La conjura de los... (Ivan Grozny II: Boyarsky zagovor. Eisenstein. 1946)

Por Diego Salgado

Colaboracionistas y exploradores

A quienes supieran apreciar el valor de la reciente Elizabeth: La edad dorada como pantomima pseudohistórica que hablaba, no de la Inglaterra del siglo XVI ni de las convulsiones del presente, sino de cómo reinterpretar los oropeles del Hollywood clásico y de cómo la infelicidad sólo es mitigable abdicando del mundo terrenal, les encantará saber que, preparando su trilogía inconclusa sobre el zar Iván IV de Rusia, Serguéi Eisenstein se abandonó con frecuencia a las ideas más extravagantes, entre ellas una buena cantidad de esbozos eróticos para algunas escenas clave, así como toda una línea argumental, decadente y opulenta, centrada precisamente en las relaciones entre las cortes de Iván y la Reina Virgen.

Unos tiempos críticos como los nuestros, en los que ciertos popes han resucitado esos rancios dogmas bazinianos acerca de que sólo habitar fílmicamente lo real nos salvará de la perdición audiovisual, resultando por tanto herético cualquier modo de representación más imaginativo que el interminable plano fijo de un matojo tailandés o el enésimo travelling tembloroso anclado a algún cogote belga, guarda curiosas similitudes con el realismo socialista que Eisenstein logró sortear en Ivan Groznyy, que se abatió sin piedad sobre su continuación, Boyarsky zagobor, y que arruinaría la concreción de un tercer y último film sobre Iván el Terrible. Pero cuando Eisenstein se plegaba a una lamentable autocrítica afirmando que «debemos dominar el método con el que Stalin y Lenin han percibido la realidad de un modo tan completo y profundo, de manera que seamos capaces de superar los vestigios y restos de antiguas ideas que, si bien expulsadas desde hace tiempo de nuestra conciencia, intentan tozuda y astutamente infiltrarse en nuestras obras en cuanto se relaja nuestra vigilancia creativa», está recordando en el fondo a sus futuros lectores, cual Winston Smith a través de su diario secreto, todo lo contrario a lo que parece decir, equiparable a la mueca indiferente que Smith simulaba ante las pantallas del Gran Hermano: que la realidad, despojada de esos «vestigios y restos» que se «infiltran en nuestras obras» no responde más que a la visión de dictadores, no importa si Lenin, Stalin, o esos timoratos políticamente correctos que se arrodillan ante «las marcas de lo visible» (Ángel Quintana) —unas marcas más ideológicas que analíticas— y que buscan convertir su culto particular en un signo de superioridad a la hora de crear y sentir el cine. Cuando lo que caracteriza a la verdadera creación artística —sí, la creación artística, eso que tanto se menosprecia hoy desde la impotente conciencia de carecer del más mínimo talento para ejercerla, por lo que sólo cabe «deconstruirla» como buitres— es la erección, explotando hasta el límite el razonamiento y la imaginación, de espacios grandiosos desde los que aprehender lo real en sus misterios, sus horrores y sus maravillas, que nunca están «visibles», que únicamente muestran su verdadera naturaleza tras luchar a brazo partido por desvelarla.

Desearíamos afirmar que Boyarsky zagobor hizo honor a las ensoñaciones de Eisenstein comentadas al principio. No del todo. Sin embargo, es indudable que su irregularidad narrativa, la primacía de la faceta personal de Iván y de las intrigas palaciegas, la insoportable tensión anímica que transmiten los rostros, las cualidades preternaturales de vestuario y escenografía, hacen que el corsé genérico y sociohistórico en que se enmarca la película amenace con reventar en cualquier momento. Y termina por ocurrir, en una escena postrera rodada en color que constituye el colmo del artificio. Una representación de la representación, una vuelta de tuerca con la que Eisenstein, inconscientemente, se despedía del cine apelando a un espacio expresivo libre, aún por explorar. Un espacio en el que hacer realidad los sueños. Que, como lúcidamente cantó Leopardi, suponen lo más noble de nuestras existencias. El color en Boyarsky zagobor es un resquicio hacia otro lugar, y en este sentido no tenemos más remedio que ligar la experimentación de Eisenstein a las que llevan a cabo actualmente Robert Zemeckis, David Fincher, James Cameron, Zack Snyder o los hermanos Wachowski con lo digital. La obsesión por coronar una cima inexplorada desde la que reflexionar sobre nuestro marasmo, en el que tan cómodamente se desenvuelven los comisarios de lo real.