En 1944 se rodaron Laura y La mujer del cuadro (The Woman in the Window), dirigidas, respectivamente, por Otto Preminger y Fritz Lang, ambos vieneses, llegados Hollywood casi al mismo tiempo. Sin entrar en la influencia que en ambas pueda existir de la cultura europea de ambos directores, sí es cierto que en ellas se aprecia un gran interés por hablar sobre los sueños y la realidad, sobre la posibilidad de usar el cine como medio para jugar con ambos conceptos, sobre la fascinación y la obsesión por lo prohibido. Si la película de Lang acaba poniendo entredicho todo lo visto hasta el final cuando se descubre que la narración ha sido un sueño que nace de las pulsiones de un hombre cuya vida se antoja plana y aburrida, necesitado de emociones, la de Preminger posiblemente va más allá cuando, casi mediada la película, la supuestamente asesinada Laura Hunt (Gene Tierney) surge ante el detective McPherson (Dana Andrews) cuando éste despierta de un sueño y descubre ante él como la mujer cuya muerte investiga y que le ha llevado en poco tiempo al terreno de la obsesión se hace real. Entonces, Laura toma otro sentido, porque ya no es sólo una investigación (pues sigue habiendo un cadáver) sino también la relación que se establece entre el detective y su objeto de deseo. Preminger visualiza el instante con una magnífica elegancia, sin jugar a la posibilidad de que esa materialización de Laura sea producto de un sueño y, por tanto, irreal.
Para Jonathan Rosembaum existen tres lauras antes de que la Laura real aparezca: la creada por Waldo Lydecker (Clifton Webb) al narrar a McPherson su relación con Laura a través de unos concisos flashbacks, la que el propio detective va creando mediante la fascinación que ejerce la figura de Laura (concretada en un retrato de Laura en un cuadro, otra coincidencia con la película de Lang: Alice (Joan Bennett) surge en el sueño Richard (Edward G. Robinson) como la materialización de un retrato que éste ha visto) y la que el espectador se va creando a través de las dos imágenes anteriores. Todas esas lauras no se anulan cuando la real irrumpe en pantalla, sino que toman forma en ella. La investigación continúa su curso, sin embargo, acaba importando más las relaciones que se establecen entre los personajes que la resolución de la trama (genial al final). Preminger fue siempre un director que cuidaba la puesta en escena (algunas veces con más acierto que en otras, por supuesto), pero también prestaba gran atención a los personajes, a su posición dentro del encuadre, a la relación que se establece entre ellos y con el decorado. De ahí esas secuencias de gran sencillez formal pero que esconden en su interior una gran complejidad dados los brillantes diálogos de la película (sobre todo por parte de Lydecker) y las actuaciones de los actores (es importante, en visionados posteriores, atender a las miradas, movimientos y posicionamiento de los actores, más que cuidados). La aparición de Laura varía la investigación, la lleva hacia otras direcciones, pero parece importar más en tanto a lo que afecta a su relación con Lydecker, McPherson y, en menor medida, con Shelby Carpenter (Vicent Price), su prometido.
Al igual que Lang en La mujer del cuadro, aunque con intenciones y modos diferentes, Preminger utiliza la investigación criminal como fondo para exponer una historia de fascinación ante una mujer, aunque en el caso de Laura no se la pueda considerar una femme fatale en toda regla como si sucede con la protagonista de La mujer del cuadro. En verdad, McPherson, encuentra de alguna manera una cierta salvación cuando Laura entra en su vida. Pero hay siempre algo abismal y siniestro en su relación, al igual que con Lydecker, quizá porque éste siente que Laura le pertenece como su creación, quizá porque McPherson, en realidad, se enamora de una muerta antes de que ésta renazca al despertar. Pero Preminger no enfatiza lo anterior, sino que deja que sean los personajes quienes vayan creando las tensiones que nacen entre ellos visualizándolo a través de un estilo cristalino y en unas secuencias que han originado que en más de una ocasión se haya atacado Laura como una película teatral, algo que no deja de tener sentido aunque no tenga que ser especialmente negativo, porque una mirada atenta a la película de Preminger constata cómo éste ha cuidado con detalle cada encuadre, cada movimiento de cámara, casi imperceptibles pero de gran relevancia en todo momento, para crear una película estructurada casi a la perfección y que consigue transmitir la fascinación de los personajes para que los espectadores la hagan suya.