Encuentros con lo real

Por I. Paredes & H.J. Rodríguez

Dentro del marco del Festival de Huesca y de la mano de la editorial Calamar, Israel Paredes (colaborador de MIRADAS) e Hilario J. Rodríguez (escritor y crítico) han elaborado este volumen dedicado al cine documental británico realizado en el periodo casi primigenio comprendido entre 1929 y 1950. Presentamos aquí, en exclusiva, la introducción y el índice de contenidos.

Introducción

Encuentros con lo real [I. Paredes & H.J. Rodríguez] Calamar (Madrid, 2008). Formato: 164 págs., cartoné, 22x15 cm. Precio: 14,50 €. ISBN: 978-84-96235-25-0

Cuando se habla sobre las relaciones entre el cine y la realidad, es muy fácil confundir ambos términos. Por eso es tan peligroso establecer qué es un documental. Muy a menudo se considera documental cualquier imagen con cierto parecido a la vida misma. Y no siempre es así. Ante todo, el cine ha sido desde su nacimiento un arte de enmascaramientos y de perversiones, de ilusionismo aun cuando pretendía rendir tributo a la realidad. Por eso se debe desconfiar de quienes pretenden vender la versión definitiva de alguna de las grandes verdades, de quienes pretenden dar una imagen precisa, sin trucos, de la vida. Incluso los hermanos Lumière rodaron dos veces la primera película de la historia, Salida de la fábrica de los hermanos Lumière (La sortie des Usines Lumière, 1895). Aunque lo único que querían era captar un pedazo de realidad con su nuevo descubrimiento, la cosa no les resultó tan fácil como parecía a simple vista. Tardaron un poco hasta conseguir que la realidad se adaptase al corsé del cine. Al parecer, los obreros que aparecían en el encuadre no se dieron la suficiente prisa para quedar recogidos en la bobina que había en la cámara que los filmaba mientras iban saliendo de la fábrica de los hermanos Lumière, de modo que tuvieron que repetir la toma para que la película pareciese real de verdad.

Según el crítico Bill Nichols, «no se pueden amar los documentales si se busca la verdad». Aun así hay quienes creen en los documentales como quien profesa una religión. Víctor Erice rizó el rizó en El sol del membrillo (1992), donde quiso demostrar cómo ni siquiera la realidad contiene la verdadera esencia de las cosas, perdida a veces en sueños o quimeras que sólo un arte de magos e ilusionistas como el cine puede visualizar. Lo cierto es que España, cuya historia fue manipulada durante tanto tiempo, es un terreno fértil para los falsos documentales. Después de cuarenta años de dictadura franquista, en los cuales la realidad del No-Do en las pantallas de los cines fue la mayor de las mentiras, se ha creado escuela en el cultivo de los falsos documentales, quizás como reacción del cine contra el control de las imágenes de la vida en España por parte del poder.

A lo largo de la historia del cine se han hecho miles de documentales, la mayoría aprovechando momentos muy concretos (como crisis socio-políticas o conflictos bélicos) y obedeciendo a las demandas de la época en la cual fueron realizados, de ahí que no hayan sobrevivido al paso del tiempo. No obstante, vale la pena constatar que en general el rango de los documentales en las salas de exhibición siempre fue secundario con respecto a las películas de ficción. Su duración solía ser breve, para servir de acompañamiento a los estrenos, si no apenas eran distribuidos. Según mucha gente, aquello tenía su lógica. Al cine se le había procurado dar una función escapista que los documentales contravenían. Eso explica el exilio que fueron sufriendo, siendo relegados poco a poco de las salas de exhibición y encontrando su lugar natural en las cadenas televisivas, entre espacios informativos, magazines o telediarios. Es posible que, si el cine se hubiese conformado con su propia parcela, los documentales también se habrían conformado con la suya; sin embargo, esto no ha sido así. Las películas fueron traspasando sus fronteras y comenzaron a tener una gran influencia en la vida diaria. Como consecuencia de ello, las noticias que genera la realidad han ido pareciéndose cada vez más al cine, sin que en principio nadie protestase demasiado; al fin y al cabo, el capitalismo propone un modelo existencial en el que los votantes ponen la realidad en manos de unos gestores y luego vuelven a sus jornadas laborales de doce y catorce horas, lejos del mundanal ruido, a menudo ante una pantalla de ordenador o tabulando planchas de cartón en una cadena industrial. De lunes a viernes, la gente pierde contacto con cuanto le rodea. El resultado de lo anterior es que en poco tiempo las personas desconocen la verdadera apariencia de las cosas. Se han precipitado a un estado de somnolencia del que sólo les despiertan un par de aviones impactando contra los edificios más altos de sus grandes ciudades o varias bombas explotando en los trenes donde viajaban hacia su lugar de trabajo. Sólo entonces descubren el precio que implica poner la realidad en manos de otros. Uno recupera la sensación de vivir en cuanto siente el hedor de la muerte. A veces demasiado tarde. 

Los documentales suelen funcionar como celosos guardianes de aquello de lo que carece la gente. Hasta hace poco, en general nos acercaban a las Bahamas sin necesidad de montarnos en un avión o nos explicaban las lecciones que no habíamos podido aprender en el colegio. Ya no. A nadie le interesa hacer turismo cinematográfico ni cursillos de educación a distancia en momentos como el presente, cuando los ciudadanos, además de luchar contra la delincuencia o el paro, han de vérselas con enemigos capaces de tirar de un puntapié el techo de sus hogares o de hacer volar en pedacitos un tren de cercanías.

Quizás sea todo lo apuntado hasta ahora lo que proporcione pertinencia a este libro que ahora tienes entre tus manos.

El movimiento documentalista británico comenzó poco después de terminar la Primera Guerra Mundial, asentó sus bases durante el período de entreguerras, se desarrolló con plenitud durante la Segunda Guerra Mundial y fue poco a poco desvaneciéndose cuando el conflicto bélico llegó a su término, coincidiendo con los importantes cambios que se produjeron en Gran Bretaña a partir de entonces, como la paulatina pérdida de sus colonias. Se trata de un movimiento cinematográfico que nació muy apegado a la realidad. Sus miembros, no obstante, acabaron entendiendo que una disciplina no basta para dar cuenta de la realidad multiforme que se amalgamaba en torno a ellos. Por eso actuaron como detectives privados a quienes se había pagado para indagar en la riqueza oculta tras las imágenes más reconocibles, en todo que aquello que puede verse de manera inmediata. Buena parte de lo que contaron nos sirve hoy en día para descubrir no sólo una sociedad en un momento concreto de su historia sino también una parte de verdad en torno a uno de los períodos en los que todos hemos proyectado más fantasías. Para hacer lo anterior, los documentalistas británicos surgidos a partir de 1929 fueron poco a poco mezclando pinceladas, texturas y metodologías muy diferentes. De ahí que muchas de sus películas tengan al mismo tiempo elementos propios del cine documental y del cine de ficción.

Jugando en los mismos términos que los documentales británicos, este libro también quiere traspasar sus propias fronteras, convirtiéndose en algo más que un simple recuento histórico o en un trabajo académico. Sus fronteras, de hecho, están tan cerca del ensayo como de la literatura, tan cerca de la verdad como de la invención. Pero no te preocupes, no es un artefacto explosivo. Sólo quiere ser un motivo de reflexión sobre la escuela documentalista británica entre 1929 y 1950, y al mismo tiempo un motivo de reflexión sobre las posibilidades que hay para hablar sobre ella. Aunque su objetivo más importante quizás sea rendir tributo a José María Escriche desde estas páginas, agradeciendo la importante labor que llevó a cabo al frente del Festival de Huesca hasta este mismo año, poco antes de morir. Con su recuerdo y nuestro agradecimiento al impagable Ángel Garcés Constante y al editor Miguel San José, sólo nos queda recordarte aquellas palabras de Heráclito en las que instaba a prepararse para lo inesperado cuando uno va en busca de lo real.

Contenido

  • Introducción
  • Aproximaciones
    • Las primeras veces
    • Seguimos aquí
  • Secuencias
    • Entre actos
    • El arte de la guerra
    • Volver a casa
    • Lugares lejanos
    • Coda
  • Formas
    • Tensiones entre objetividad y subjetividad
    • Montaje
    • Sonido
    • Movimiento y ritmo
    • Arquetipos
    • Producción
    • Decálogo para el futuro
  • Miradas
    • Edgar Anstey
    • Ralph Bond
    • Alberto Cavalcanti
    • Arthur Elton
    • John Grierson
    • Pat Jackson
    • Humphrey Jennings
    • Ralph Keen
    • Paul Rotha
    • Margaret Thomson
    • Harry Watt
    • Basil Wright
  • Instantáneas
    • Drifters (1929), de John Grierson
    • Song of Ceylon (1934), Basil Wright
    • The Face of Britain (1935), de Paul Rotha
    • Housing Problems (1935), de Edgar Anstey y Arthur Elton
    • Jubilee (1935), de Herber A. Green
    • Men and Jobs (1935), de Arthur Elton
    • Coal Face (1935), de Alberto Cavalcanti
    • Out of Play (1936), de Harold Lowestein
    • The Saving of Bill Blewitt (1936), de Harry Watt
    • Night Mail (1936), de Basil Wright y Harry Watt
    • Children at School (1937), de Basil Wright
    • Today We Live (1937), de Ralph Bond y Ruby Grierson
    • North Sea (1938), de Harry Watt
    • Spare Time (1939), de Humphrey Jennings
    • The First Days (1939), de Alberto Cavalcanti, Harry Watt, Pat Jackson y Humphrey Jennings
    • Spring Offensive (1940), de Humphrey Jennings
    • London Can Take It (1940), de Harry Watt y Humphrey Jennings
    • Heart of Britain (1941), de Humphrey Jennings
    • Words for Battle (1941), de Humphrey Jennings
    • Listen to Britain (1942), de Humphrey Jennings
    • Desert Victory (1943), de Roy Boulting
    • Fires Were Started (1943), de Humphrey Jennings
    • Western Approaches (1944), de Pat Jackson
    • A Diary for Timothy (1944/45), de Humphrey Jennings
    • Land of Promise (1945), de Paul Rotha
    • Song of the People (1945), de Max Munden
    • Children Learning by Experience (1947), de Margaret Thomson
    • Family Portrait (1950), de Humphrey Jennings
  • Voces
  • Adioses
    • Carta I
    • Carta II

© Israel Paredes Badía & Hilario J. Rodríguez. Festival de Huesca y Calamar Edición y Diseño, 2008.