Como es sabido, Le silence de la mer (1947) supone el principio de muchas cosas: no sólo de la carrera de Jean Pierre Melville —si no tenemos en cuenta un cortometraje anterior que apenas tuvo distribución— sino sobre todo de una forma de hacer cine, un cine hecho con libertad, mucha pasión, un enorme talento…y poco más. La película fue rodada con un presupuesto ínfimo, sin tener los preceptivos permisos sindicales y sin tan siquiera comprar los derechos de la obra en que se basa. Lo de “película kamikaze” con que Martin Scorsese ha descrito algunas de sus obras se queda apenas en un juego de niños al lado del debut de Jean Pierre Melville.
Le silence de la mer narra la obligada convivencia del teniente alemán Werner von Ebrennac con un anciano y su sobrina, en cuya casa se aloja el teniente durante algunos meses de la Ocupación de Francia por las tropas alemanas. El anciano y su sobrina deciden no dirigirle la palabra en ningún momento a von Ebrennac, comportarse como si no existiera, a pesar de lo cual éste conversa todas las noches con ellos en unos repetidos monólogos que lo van relevando progresivamente como un hombre sensible y cultivado, que cree ingenuamente que la invasión alemana en tierras francesas es el primer paso de una futura armonía entre ambos pueblos. En un viaje a París, Werner descubrirá los horrores del nazismo, la existencia de los campos de exterminio, tras lo cual decide partir suicidamente hacia el frente y despedirse de sus involuntarios anfitriones, único momento en que, por fin, encontrará respuesta por parte de éstos: “adiós”, le dirá, conmovida, la sobrina —es una verdadera lástima que Melville sintiera la necesidad de subrayar este momento acercando la cámara al chal de la muchacha, en el que están grabadas dos manos a punto de unirse, al modo de las de Miguel Ángel—.
Le silence de la mer, pues, es un film conducido por dos voces narrativas: los monólogos de Werner, por un lado, y la voz en off correspondiente al narrador del libro, el anciano, por otro. Como vamos viendo, Le silence de la mer está articulada por una serie de múltiples desencuentros: dos voces narrativas —la de Werner y la del anciano— que no se encuentran; un hombre y una mujer en que secretamente va naciendo el amor pero que no sólo no se tocan sino que tan siquiera se cruzan la mirada, hasta el citado momento de la despedida, momento crucial que Melville subraya con un primerísimo plano de los ojos de la sobrina, certificando definitivamente que tal vez Le silence de la mer sea la historia de amor más misteriosa, y también la más triste, de la historia del cine; dos países que, a pesar de su enorme acervo artístico y cultural, no pueden evitar el enfrentamiento; sin olvidar el desencuentro entre la visión romántica de la guerra por parte de Werner y la terrible realidad del genocidio nazi.
El origen primero de la película está en el interés de Melville por adaptar la obra de Vercors (pseudónimo de Jean Bruller), escrita durante la Ocupación y publicada clandestinamente, un deseo nacido desde que la leyera en Londres, aún durante la guerra. En la base de la película (y, previamente, de la obra de Vercors) se encuentra una inmensa metonimia: hablar de la Ocupación centrándose en la convivencia entre tres personajes en una pequeña casa rural. De hecho, las peores secuencias de la cinta son las que transcurren en París, cuando Werner descubre la iniquidad de los nazis, no tan sólo por inverosímiles, sino sobre todo por carecer de la sutileza característica del film, de su recóndita belleza. Melville ofrece un retrato del período de la Ocupación —al que volvería en Léon Morin, prêtre (1961) y El ejército de las sombras (L`Armée des ombres. 1969)— sorprendente por su valentía y su prístina voluntad de desmarcarse de triunfalismos o visiones maniqueas. Aún hoy admira que Melville decidiera hacer un film sobre ese tiempo —durante el cual el propio director había luchado en la Resistencia— centrándose en un teniente alemán que, lejos de estar dibujado como la pura encarnación del mal, es mostrado en toda su complejidad, como un ser humano antes que como un estereotipo. Es en este sentido que Le silence de la mer se descubre, también, como una adaptación muy encubierta de La bella y la bestia —paralelismo sugerido, de hecho, por el propio Werner en uno de sus incansables monólogos—, cuento ya adaptado por Jean Cocteau un año antes, un autor cuya influencia es bien patente en la película de Melville y al cual éste adaptará, no en vano, tan sólo tres años después en Los niños terribles (Les enfants terribles. 1950): la opera prima de Melville es la historia de un fantasma que se convierte en hombre —a ojos del tío y de su sobrina— y de unos hombres, los compañeros de Werner, entre ellos su mejor amigo, que se convierten en monstruos —a ojos, al fin abiertos, del oficial alemán—. La historia, en definitiva, de dos descubrimientos paralelos, el de lo mejor y el de lo peor que hay en los seres humanos, ambos cuando ya es demasiado tarde. Y ése es el último desencuentro de la película. Y el más atroz.