El caballero oscuro (The Dark Knight. Christopher Nolan, 2008)

Por Alicia Albares

El héroe que Nolan necesita

Decía Bertolt Brecht que es desgraciado el país que necesita héroes. Aplicado a un ámbito ficticio, la ciudad de este caballero oscuro responde perfectamente a la definición de “desgraciada”: cercana a un apocalipsis moral, social y físico, supone el marco perfecto para que se descubra la medida del héroe que necesita de verdad. Contarnos esto con profundidad, sin dejar de lado la esencia de una película de acción, es todo un reto que, sin duda, demuestra el buen hacer de un director consagrado como Christopher Nolan.

Batman Begins (Christopher Nolan, 2005), la primera parte de esta historia, nos mostraba a un Bruce Wayne atormentado aunque un tanto caprichoso, que reflexionaba sobre la diferencia entre venganza y justicia, creando un alter ego simbólico y letal que le sirviera a sí mismo para distinguir ambas. En ella hallábamos los cimientos del héroe, un Batman primerizo que todavía no se había encontrado con la horma de su zapato y que no era muy consciente aún de lo que significaba ser un justiciero enmascarado al margen de la ley. Aquel Batman tuvo una primera película capaz de utilizar las herramientas de siempre, pero aplicadas a una nueva visión que renovaba el cine de superhéroes: una mirada verosímil y una riqueza de forma y fondo que echábamos de menos en las superproducciones actuales. Ya entonces encontramos un metraje soberbio, con un guión lleno de matices que dejaba espacio a giros argumentales al servicio de una historia cargada de arquetipos pero alejada de los tópicos: el camino de un protagonista perdido en el terreno de una venganza inútil, buscando la manera de combatir la justicia; un héroe que regresa al mundo que quiere rescatar y que debe esconder todo lo que es tras su máscara nocturna, sacrificando lo que ama en el proceso. Trágico comienzo para un personaje que ya demostraba poseer todos los ases en la manga para marcar un hito en el cine de esta década. El Caballero Oscuro confirma y supera cualquier expectativa.

Porque Nolan demuestra que la escalera que empezó a subir en el año 2005 tiene muchos más peldaños de los que parecía a simple vista. El Caballero Oscuro va más allá, deconstruyendo al héroe que Wayne ha querido ser, un héroe que la propia ciudad no ha pedido. Y lo hace sumergiéndolo en una red de tramas tan compleja que cada secuencia aporta información a raudales, terminando un conjunto que orquesta con sobresaliente el que sin duda alguna será un villano de referencia a partir de ahora: el Joker. Pero no el Joker-personaje, sino el Joker fundido con un Heath Ledger que se despide con honores: amoral, enloquecido, anárquico; maestro de ironías y bromas amargas capaces de incomodar y admirar a partes iguales. Un Joker odioso, magnético e imprevisible, sin ningún ideal ni objetivo, muy por encima de enemigos como la mafia y la criminalidad. Este Joker será el que haga que el héroe pierda el control, hallando en el camino su verdadero papel en el entorno que deberá salvar.

Una colección de amigos y enemigos tanto nuevos como viejos de este Batman shakespeariano se encargan de completar la redondez de las dimensiones de la película: un Harvey Dent que es a un tiempo aliado y antagonista, héroe, pero aceptable y aceptado, que, a cara descubierta, provocará el cuestionamiento de la necesidad de un vengador nocturno; un teniente Gordon incansable, engrandecido por el trabajo de Gary Oldman; un Lucius Fox-Morgan Freeman con sus propios dilemas a cuestas...Todos y cada uno de ellos son puestos en jaque por la inteligencia del Joker, hasta tal punto que el pánico y la sensación desasosegante de la pérdida de toda esperanza consiguen igualar el nivel que alcanzó Spielberg con su frenética La guerra de los mundos (War of the Worlds, 2005, Steven Spielberg).

Tan poderosa es la corriente en que devienen las secuencias que las escenas de acción casi parecen excusas para clasificar a la película dentro del género al que pertenece. Rodadas evitando al máximo los efectos visuales, no pierden ni un ápice de la épica que ya habían sabido mostrar en Batman Begins, pero parecen interludios donde se desenvuelven personajes que tienen la complejidad propia del mejor cine negro, tal es la hipnótica cualidad de los mismos. En ella, el Batman que hace Bale, contenido y desorientado, aparece menos de lo que nos gustaría, como una pieza clave que planea alrededor de la que parece co-protagonista del filme: una ciudad de Gotham actual, terrorífica en su cercanía, persiguiendo a trompicones su propia redención, pidiendo a gritos no el héroe que le gustaría, sino aquel que de verdad necesita.