Wall-E (Andrew Stanton, 2008)

Por Diego Salgado

La oportunidad perdida

El tiempo es oro. Que nadie haya de esperar a la última línea de esta crítica para certificar que su autor no tiene ni idea de cine y además va de listo destripando las películas. Así: WALL·E es fallida, representa una oportunidad perdida en el devenir de su productora. Y para argumentarlo reventaremos un momento clave en su desarrollo argumental.

¿Queda alguien ahí? Prosigamos. Sería de locos negar los valores que atesora el noveno largometraje animado de Pixar. Valores por encima de unas calidades técnicas que, por cierto, no deberían darse por supuestas con tanta displicencia como hacen algunos, pues no tienen tanto que ver con el dinero como con el afán de superación. Pero bastarían en cualquier caso esos sencillos créditos finales que ilustran con un repaso a la historia de la pintura el renacer de la humanidad sobre la Tierra siglos después de haber dejado el planeta a merced de nuestros desperdicios, para volver a caer rendido ante John Lasseter y los suyos. ¿Cómo no sentir admiración ante personas tan empeñadas en ennoblecer el oficio de hacer películas?

Sin embargo, esas loables ambiciones, extensibles a la plena adscripción genérica de un film con los niños como principales destinatarios a la ciencia-ficción apocalíptica y ecologista, se dan de bruces con una sumisión a estereotipos dramáticos y formales que títulos previos de Pixar ya habían prefigurado como incompatibles con lo que Andrew Darley ha calificado de «construcción de significados en las nuevas formas digitales de entretenimiento».

Que no cunda el pánico. Concretemos: ¿Por qué las ilustraciones postreras que comentábamos detienen su recorrido temporal en el Impresionismo? ¿Por qué una referencia tan rancia como Hello, Dolly! (1969) para generar en el solitario basurero robotizado que da título a la cinta una educación sentimental inevitablemente babosa que, al menos en principio, no es extraño rechace Eve, la aguerrida exploradora mecánica enviada a la Tierra en busca de signos de vida por los humanos exiliados en los confines del Sistema Solar? ¿Por qué el director Andrew Stanton recurre a un lenguaje narrativo estrictamente funcional cuando la imagen de síntesis propicia una inventiva infinita?

Wall·E está plagada de convencionalismos artísticos y culturales que aceptamos con total naturalidad pero que son indisolubles de aquellos —sociopolíticos, medioambientales— que en cambio a todos nos soliviantan y contra los que arremete el guión de Stanton y Jim Reardon. Y si al lector le queda alguna duda sobre la ligazón entre unos y otros, le recomendamos repesque en las hemerotecas esa campaña publicitaria coetánea al estreno de la película en la que el achuchable WALL·E prestaba su imagen a una marca de lavadoras. Eso sí, «respetuosa con el medio ambiente».

Tal esquizofrenia ideológica y creativa encuentra en determinado momento de la ficción un amago de cura: WALL·E parece perder la memoria. ¿No habría sido coherente que el último resto de una manera periclitada y catastrófica de hacer las cosas se extinguiese como conciencia después de haber pasado el testigo de su espíritu voluntarioso a Eve y los tripulantes del Axioma? Una opción traumática, de acuerdo, y sin opciones de recuperación para los jóvenes espectadores al ocurrir en el desenlace de la película, a diferencia de lo que sucedía en Bambi (1942) y El Rey León (1994). Por otra parte, ello les hubiera obligado, nos hubiera obligado, a reconocer que en el cine y en la realidad no siempre es suficiente pasar página, que a veces debe romperse. Y, quizás, a actuar en consecuencia.

Pero nuestro querido robot recupera la memoria por decisión un tanto forzada de Stanton y compañía, y el público experimenta ese tipo de alivio catártico que le exime de consideraciones más reflexivas. «El consuelo está cargado de mentiras», ha escrito Lorette Nobecourt. Asumiendo que WALL·E sigue esa línea de trabajo, se trata de una película notable.