Sainte-Sévére, rebautizada Follainville en el film, es una pequeña localidad situada en el centro mismo de Francia... Sus calles empedradas, su plaza mayor, la taberna, banderas, banda municipal, gallinas alborotadas, riachuelo cristalino.., y un solícito y espigado cartero. El día amanece suave y soleado, como los títulos de crédito de la película: Jour de fête en letras blancas, azules y rojas sobre un fondo animado en blanco y negro. Se respira el ambiente de fiesta, se huele el aire de un verano caluroso con música en las calles y sensaciones de multicolor embriaguez. La feria ambulante llega al pueblo y un niño corre feliz tras los camiones. Es un prólogo medido, equilibrado, animoso, una sinfonía de sonidos rurales, ruidos de animales, música de fiesta. Una mujer anciana, encorvada hasta formar casi un ángulo de 90 grados y sempiternamente acompañada por su cabra, comenta los quehaceres cotidianos; es Delcassam, un conocido actor de la época convenientemente travestido para la ocasión.
Estamos ya en el corazón de Sainte-Sévére, Follainville de ficción. Tati nos ha hecho entrar con suma sencillez. Sin explicaciones, ni diálogos, ni especial atención en ninguna de las acciones paralelas. Lo sabemos todo del pueblo y de sus habitantes. Sabemos cómo viven, cómo descansan, trabajan y se divierten, qué esperan entre el amanecer y la caída aterciopelada de la noche. Misterio de los grandes: sencillez y economía de medios.
Jour de fête fluye con precisión tomando como hilo conductor al cartero François: un Tati preHulot, más tosco pero quizás más entrañable, que ya había aparecido brevemente en el cortometraje Soigne ton gauche y sería protagonista de otro film de pocas bobinas, L’école des facteurs. François comanda a su modo el relato, pero Tati se detiene siempre en todo lo que el epistolar personaje ve y en aquello que ocurre a sus espaldas: los lances coquetos entre el feriante y una lugareña, por ejemplo. La película es como un collage festivo, retazos de una jornada ideal para el deleite anónimo y para el disfrute colectivo: la laboriosa construcción del entoldado, las bromas en la taberna a costa de François, el tiro al plato, la esperada sesión cinematográfica convertida en elogio de la inocencia y el candor, con esa preciosa secuencia previa en la que el feriante y la mujer prendada de él se miran y ríen mientras suenan las bandas de sonido de cualquier film serial americano de los cuarenta.
François corta las acciones por el medio repartiendo cartas, postales y paquetes. Pese a su semblante estrafalario y sus ojos eternamente despistados, banco de pruebas para futuros héroes de vacaciones playeras, paseos urbanos con sobrinos, embotellamientos, edificios de tecnología plastificada y zafarranchos circenses, el cartero es el único en poner orden y concierto a la construcción de la base del entoldado. La presentación del personaje no puede ser más firme, aunque luego Tati le haga bailar al son del comediante clásico en una colección de gags hoy quizás previsibles, ayer innovadores, mañana seguro que añorados con algo más que nostalgia: los repetidos golpes con el rastriib, el paseo en bicicleta sosteniendo un pastel, sus luchas imposibles con una mosca de la que sólo oímos al prepotente zumbido, las cabriolas sobre las dos ruedas en plena borrachera nocturna, la forma de agarrar una gallina al vuelo. Junto a François, una cabra se come un telegrama y un estrábico no atina con el martillo. Si alguno de los personajes de Jour de fête reviviera el chiste del jardinero regado, estaría en perfecta consonancia con el espíritu primitivo (a la sazón vanguardista) de este film.
Tati sorprende aún más cuando, adelantándose en años, incluso en intensidad, al Coppola de La ley de la calle, al Von Trier de Europa, al Jonathan Demme de uno de sus vídeos para Taiking Heads, pinta con paleta viva pequeños objetos de color dentro del encuadre en blanco y negro. No son muchos momentos, no es un alarde técnico, sino el resultado de una imposibilidad material de hacer la película en color. (La sociedad Thompson, que en 1947 —Jour de fête se rodó entre mayo y septiembre de 1947 pero no encontró distribuidor hasta dos años después. Se estrenó en mayo de 1949 en París y Tati organizó el 19 de junio una proyección en Sainte-Sévére. Para él, ése sería el estreno “real” del film. Guerín vivió similar experiencia cuando pudo proyectar Innisfree en la localidad irlandesa donde rodó su película— se encontraba experimentando con las nuevas técnicas de color, puso todos sus medios a disposición de Tati pero, a pesar de los buenos resultados conseguidos en algunas escenas, no pudieron garantizar una copia entera en color. Tati, que por precaución había rodado simultáneamente cada plano en color y en blanco y negro, tuvo que contentarse con este sistema, pero años después, en 1964, imprimió sus pinceladas sobre el lienzo blanquinegro). Es, también, el sello del artista y la poética de la festividad, la mancha mágica que nos hace deslizar la vista hacia un punto concreto —en definitiva, un inserto sin tener que variar de plano— y la constatación de que Tati tenía una peculiar mentalidad pictórica.
En la fugacidad de estos momentos reside su belleza: el color rojo de la paleta del pintor, artista objetivo en el frenesí de la localidad, aparece después en la banderola de la plaza, ya que así la ve y la pinta el artista; el mismo rojo está en los adomos de los caballos del tiovivo, en los dibujos de la ruleta de la fortuna, en el corazón que hay en la diana del tiro al blanco, en el pequeño punto de luz que emana del faro de la bicicleta de François extraviado en la noche; un amarillo casi imperceptible aparece en el toldo del tiovivo, y el mismo color de Van Gogh queda suspendido en el aire, dando realidad y dimensión al globo que flota suavemente cuando el día alcanza su cenit.
Hay un día de fiesta y un día después. El relato, la caligrafía clásica, se le escapa un tanto a Tati, que rompe la tonalidad global —el pueblo y su feria— para individualizar a François en el último tramo de celuloide. Tras ver un documental en la carpa cinematográfica, el cartero reparte el correo “a la americana’. Ese día después amanece con François entregado en renovadas energías a su labor, y notamos a faltar el calor y el color de la fiesta. No hay tiempo para otros personajes, ni para celebraciones, ni para paletas de rojo y amarillo. Sólo un prodigioso encadenado de gags que termina con François y su bicicleta en el río.
Fin de fiesta, del correo rápido, y vuelta a la cotidianidad de cada día tras la marcha de los feriantes. Cuatro años después, en la bulliciosa costa veraniega, Tati reaparecería en escena embutido en la gabardina de Monsieur Hulot. El cartero François quedaba, como suspendido en un tiempo mágico. en la localidad de SainteSévére, Follainville, escenario de la primera batalla cinematográfica de Jacques Tatischeff.
© Publicado originalmente en Nosferatu nº 9, octubre 1992 (Donostia Kultura. Donostia)