Resulta complicado, casi imposible, pensar en los años 40 del siglo pasado y no detenerse en la II Guerra Mundial, que estalló el 1 de septiembre de 1939 y se alargó hasta otoño de 1945. En el terreno del cine, muchas películas del período contribuyen a tenerla siempre presente: de la severa e hilarante advertencia que sustenta El gran dictador (The Great Dictador. Charles Chaplin, 1940) hasta el doloroso balance que entrega Los mejores años de nuestra vida (The Best Years of Our Lives. William Wyler, 1946) pasando por el preclaro dibujo humano que realiza Roma, ciudad abierta (Roma, città aperta. Roberto Rossellini, 1945). Pero no únicamente se encuentra el conflicto en los retratos directos del mismo, de sus consecuencias e implicaciones. También hay otro cine que está notablemente influenciado por el contexto en el que se realizó y por el estado de cosas que se vivían, los cuales, sin embargo, se sitúan en un nivel subyacente, como fondo de las historias individuales que ofrecen: es el caso de las propuestas adscritas al noir más cruel como La sombra de una duda (Shadow of a Doubt. Alfred Hitchcock, 1943), Retorno al pasado (Out of the Past. Jacques Tourneur, 1947) o Forajidos (The Killers. Robert Siodmak, 1946); de ciertas miradas oblicuas como Dies Iræ (Vredens Dag. Carl Th. Dreyer. 1943), Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette. Vittorio de Sica, 1948) o Pasión de los fuertes (My Darling Clementine. John Ford, 1946); de reflexiones morales de distinto talante como La soga (Rope. Alfred Hitchcock, 1948), Perversidad (Scarlett Street. Fritz Lang, 1945), The Reckless Moment (Max Ophüls, 1949) o El político (All The King's Men. Robert Rossen, 1949). Una película como ¡Qué bello es vivir! (It's A Wonderful Life. Frank Capra, 1946) es un buen ejemplo del poso pesimista que infecta al cine estadounidense: Lo que se presenta como un risueño Christmas Carol, con intervenciones angelicales incluidas, contiene una inquietante alarma sobre la imposibilidad de alcanzar los sueños propios de la juventud y la pesadilla que supone su sacrificio en pos de la comunidad, con el fantasma de la desesperación y el suicidio recorriendo buena parte del metraje.
Una característica llamativa del periodo, tanto por su contraposición a lo que ocurre en otros tiempos cercanos como por su componente traumático, es la inmensa cantidad de títulos del cine norteamericano que se agolpan en nuestra memoria hasta ocultar los resquicios donde descansa el resto. Y es que aquel Hollywood aviva nuestros sentidos aún hoy en día con sus infinitos vericuetos que se extienden, por ejemplo, desde las audaces propuestas de serie B como Detour (Edgar G. Ulmer, 1946), las míticas producciones de Val Lewton y una serie de films turbulentos de distinta procedencia caso de Sinfonía de la vida (Our Town. Sam Wood, 1940), Man Hunt (Fritz Lang, 1941), La brigada suicida (T-Men. Anthony Mann, 1947) o Encrucijada de odios (Crossfire. Edward Dymitrick, 1947), hasta las grandes narraciones construidas por los imprescindibles Raoul Walsh, Howard Hawks, King Vidor, John Ford, Jacques Tourneur… pasando por el inevitable Hitchcock que arranca su etapa americana lidiando con David O. Selznick en la reveladora Rebeca (Rebecca, 1940) para terminar la época rubricando su monumental tríptico con Ingrid Bergman, a la que "cederá" a Rossellini al final del decenio, entregando, eso sí, un balance menos rotundo al que conseguiría durante su admirable trayectoria posterior. Pero hay más, mucho más. Directores de extraordinaria personalidad encuentran su momento como es el singular caso de Preston Sturges cuya obra como director empieza y prácticamente se cierra en los 40; también concluye abruptamente —fallece en 1947— la de Ernst Lubitsch, después de firmar algunas de sus mejores películas; a su vez Billy Wilder da el salto definitivo a la dirección si bien aún no podría orientarse hacia la comedia donde ofreció a la larga su mejor versión, desde luego la más personal. Y hablando de comedia no podemos pasar por alto la screwball comedy, género atractivo —por su mezcla de elegancia y subversión— donde los hubiera, con muestras tan rutilantes como Luna nueva (His Girl Friday, 1940. Howard Hawks); Camarada X (Comrade X, 1940. King Vidor), Bola de fuego (Ball of Fire, 1941. Hawks), El amor llamó dos veces (The More, The Merrier, 1943. George Stevens) o Arsénico por compasión (Arsenic and Old Lace, 1944. Frank Capra). Aparece asimismo una figura muy interesante para comprender la evolución del cine y la sociedad americana en aquellos años: Orson Welles. El director de Wisconsin pasa, dentro de la misma década, de convertirse en el "niño prodigio" del cine americano con su control total sobre Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), a una adaptación de Shakespeare en Macbeth (1948) realizada en condiciones ínfimas de producción y tiempo de rodaje. También los 40 ven la creación y posterior declive de una productora como la Enterprise Pictures, a la que están ligadas personalidades como John Garfield o Robert Rossen, y películas como El extraño amor de Martha Ivers (The Strange Love of Martha Ivers. Lewis Milestone, 1946), Arco de Triunfo (Arch of Triumph. Milestone, 1948) o La fuerza del destino (Force of Evil. Abraham Polonsky, 1948). El desarrollo y posterior fin de la Guerra deja un breve espacio de zozobra que conlleva asimismo un alto grado de libertad, pero en poco tiempo comienzan a perfilarse los movimientos políticos que conducirán a la Guerra Fría y, por ende, a las "limpiezas" amparadas por la paranoia antiamericana. La situación cambia en muy poco tiempo, sin duda, y el sueño de mantener un importante nivel de variedad ideológica, independencia artística y compromiso crítico en el cine americano se resquebraja.
No sería justo, por supuesto, olvidarse de Europa, donde la creatividad del irrepetible cine alemán de los años 20 y 30 es relevada por el neorrealismo italiano (que aglutinó en un primer movimiento a algunos nombres fundamentales para el cine de las décadas posteriores), el cual se levanta, en las antípodas de aquél, sobre las ruinas y la precariedad de la posguerra. Tampoco hay que escaecerse de Japón, que tiene operativos (y ya a pleno rendimiento) a algunos de sus mejores directores: a los veteranos Mizoguchi y Ozu se suma el principiante Kurosawa. Ni de todos los cineastas que, en diversos puntos del planeta (incluidos, naturalmente, otros países europeos), continúan desarrollando sus carreras. Tenemos a un Dreyer esencial, a un Einsenstein capital y definitivo (muere en 1948), a un Lean ya muy elegante y delicado, a un Bergman primerizo, a un Buñuel superviviente en México, a unos Powell/Pressburger arrancando con su sociedad; a un Mackendrick, meticuloso y exigente, comenzando, a un Neville arriesgado y sorprendente… Pero el primer material al que nuestra mente se dirige es el cine americano, tal vez por la unidad que le confieren sus métodos de producción pese al cruce de intereses diversos que contiene, y por la amplitud de su posterior difusión y su mejor conservación. Además, se trata de una época de inagotables flujos y reflujos artísticos en el seno del cine hecho en Estados Unidos, país al que acuden multitud de talentos europeos (como reflejan los nombres citados líneas más arriba) que enriquecen el panorama ensombreciéndolo al mismo tiempo. Hemos de admitir también que la pereza mental nos lleve por caminos bien conocidos yermos de dificultades, en los que destacan, prefijos y sufijos añadidos, la gran sombra de la guerra, los nuevos movimientos populares y una lista de nombres demasiado estrecha, sobre todo respecto a cinematografías o géneros apenas explorados: las obras de los animadores Norman McLaren en Canadá y Jirí Trnka en la antigua Checoslovaquia, en los trabajos, realizados en Estados Unidos e insertados en el cine experimental de corte surrealista, de la rusa Maya Deren, o en el interesante cine chino pre-comunista con la figura sobresaliente del director Mu Fei.
Indudablemente hay otro cine y otros nombres que para otros espectadores serían iguales o más relevantes de los que han ido apareciendo en este texto. Asumimos nuestras limitaciones a la hora de acceder y conocer algunas películas. Aceptamos otros gustos y opiniones, mientras nos aferramos por un instante a los nuestros.