casa de Simon y allí conoce a su hermana, Fay Grim.

Hul Hartley no se queda en el retrato de la familia disfuncional norteamericana para contar sus historias de cine independiente. Más bien parte de la diversidad en la manera de construir los vínculos sin un juicio predeterminado de ellos. Sus personajes no están condenados de antemano. Aunque salgan de la más marginal y conflictiva relación familiar siempre tendrán un resto de pureza y amor no explorado que está esperando para salvarlos. El como y si lo logran merece otro apartado.

Sí; hay algo de una reinterpretación religiosa relacionada a la redención y al perdón en varios de sus filmes como precepto de una sociedad más justa. Hartley reconfigura en sus historias un mapa móvil, es decir de acuerdo a situaciones y no a axiomas, de los buenos y los malos —del bien y del mal—  y reivindica (en muchos pasajes a través del arte) el instinto por sobre la ley.

El perdón no es institucional: la fuerza y la esperanza —de Henry, la nuestra—  están puestas más en la confianza de Fay por amor que en la legalidad del proceso judicial que llevó a Henry a la cárcel. Al hombre no lo redime ni la justicia, ni los acuerdos, ni el prestigio, ni el perdón cristiano. Al hombre lo redime la comprensión del otro, otro que es tan libre para actuar como incapaz de tirar la primera piedra, incapaz de tirar LA piedra.

Vive l`amour!!

Un mundo interior que interactúa, Hartley pone a sus protagonistas en sociedad, ese lugar tan desequilibrado e injusto quizás como el núcleo del que provienen. El trayecto no está prefigurado, no hay una manera de salir siempre ileso y bien parado si se vive. Quizás para Hartley la integridad tenga que ver con recuperar no la estabilidad si no la ingenuidad de sus personajes, aquella que los convierte en héroes y heroínas de sus relatos. La tragedia no esta sólo fuera, en el mundo, la verdadera tragedia sería no confiar, en el movimiento, en el cambio y en el amor.

Creo que la sensación de ternura que ninguno sabía bien como definir cuando comenzamos a hablar de este director norteamericano, tenía que ver justamente con lo inexplicable. A veces, la mayoría, las emociones no se pueden reglamentar porque de tanta fuerza que tienen, si verdaderamente miramos, excede hasta sus propios portadores, como a Hartley, convirtiéndose él también en espectador de sus propios filmes.