Loquilandia (Hellzappopin'. H.C. Potter, 1941)

Por Rafael Arias Carrión

Ahora la novedad ya no es tanta, pero la modernidad de una película como Loquilandia, permanece intacta. Como tantas obras que se adelantaron a su tiempo —y en el caso de ésta, es mucho pero mucho tiempo— fue un rotundo fracaso de taquilla, e inhabilitó para el cine a los humoristas Ole Olsen y Chic Johnson. Ambos provenían del vodevil y Loquilandia es la versión cinematográfica de un espectáculo teatral estrenado tres años antes en Broadway, con bastante éxito.

Desde el principio ya se nos advierte que “Cualquier semejanza entre Loquilandia y una película es pura coincidencia”. Desde ese momento, somos presa de un vodevil de ilusiones, fantasmagorías, de cajas de resonancias y de una aglomeración de sketches  capaces de dinamitar toda una película. Quizá por eso, Loquilandia es una película dentro de una película, que además versa sobre el rodaje de una tercera, todo ello desarrollado con un absoluto desenfado, enorme anarquía, grandes dosis de sentido del humor, y una gran habilidad para satirizar todos los géneros cinematográficos existentes y, sobre todo, una infinita capacidad para reírse de la propia vida real. Aquí, los osos hablan y los perros le replican, con contundencia, que los osos no hablan.

Porque en el mundo de Loquilandia nada se parece a la vida. El cine es otro mundo y las reglas del mundo “real” no tienen porqué cumplirse en el universo de Ole y Chic. Aquí, lo más inverosímil puede suceder: Chic le pide al proyeccionista que pare la película, que rebobine y que vuelva a mostrársela... Cuando se repitan las imágenes, éstas no coincidirán con lo que anteriormente hemos visto, pues ahora aparece un caballo... Más tarde escucharemos al director de la película que supuestamente ruedan Chic y Ole, que “Las películas han de tener un argumento”. La réplica de la pareja es brutal: “¿Argumento? ¡Está loco!”. La anarquía es lo contrario del orden argumental.

Incluso se permiten reírse del propio medio cinematográfico, de la propia esencia de la adaptación, cuando el director trata de convencerlos de que Broadway y Hollywood son diferentes. Les dice que hay que hacer modificaciones en la película que están rodando afirmando que lo que hacen es: “¡Una película sobre una película sobre Loquilandia!”.La respuesta de los cómicos es: “Llevamos tres años interpretando Loquilandia en Broadway y lo queremos así”, a lo que el director responde: “Esto es Hollywood. Lo cambiamos todo”. Al unísono la pareja responde: “¿Por qué?”.

La propuesta que presenta H.C. Potter y los cómicos Ole Olsen y Chic Johnson es de una total subversión. Es una película que contiene una serie de capas de cebolla infinitas en las que lo que queda al desnudo es la ficcionalización de los modos de representación cinematográfico. No sólo los géneros al uso, sino la supuesta obligación de contar (de narrar) algo con una presentación, nudo y desenlace; de dinamitar la puesta en escena en la que el caos está tan plenamente orquestado que aparece con total sencillez; de mostrar que una cámara es una cámara, que para nada refleja la realidad, que toda la tramoya está presente cuando se dice: ¡Acción!; que el realismo cinematográfico es una falsedad y que las leyes cinematográficas nada tiene que ver con las leyes que rigen nuestro día a día.

Con naturalidad, la pareja protagonista interpela al público, se corrigen encuadres, le piden al proyeccionista que repita una escena, piden que se corrija el orden de los rollos cinematográficos, se ríen de los argumentos, pasan de un rodaje a otro... cambiando instantáneamente de ropa para acomodarse al tipo de película (película carcelaria, de época, de aventuras en el polo, etc) y, ¡cómo no!, están esos dos personajes que repiten, como extras, una única frase: un hombre que grita “Señorita Jones” y una mujer que vocifera “Oscar”. Además está ese cámara que, incapaz de aguantar tamaño cataclismo decide pegarse un tiro, y ese letrero que aparece en medio de la película y que dice: “Atención. Si Stinki Miller se encuentra en la sala, vete a casa”, para repetirse después “Stinky Miller. Tu madre te busca” y después “Stinky Miller. ¡A casa!”. Entonces, inesperadamente, la película se para y desde el proscenio la sombra de un espectador se levanta para obedecer e irse a casa.

Si bien es cierto, que se puede observar en el campo cinematográfico cierta deuda contraída hacia la perversión y la anarquía proveniente de los hermanos Marx, visualizada en la corrosión de algunos de los gags, que contienen un sentido del humor heterodoxo, anárquico, y con una capacidad para descomponer todos los mecanismos de la narración cinematográfica, hay que comprender que tamaño alucinación audiovisual se adelantaría en veinte años a ciertas composiciones de cineastas que comenzaron a dirigir en los 60, aunque creo que solo Jerry Lewis fue capaz de ir un poco más allá, al componer y recomponer un universo propio, un mundo en donde solo Jerry Lewis podía moverse tranquilo, pero que a su vez era capaz de, por fin, inhabilitar el irreal mundo en que vivía la clase media americana.