Novedades DVD: Clásicos

Por VV.AA.

Alemania, año cero (Roberto Rossellini, 1945. Suevia)

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«Yo no creo que se pueda hablar peor de una película de lo que se dijo de Germania, anno zero. Actualmente se hace referencia a ella en todo momento. A mí me cuesta mucho entender este retraso.»  Las anteriores declaraciones de R.R., efectuadas en 1954, indican que, pese a las generosas dosis de incomprensión y agresividad con que fueron recibidos muchos de sus films, el cineasta italiano se adelantaba una y otra vez a su tiempo o, si se prefiere evitar la expresión tópica, era capaz de prever como pocos la situación social y los dilemas existenciales, con la disolución de los valores humanísticos a la cabeza, a los que se enfrentaba occidente tras la Segunda Guerra Mundial. El niño cuyos pasos son seguidos por Rossellini (y por el espectador) en Alemania Año Cero es incapaz de interactuar con un paisaje que desbarata sus intentos por procurarse una situación estable. Estamos, pues, ante una película fundamental no sólo por el carácter de documento histórico sobre un país y una comunidad devastados que atesoran sus imágenes, sino también por plantear cuestiones que aún permanecen irresueltas en la actualidad. Y estas cuestiones tienen que ver con las fracturas que el conflicto bélico trajo consigo, con la imposibilidad, tras el nazismo, de recomponer el estatus moral de las imágenes de antaño, y de restituir una interacción armónica del hombre con su  entorno. Rossellini, mediante un estilo sencillo (que no simple) y ajeno a la búsqueda del artificio estético, anuncia que la herida abierta es profunda, tal vez irreparable, y conducirá a una sociedad caracterizada por el egocentrismo y la miseria espiritual Un asunto que vuelve a materializarse en nuestro presente de forma cíclica, del que aún no hemos sido capaces de librarnos, y que siempre ha estado latente en la obra de cineastas posteriores como Jean-Luc Godard, extendiéndose hasta propuestas como La question humaine (2006), de Nicolas Klodz.

Alejandro Díaz

Robert Siodmak (Suevia)

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Robert Siodmak siempre ha estado a la sombra de otros directores como Hawks, Welles, Tourneur, Lang, Walsh, que, como él, transitaron el género negro con cierta soltura y, sobre todo, gozaron del favor de la crítica, y lo que es más, bastante más de hecho, con el paso del tiempo, del reconocimiento general. Este pack que Suevia pone en nuestras manos trata de hacer justicia a un cineasta que aunque tal vez no llegase a contar entre su filmografía con películas con el éxito comercial de El sueño eterno, Sed de mal, Retorno al pasado, Los sobornados o Al rojo vivo, realizó un buen puñado de buenas obras de género negro (en el que se centra esta pequeña colección), principalmente en la frúctifera década de los cuarenta, que, casualmente, ocupa un lugar especial en este nuevo número de Miradas de Cine.

 

El pack esta compuesto por seis películas, todas ellas incluidas en la citada década (a pesar de que no se incluyen las muy estimables A través del espejo y La escalera de caracol) que conforman una muestra bastante representativa del buen hacer de Siodmak tras la cámara. Un argumento imposible en el que conviene no reparar con demasiado detenimiento como es el de La dama desconocida da pie a una fabulosa historia donde el protagonista necesita encontrar a la pobladora del título para que le sirva de coartada al ser inculpado del asesinato de su esposa. En La reina cobra, única exclusión del cine negro dentro del pack, encontramos una agradable película de aventuras con ciertos respiros cómicos y una fluidez narrativa envidiable que hace que los poco más de setenta minutos nos sepan a poco. Pero para eso, para aplacar el hambre, tenemos, por ejemplo, Pesadilla, probablemente mi favorita, donde se dan cita múltiples géneros con la naturalidad que les va confiriendo el devenir de la propia historia, pues lo que comienza en agradable tono de comedia romántica se va inclinando casi sin darnos cuenta hacia el drama para terminar enfangándose hasta las cejas en el lodazal del cine negro, con su correspondientes intriga, sospecha, venganza y, por supuesto, crimen. Forajidos, por la que Siodmak fue nominado al oscar a mejor director, cronológicamente la siguiente, y probablemente su película más conocida, es también un noir de lo más crudo, con una femme fatale encarnada por Ava Gardner que se las hace pasar canutas al detective de seguros interpretado por Edmond O’Brien, y ni que decir tiene, al protagonista, Burt Lancaster, cuya muerte al comienzo del filme da pie a una narración fragmentada a través de un recurso clásico dentro del género, el (los) flashback(s), donde el detective va reconstruyendo la historia a partir de los retazos que va recuperando desde el cada vez más complejo entramado en que se va descomponiendo el entorno del finado. Una vida marcada, que, al margen de la trama de investigación y de su nacionalidad americana, podría enmarcarse perfectamente en el movimiento neorrealista, es una historia en la que Richard Conte encarna a una víctima de su entorno cuya vida queda predestinada al crimen, pues, como siempre, el destino se ceba en el infortunio y lo retroalimenta hasta el cruel fin. Destaca especialmente en el papel del teniente Candella un inspirado Victor Mature, siempre criticado como uno de los peores actores de la historia, que sin embargo entrega una interpretación convincente y rotunda. Se cierra el pack con otra de las obras más recordadas del director presuntamente alemán: Criss Cross, o El abrazo de la muerte, como aquí se tituló, nos trae de nuevo a Burt Lancaster en un nuevo papel de víctima del destino. Si algo cabe destacar por encima del resto en este filme es un guión intrincado que va desgranando con oficio el ovillo para terminar llegando a un demoledor desenlace nada propio de la época que resulta por ello aún más sorprendente. Como casi siempre en Suevia, la carencia de contenido adicional, al margen del nutrido librillo interior de 32 páginas con datos biofilmográficos y pequeños comentarios de cada una de las películas, se suple con un precio realmente económico que aumenta el interés por esta colección de pequeñas grandes obras.

Sergio Vargas