65 Mostra - Venezia 2008

Por Carles Matamoros

Volumen 4: El hastío, la vida y la pobreza

¿He dicho ya que, para la mayoría de los acreditados, esta está siendo la peor Mostra en años? Supongo que ya lo habrán leído en los grandes medios generalistas, pero conviene insistir en ello para desmentirlo. Tampoco es cuestión de ir a contracorriente porque sí, pero les aseguro que cada día estoy viendo, al menos, un par de propuestas atractivas. La media no es ideal —mejoraría ostensiblemente sin las temibles películas italianas y (ejem) sin las francesas—, pero sí digna de un festival grande, pero arriesgado, con numerosos filmes exigentes para con el espectador. El problema, quizás, sean las expectativas. Mientras hay quien va a un festival a confirmar sus gustos cinéfilos y a asistir a los preestrenos estadounidenses, otros vamos a degustar el mayor número de películas posibles y a buscar nuevas joyas que merezcan un lugar en nuestra memoria. Puede que ambas opciones sean igual de lícitas (o que vayan determinadas por los deberes profesionales), pero, en ediciones tan extrañas como esta, conviene más que nunca indagar y lanzarse a la piscina. Algo que, modestamente, hemos intentado reflejar en estas páginas. Está claro que nuestro entusiasmo no sería tal si nos hubiésemos quedado en las apuestas seguras. Pero aquí estamos de nuevo y una vez superado el ecuador del certamen con tres filmes notables: The Sky Crawlers, de Mamoru Oshii, Les Plages d'Agnès, de Agnès Varda, y Los Herederos, de Eugenio Polgovsky.

No estoy seguro de cual de los tres títulos citados es más relevante (¿acaso importa?), pero, si me permiten, me dejaré guiar por la intuición y empezaré con Oshii. Quizás porque (¿por primera vez?) uno de sus filmes me ha parecido realmente brillante. Hasta el punto que no me parecería injusto que el responsable de The Sky Crawlers se llevase el incierto León de Oro de este año. Ya en uno  de sus últimos trabajos, la experimental (pero fallida) Avalon, el cineasta japonés indagaba en un presente alternativo y trazaba (con mayor o menor fortuna) un retrato sobre la condición humana. En su nueva película, Oshii consigue, por fin, concretar su dibujo sociológico-filosófico y lo hace sin necesidad de recurrir a las citas (pseudo)intelectuales que tanto poblaban (y perjudicaban) sagas tan interesantes como la de Ghost in the Shell. La palabra tan relevante como abusiva en la anterior película de Oshii, Tachigui: Amazing lives of the fast food grifters queda, por tanto, en un segundo término en The Sky Crawlers; un filme que consigue narrar un pequeño relato a través de las (deslumbrantes) imágenes. No vamos a negar que hay un par de monólogos mal resueltos (por explicativos y monótonos), pero es tal la capacidad del animador nipón para capturar ciertas atmósferas que uno le perdona sus escasos defectos.

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De colores apagados y de aire melancólico, la película que describe las andanzas de unos jóvenes aniñados que nunca envejecen ni mueren se degusta como si de una copa de vino añejo se tratase. La cadencia de los planos es más bien lenta y sólo en las secuencias aéreas que sirven de contrapunto visceral en el tono sosegado y contemplativo del filme percibimos a un Oshii interesado por la acción. El director, en cambio, se preocupa mucho más por reflejar un estado de suspensión, de constante déja vù. Un ambiente tedioso en el que quedan inevitablemente atrapados unos personajes que recuerdan tanto a los pilotos de Neon Genesis Evangelion como a los replicantes de Blade Runner. Unos protagonistas que, en el fondo, no son tan diferentes a nosotros. Pues viven en un absoluto hastío occidental donde no existen ni grandes riesgos ni emociones animales. Un universo cerrado en el que la violencia (las necesarias guerras) parece la única respuesta posible a un aburrimiento contra el que, sin embargo, Oshii se acaba rebelando al final de su película. Porque, en un arrebato optimista inesperado, el animador nipón nos invita a disfrutar de los pequeños detalles de nuestras vidas que, queramos o no, también pueden resultar (a veces) tan inacabables y monótonas como las de los protagonistas de esta (aplaudidísima) The Sky Crawlers.

El mismo leitmotiv vital del animador japonés también podemos encontrarlo (de algún modo) en la genial cineasta Agnès Varda; una mujer precisamente interesada en hacernos ver la realidad de otro modo, en descubrirnos los aspectos más bellos (y escondidos) de la existencia humana y de la naturaleza. Les Plages d'Agnès el filme compendio y quizás testamento de su filmografía no es una excepción. Aunque, aquí, la cineasta francesa se expone (aún) más de lo habitual y nos narra (con una capacidad de síntesis asombrosa y entrañable) todo lo que ha sido una vida (la suya) que podría resumirse en dos palabras: el cine y el amor. La directora se nos presenta primero en la playa de su infancia y desde ahí inicia un recorrido cronológico (con pequeñas digresiones) sobre lo que parece haber sido una existencia apasionante. Están las fotos, están las anécdotas, están las imágenes de sus películas, están las canciones. Pero sobre todo está Jacques Demy; el gran amante de la directora y la presencia que subyace en un relato que no puede escapar de la muerte del hombre que compartió la vida con Varda. Lo mejor del emotivo recorrido (¡con la aparición del misterioso Chris Marker disfrazado de gato y con una voz manipulada!) son, a la postre, las ingeniosas representaciones (o performances manuales) que la cineasta y sus colaboradores presentan en la playa. ¿Últimos?  instantes geniales de una directora que siempre nos ha demostrado que, en el fondo, la vida y el cine son lo mismo. 

Por último, nos despedimos con Los Herederos, el primer largo de Eugenio Polgovsky tras el celebrado mediometraje Trópico de Cáncer. Se trata de un puro documental observacional en el que el director mexicano se acerca a una de las realidades más flagrantes de su país: el trabajo infantil. Toda la acción éste es un filme en el que pasan constantemente cosas transcurre en una bella región en el campo donde, generación tras generación, todos los miembros de una comunidad deben trabajar extremamente para sobrevivir. Desde los más pequeños hasta los más mayores. La cámara de Polgovsky nerviosa, detallista, invisible se centra, sin embargo, en los niños que, pese a su edad y su indudable talento (manifestado en un dominio asombroso de complejas actividades manuales), se ven obligados a renunciar a su infancia y a una posible vida alejada del sobreesfuerzo físico. Un triste panorama acertadamente capturado por un filme que se expone en bruto, sin concesiones a la audiencia, sin explicaciones y sin apenas diálogos. Limitándose a ser un trabajo revelador en su honestidad que descubre tanto las entrañas del capitalismo como advierte que, en determinados lugares, no existen vías de escape posibles a un círculo vital condenado a la pobreza ínfima. Un círculo, éste, aún más aterrador que el hastío occidental.

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Volumen 3: El maestro no falla

Y deslumbró Miyazaki. La Mostra se rindió ayer en aplausos al maestro japonés y consideró que Ponyo on the Cliff (Gake no ue no Ponyo), su nuevo filme, era la primera candidata seria al León de Oro. Lógico. Hasta ese momento ninguna película a competición oficial había despertado unanimidad (Kitano y Arriaga gustaron, pero no entusiasmaron) y el retorno del director de Porco Rosso se esperaba como agua de mayo. No decepcionó. Se sabe que Miyazaki nunca falla. Y Ponyo on the Cliff no es una excepción en su impecable trayectoria. Lástima que, por algunos detalles, no alcance a ser la obra sublime que podría haber sido. Es cierto que somos muy exigentes y que la película —aún siendo un Miyazaki menor— resulta, en líneas generales, brillante. Pero no podemos dejar de lamentar los arrebatos dulzones e infantiloides que restan puntos al resultado global. El sencillo trazo del dibujo —de tintes impresionistas y con colores pastel— parece, por lo demás, el más adecuado para un historia protagonizada por Sosuke, un niño de tan sólo cinco años y por Ponyo, una diminuta princesa marina que deja de ser un pez para convertirse en una niña. La amistad entre ambos personajes se desarrolla en una puesta en escena más bien minimalista —en la línea de la maravillosa Mi vecino Totoro— que no escatima en detalles (véase el paseo en barca a lo Una partida de campo), pero que también incluye un par de secuencias de acción deslumbrantes en su equilibrada adrenalina. Importante resulta, por otro lado, la caracterización en el guión de la madre de Sosuke, una mujer adulta que asume con total naturalidad los hechos fantásticos del relato y, sobre todo, permite que su hijo fabule con su imaginación. Una actitud, ésta, que Miyazaki reivindica siempre que puede en su obra. Pues, para el cineasta japonés, el mundo debe ser (re)descubierto constantemente desde una mirada limpia, ingenua. Tal como sucede en esta deliciosa Ponyo on the Cliff: una película pensada sólo para espectadores dispuestos a observar la realidad de una forma libre e inocente.

Luego, In Paraguay, fue otra de las propuestas más bien recibidas por la prensa. Incluida en la potente sección Orizzonti (equivalente veneciana a la célebre Un Certain Regard de Cannes), la película no es más (ni menos) que un interesante diario fílmico (con apuntes de cine-ensayo) sobre el tortuoso viaje del director —el prestigioso documentalista Ross McElwee— y su familia al citado país latino-americano para adoptar una niña. Filmada en 16 milímetros, In Paraguay es una obra íntima, delicada, en la que McElwee no sólo captura la vida cotidiana sino que narra (vía voz en off) sus propias impresiones sobre una experiencia en la que, progresivamente, va descubriendo más aspectos —tanto coloristas como históricos— del país que visita. El filme es ligero, agradable y sin derivas intelectuales, pero no siempre consigue el tono adecuado para lo que cuenta. McElwee peca de condescendiente en el retrato de los paraguayos y, si bien (creemos) conserva la honestidad en todo momento, no consigue indagar a fondo en los temas que plantea. Quizás ése no fuera su objetivo, pero lo cierto es que, tras la sesión, hubo quién cuestionó la relevancia de su película. Al fin y al cabo (pensarán algunos), In Paraguay no deja de ser una (bien montada) filmación casera de aire post-colonial en la que McElwee poco se aleja del norteamericano medio que visita un país pobre. Algo de verdad hay en ello, pero a nosotros, pese a todo, nos gustó el documental.  

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Menos dudas despertó, en cambio, Las Vegas: Based on a True Story, la gran sorpresa (agradable) de lo que llevamos de festival. La película, dirigida por el veterano realizador iraní Amir Naderi (afincado ahora en los márgenes de la industria estadounidense), es una suerte de contraplano de El Séptimo Continente. Si en aquélla, la familia de Haneke renunciaba a los bienes materiales y saboteaba el estado del bienestar; en ésta, la de Naderi sigue el camino inverso y lo destroza todo para alcanzar un status económico superior. Ambos procesos son traumáticos y tienen algo de físico, de brutal. El cineasta iraní, al igual que el austríaco (aunque con un planteamiento formal muy distinto), no se corta y lleva su relato hasta las últimas consecuencias. Pero hay más, mucho más. Porque en Las Vegas: Based on a True Story no sólo se cuenta la historia de una familia sino también la de un lugar concreto, la de un espacio (in between de la ciudad del juego y de la nada) que define tanto el comportamiento de los personajes como condiciona la atmósfera opresiva del filme. El entorno, asimismo, deja entrever la fuerza del dinero: auténtico lubricante de las complejas relaciones entre los tres (estupendos) protagonistas. Naderi no necesita pisar ningún casino para que  nos demos cuenta de lo que sucede. Y a la postre, su película atrapa al espectador tanto por su originalidad (preferimos no desvelar nada) como por su precisa planificación. Las Vegas: Based on a True Story es, pese a un tramo final ligeramente reiterativo, el título más importante (junto al de Claire Denis) de toda la Mostra.

Muy sugerentes resultaron también otro par de joyas vistas en nuestra querida Orizzonti: Goodbye Solo, de Ramin Bahrani, y A Erva do Rato, de Julio Bressane. La primera —la nueva película del responsable de Man Push Cart— viene a ser una atípica historia de amistad entre dos personajes antagónicos: William (blanco sureño, viejo y con ganas de morir) y Solo (negro senegalés, joven y optimista). Un filme que, sin trucos ni falsas redenciones, pone en evidencia nuestros prejuicios (¿por qué nos choca tanto que alguien ayude a otro sin esperar nada a cambio?), captura la brevedad de la existencia y se despide con un tramo final deslumbrante e íntimamente ligado (tanto en fondo como en forma) al cierre de El bosque del luto de Naomi Kawase. Por otro lado, la segunda,  A Erva do Rato es la propuesta más marciana de toda la Mostra. Inspirándose en dos cuentos de Machado de Assis, Bressane —autor brasileño de la aclamada Cleópatra de 2007— ha rodado un filme imposible en el que se pasa, sin lógica de continuidad, de las declamaciones literarias a lo Straub & Huillet al cine fantástico minimalista. Su película, pequeña y misteriosa, pone en evidencia que el único límite del cine es la imaginación. Pues en A Erva do Rato menos es más.

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Volumen 2: Delirio freak

La Mostra de este año se está caracterizando por la total ausencia de consenso en las películas y por la absoluta plaga de mosquitos en los canales del Lido. Cuesta de creer, pero tras cuatro días de certamen, la mayoría de conversaciones siguen versando sobre lo molestas que son las picaduras de estos insectos (doy fe de ello) y no sobre lo interesantes que resultan algunos de los filmes proyectados. Normal. Pues a la considerable densidad de muchas de las propuestas minoritarias que estamos viendo, cabe sumar la escasez de grandes títulos estadounidenses. Una combinación de factores difícil de asumir por buena parte de los acreditados que maldicen al equipo de Marco Müller por no haber conseguido para Venecia los últimos trabajos de Spike Lee, Kevin Smith y Richard Linklater (sí incluídos en el programa del festival de Toronto). Más allá de estas notorias ausencias, nosotros seguimos celebrando las presencias e intentamos permanecer al margen del pesimismo general. Hoy, conservado la mayor calma posible dentro de la constante vorágine de la Mostra, daremos cuenta de cuatro filmes variopintos: Encarnação do Demônio, el desquiciado retorno del inclasificable José Mojica Marins, Inju, la bête dans l’ombre, el último thriller del ecléctico Barbet Schroeder, The Burning Plain, el debut tras las cámaras del guionista Guillermo Arriaga, y 35 Rhums, la nueva maravilla de Claire Denis.

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Empecemos por la gustosa sesión de freakismo que nos proporcionó Encarnação do Demônio. Admito que, antes de ver este filme, poco sabía de su responsable, José Mojica Martins, uno de los secretos mejor guardados del underground brasileño inmediatamente posterior al Cinema Nuovo. Martins es, por lo que hemos visto, una suerte de Jess Franco enfermizo que suele protagonizar sus películas (con un personaje extremo, el psicópata Zé do Caixão) y que lleva al límite las posibilidades de la carne. Su propia biografía incluye episodios de lo más oscuros: desde el rapto por unos gitanos a una presunta resurrección, pasando por la fundación de una Iglesia ocultista y una estancia en la cárcel. Experiencias reales (y fantásticas) que quedan manchadas en los sangrientos fotogramas de Encarnação do Demônio, una delirante trash movie que viene a completar una trilogía iniciada por el director brasileño varias décadas atrás. Lo más interesante del filme es su encarnizada reivindicación nihilista del ateísmo. Para Zé do Caixão sólo importa el aquí y el ahora. Y una vez ha gozado de los placeres de la vida, su único deseo es tener un hijo para seguir viviendo en su sangre. Siguiendo la lógica de este inquietante personaje (poseedor de unas uñas dignas de Freddy Krueger), el relato de Martins deriva en un auténtico tour de force bizarro en el que Zé do Caixão mutila, tortura, penetra y devora todo tipo de cuerpos hasta dar con la mujer adecuada para concebir a su heredero. Una delirante (y gótico-nietzschiana) gozada cinéfaga, vamos.

En la misma línea truculenta que Martins (aunque de forma mucho menos explícita) se movió Barbet Schroeder en Inju, la bête dans l’ombre, el retorno del director francés a la ficción tras el brillante documental L'Avocat de la terreur. La película, inspirada en una novela negra japonesa, no gustó a casi nadie. Notoriamente abucheada en el pase de prensa, se trata de una curiosa producción metalingüística con alma de serie B. En ella, Schroeder sigue reflexionando sobre los mecanismos de la ficción a partir de un género clásico (el terror) y se acerca, por momentos, a la M. Butterfly de Cronenberg. Sin la brillantez de aquella, Inju, la bête dans l’ombre es una obra entretenida, autoconsciente y llena de instantes turbadores (también ridículos). No es una película importante —se trata, además, de una propuesta tosca, arrítmica e innecesariamente explicativa—, pero divierte y eso ya es mucho. Pues nos supo mantener despiertos en todo momento durante una sesión noctura. Algo que no consiguieron otros títulos más aborrecibles que tuvimos la desgracia de ver en el mismo horario y que, por ahora, hemos preferido dejar fuera de nuestras crónicas.

Al que no olvidamos, en cambio, es a Guillermo Arriaga. Aunque lo merecería. Su ópera prima, The Burning Plain, es más bien insulsa y poco aporta a la desigual carrera del guionista mexicano. Quizás, esta vez, no estemos ante un filme tan aleccionador y pretencioso como Babel (todo sucede en la frontera mexicana y apenas hay discursos moralistas), pero el relato sigue haciendo hincapié en la redención personal como la única solución a todos los problemas. Algo con lo que no coincidimos y que Arriaga exprime emocionalmente con su montaje y con las medidas interpretaciones (esto es innegable) de sus tres intérpretes: Kim Basinger, Jennifer Lawrence y, sobre todo, Charlize Theron. La historia, marcada por las relaciones interraciales y por las cicatrizes del pasado, transcurre a medio gas y, pese a algunos momentos de considerable tensión, no consigue sostenerse al mismo nivel que los mejores libretos del guionista mexicano (Amores Perros y El entierro de Melquíades Estrada). The Burning Plain resulta, por tanto, un filme fallido. Posee alguna idea formal interesante, pero, en general, tiene tan poca fuerza (y es tan aburrido) como el último trabajo de Paul Haggis, En el valle de Elah.

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Lo contrario sucede con 35 Rhums, la nueva delicatessen de Claire Denis. Acercándose más a la senda luminosa de Vendredi Soir que a la oscuridad emocional de L'intrus, la directora francesa nos ha regalado la película más cálida y humana de toda la Mostra (y seguramente de la temporada). El contacto físico —en esta ocasión con una intensa relación paterno-filial— vuelve a estar muy presente en un filme sencillo, transparente, que se acerca con enorme delicadeza al día a día de una familia atípica, unida por la amistad y no (sólo) por los vínculos sanguíneos. Cuatro personajes protagonizan la película que (tal como sucedía en Trouble Every Day) cuenta con la sobrenatural presencia corporal de Alex Descas; un actor fascinante que con un sólo gesto de su rostro consigue transmitir miedo, dolor o alegría. En él se sostiene buena parte de la magia de esta 35 Rhums que deja para el recuerdo, al menos, un par de secuencias bellísimas: un paseo a caballo por las vías del tren y un exquisito baile bajo la música de The Commodores. El filme —que es una emotiva reescritura de Orgullo y prejuicio y Primavera tardía— nos habla, además, sobre la pérdida y lo hace fiel a las constantes estilísticas de su directora que integra brillantemente las canciones (con una melodía central de Tindersticks) y nos deleita con dos grandes elipsis que deben ser rellenadas en la mente de cada espectador. Un último plano —extremadamente sutil y simbólico— sirve para despedir la película; quizás la propuesta más sensorial de todo el festival y el mejor filme que hemos visto hasta ahora. Lástima que no se encuentre en ninguna sección competitiva: 35 Rhums merecería llevarse algún que otro premio.

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Volumen 1: Ratas de laboratorio

Aterrizamos sin problemas en Venecia. Aunque buena parte de los pasajareros de nuestro avión aplaudieron cuando tocamos tierra. Nosotros, por ahora, seguimos confiando en las leyes de la física y nos guardamos los aplausos para los filmes que los merezcan. Afortunadamente, son unas cuantos. Pues, tras dos jornadas de festival, ya hemos degustado cuatro películas que merecen nuestra aprobación: Jerichow de Christian Petzold, Achilles and Tortosie de Takeshi Kitano, Shirin de Abbas Kiarostami y Burn After Reading de Joel y Ethan Coen. Ninguna de ellas nos ha parecido  extraordinaria, pero todas nos han ofrecido suficientes elementos de interés como para disparar nuestro optimismo de cara a los próximos días. Queda mucho por delante y esta primera crónica es sólo un aperitivo de todo lo que iremos viendo en la pequeña isla del Lido. Esperemos que, pese a nuestro avanzado estado de estrés y de cansancio, consigamos despertar vuestro interés.

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El primer filme del certamen —si no contamos con De lo visible a lo invisible, el chistoso corto sobre la incomunicación dirigido por Manoel de Oliveira—, fue Burn after Reading, un trabajo que nos recuerda que los hermanos Coen aún conservan el sentido del humor. No es país para viejos queda, por tanto, como un feliz oasis trágico, como un impasse en una carrera trufada de cinismo e ironía. La senda que los hizo célebres —la que convirtió en emblemáticos a los personajes de filmes como Arizona Baby o Barton Fink— vuelve a ser transitada en esta película que —en palabras de George Clooney— viene a completar “la trilogía de los idiotas” iniciada con Oh Brother! y Crueldad Intolerable. Netamente superior a éstas últimas (y al olvidable remake de Ladykillers), Burn after Reading brilla por su condición de Gran Guiñol, por su atinada construcción de una trama excesiva y esperpética. En un principio, todo parece girar entorno al mundo del espionaje, pero pronto la narración se trivializa y nos depara equívocos, chantajes y crímenes más bien variopintos. El  divertimento (con un Brad Pitt y un John Malkovich absolutamente pasados de vueltas) va in crescendo y los Coen consiguen hilvanar un argumento que reune a la CIA, a los rusos y a los empleados de un gimnasio. El relato, que oscila entre lo privado y lo público, acaba funcionando como un espectáculo de marionetas donde los cineastas no tienen piedad de unos personajes a los que tratan con cierta condescencia y crueldad. Pues, guste o no a sus seguidores, el cine de los hermanísimos sigue teniendo mucho de altivo y egocéntrico. Algo que queda de manifiesto en esta Burn After Reading, un filme disfrutable pero frívolo que se cierra con un revelador plano cenital desde las estrellas; un ejemplo gráfico de la enorme distancia existente entre esta pareja de autores y los perdedores que pueblan sus funciones como si de ratas de laboratorio se tratasen.

Más cercano a sus criaturas se situó, en cambio, Abbas Kiarostami con Shirin. Sin duda, la propuesta más radical de las que hemos visto hasta ahora en el festival. El filme es una concatenación de primeros planos fijos en los observamos las reacciones de más de un centenar de espectadoras (entre las que aparece —en un fragmento de apenas 15 segundos— Juliette Binoche) que asisten a una representación de corte épico. Poco sabemos de la condición del espectáculo que ellas contemplan —nunca vemos lo que las actrices están mirando y sólo podemos guiarnos por la banda de sonido—, pero sospechamos que no se trata ni de una película ni de una obra de teatro. Sino más bien de la adaptación radiofónica de un relato de corte tradicional —los efectos sonoros son muy precisos— que nos sirve de guía en una narración fotogénica que funciona a través de los expresivos rostros de las intérpretes. Fiel a su tradicición de manipular profundamente la realidad y parecer el más transparente de los cineastas, Kiarostami juega en esta película con las infinitas posibilidades del montaje y nos hace creer que sus estupendas actrices están realmente reaccionado ante la representación elidida. Sea como fuere, su última obra —difícil y pesada, pero gratificante— nos atrapa por su indudable fuerza conceptual. Pues Shirin viene a ser un estudio (no tan diferente del realizado en Ten) sobre lo que significa ser mujer en el Irán contemporáneo. La sala oscura en la  que transcurre toda la acción —y en la que los hombres permanecen al acecho en segundo plano— se convierte, por tanto, en un espacio de liberación, en un lugar en el que las mujeres pueden escapar de las prohibiciones de su país y expresar sus propios sentimientos. Unos sentimientos que llegan a través de un conjunto de miradas únicas, limpias, que nos plantean una alternativa válida a la visión voyeurística del sexo femenino que casi siempre ha ofrecido el cine.

Menos extremo que Kiarostami, pero igual de interesado en abrir nuevos caminos, se mostró Takeshi Kitano que hizo disfrutar al respetable con su mejor trabajo desde Zatoichi. Achilles and Tortoille es, además de una tragicomedia con un puñado de gags delirantes, el final de una búsqueda. Las dudas que el director destapaba en las desiguales Takeshis' y Glory to the Filmmaker quedan, por fin, disipadas y Kitano nos ofrece un filme redentor que le permite escapar del agujero creativo en el que se había metido. Su última película sigue teniendo mucho de caótica y autoreflexiva —es la historia de un pintor frustrado porque se cree talentoso y no consigue triunfar—, pero nos muestra a un cineasta más sereno, más seguro de sus propias posibilidades. Si bien el montaje resulta demasiado convencional —ni rastro aquí de fragmentación estructural ni de experimentación formal—, el resultado es más que satisfactorio y la linealidad del relato no resta fuerza a las reflexiones planteadas por el cineasta japonés. Esta vez se vierte una crítica —quizás demasiado obvia— al mundo del arte y se construye un poderoso retrato sobre un presunto artista —el protagonista, interpretado por tres actores entre los que está el mismo Kitano— que lleva hasta el límite su violencia creativa. A la postre, la película —que cuenta con una secuencia de animación y está plagada de cuadros pintados por su director— despierta una fuerte melanconía que se concreta en un plano final que nos invita a ver con esperanza a los personajes y a la futura filmografía de su creador.

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Por último, es ineludible vertir unas rápidas palabras sobre Jerichow, el último trabajo del alemán Christian Petzold. Aunque ha gustado a pocos, a nosotros nos ha parecido el mejor filme de lo que llevamos de Mostra. Nos cuesta dar con argumentos. Pues es una película más de sensaciones que de certezas. Exquisitamente filmada —con una pulcritud expositiva ejemplar—, Jerichow es una obra  que gira entorno a los conceptos de posesión y atracción. Protagonizada por tres personajes desheredados, el filme captura un extraño triángulo amoroso en el que se acaba desvelando sutilmente la importancia que el dinero tiene en toda relación humana. Petzold (un cineasta con prestigio del que no habíamos visto nada anteriormente) construye su relato —ubicado en el campo y en carreteras secundarias— guardando las distanciadas, respetando los movimientos de sus intérpretes. Las relaciones que surgen entre los cuerpos de éstos abren la imaginación del espectador, capaz de sentir la fuerte tensión sostenida que llena toda la película hasta que todo explota con la irrefrenable llegada de la muerte.