Perdición (Double Indemnity. Billy Wilder, 1944)

Por Arantxa Bolaños de Miguel

Doble indemnización, doble perdición 

Como sucede muchas veces, el título con el que se estrena aquí en España un largometraje no corresponde con el inicial, variando muchas veces el sentido de tal rúbrica. El original expresa, en este caso, la intención de los personajes principales de conseguir todo por una doble indemnización, mientras que “Perdición” hace referencia al final que les espera por su irrefrenable codicia y avidez. Ya desde el principio, a través de la confesión que Walter Neff (Fred MacMurray) hace a su compañero y amigo  Barton Keyes (Edward G. Robinson), nos expone la intención moralista de esta historia en la que sabemos de antemano el final infausto (como no podía ser otro) que les tiene encomendado el destino a estos antihéroes sin escrúpulos. El arrepentimiento de Walter Neff no eliminará su castigo, pero mitiguirá nuestra animadversión, pues quién siente remordimiento manifiesta empatía y, por ende, nos provoca compasión. Este patetismo que transmite el protagonista es frecuente en unas cintas que se filman en la década de los años 40, después de la Gran Depresión. Es en estos años en los que se desarrolla la película, cuando se va a poner de moda un género nuevo, el “film noir”, para representar a la población que, frente a la crisis en la que había estado sumida durante la década anterior, intenta poner fin a esta situación y lograr, ávida de ambición, salir bien parado. Este lapso crítico se plasmó en el cine a través de este género, que tuvo a sus máximos exponentes dentro de una generación de inmigrantes europeos, deudores del expresionismo alemán, como Fritz Lang o Robert Siodmak; con historias basadas en las novelas americanas conocidas como hard-boiled, de James M. Cain o Raymond Chandler, entre otros (aquí escritor y co-guionista, respectivamente). En la actualidad se están repitiendo varios rasgos de similitud con este período, ya que estamos en los umbrales de una crisis económica a escala internacional. Esperemos que vuelva a resurgir con fuerza este género en base a estas parecidas “desaceleraciones” económicas y sus efectos en lo referente a lo cinematográfico.

A lo largo y ancho de la carrera de este director-guionista podemos ver descritas varias profesiones que critica con absoluta repulsión, desde una estela desenfadada, pero llena de ácida crítica social: los periodistas sedientos de noticias exclusivas en Primera Plana (1974), los hombres de negocios calculadores en Sabrina (1954), los abogados ansiosos por ganar, más que por sacar a la luz la verdad en Testigo de Cargo (1957). En esta ocasión Billy Wilder hace una cítrica sin concesiones hacia los corredores de seguros, esos temibles agentes que se aprovechan de los miedos y las inseguridades de la población para hacerles firmar unos seguros que no necesitan. Esta fábula se nutre de la necesidad recíproca entre las estrellas protagonistas, por un lado, la “femme fatale” (Bárbara Stanwyck), prototipo de mujer que utiliza sus encantos sexuales para intentar conseguir de los hombres todo lo que se propone (en este caso asesinar a su marido y cobrar una ingente paga) y, por otro, un agente de seguros. Los dos son unos canallas, como bien dice ella en un momento del filme, donde cada uno intenta ganar la partida, una jugada que sabemos todos de antemano que ninguno va a ganar. Están podridos por dentro, son incapaces de discernir entre el bien y el mal, y tan sólo Barton Keyes representa la integridad en esta historia amarga. Por mucho que parezca el crimen perfecto, siempre hay algo que sale mal. En este caso las circunstancias se tuercen de tal modo que es él mismo el que se autoinculpa, y cuenta su historia de perdición ante la mirada atónita de su amigo frente a lo que acaba de escuchar.

Billy Wilder, desligándose del género en el que estaba más cómodo, la comedia (con la que hizo varias de sus obras maestras) realizó en el año 1944 éste, su primer film noir. En la filmografía de este director austriaco afincado en Estados Unidos, encontramos siempre una crítica hacia el deplorable comportamiento de seres lamentables. Tanto Jack Lemmon en En Bandeja de Plata (1966) y en El Apartamento (1960), como  Fred McMurray en Perdición, son unos “pobres hombres” que se dejan engañar por otros avispados individuos que les llevan a la destrucción, a menos que aparezca la conciencia y la moral en sus vidas. Para algunos de los protagonistas de sus películas el final no es tan trágico, sobretodo cuando se trata de una comedia. Pero en esta ocasión, Billy Wilder filmó un verdadero drama sin vuelta atrás porque el error cometido no admite devolución ni redención. Un filme imprescindible.