El sueño eterno (The Big Sleep. Howard Hawks, 1946)

Por Antoni Peris i Grao

Mullholand Drive

En cierto modo la trayectoria de Howard Hawks oscila entre el ritmo frenético (Bringin’up Baby, His girl Friday, Scarface, Río de sangre, Rio Bravo) y la distensión, presente aun en películas de acción (El sargento York, To have and have not, Red River, Los caballeros las prefieren rubias, Hatari, Eldorado, Río Lobo). Su fama, su prestigio, también van y vienen de América a Europa en el trecho que lleva de Hollywood a Cahiers de Cinema, revista que le reivindicó bravamente como autor en la década de los 50. Es curiosamente en la actualidad cuando su fama parece haber aflojado, algo lastrada por el recuerdo de una misoginia intermitente (de las mujeres decididas pero comparsas del macho dominante a las fulminantes composiciones de Kate Hepburn o Rosalind Russell en las screwball comedies) y las composiciones monolíticas de un John Wayne cuyo registro con Hawks resulta mucho más unidimensional que en las cintas con Ford.

De toda la trayectoria de Hawks, El sueño eterno es una de las cintas que mejor resisten el paso del tiempo. Si tengo que explicarla ahora, me resultaría harto difícil hacerlo en breves líneas, pese a haberla contemplado numerosas ocasiones. Aunque es harto conocida la anécdota en la que el director confesó no haber entendido nunca el guión, no hablamos de ningún argumento elemental sino de una elaboradísimo laberinto redactado a múltiples manos por Leigh Brackett (que colaboró con Hawks en el guión de los western y también en la versión de El largo adiós, otra obra de Raymond Chandler que rodaría Robert Altman en 1973), Jules Furthman (colaborador de Von Sternberg y también de Hawks en Only angels have wing, To have and have not y Río Bravo) y el mismísimo William Faulkner. Un argumento casi shakespeariano que habla de asesinatos, de arribismo, de lealtad y traición, de honestidad y valentía, de celos y amor.

No hay, pues, necesidad de recorrer una trama que lleva al inefable Philip Marlowe de sus helados gimlet a los brazos de las herederas Sternwood a través de numerosos giros argumentales repletos de mezquindad y miserias humanas. Por que lo realmente importante en El sueño eterno son precisamente esta serie de giros argumentales y el modo en que Hawks los imagina, es decir, los lleva a imágenes. El sueño eterno podría ser la prefiguración de los thriller de Lynch, cintas sin argumento real, con la aparencia genérica del “noir”, pero que revisan en realidad un camino a través del infierno. En esta pesadilla en blanco y negro, Marlowe es el Virgilio que cruza el Hades en un Los Angeles post bélico y que descubre la cara oscura de una sociedad opulenta. Es el dolido testimonio de la decadencia de un modo social, el espectador activo que ve como los Eddie Mars y Canino desplazan drásticamente a los valientes pero indefensos Jones o a los viejos coroneles, no tanto por sus propios méritos o capacidades delictivas como por la connivencia con lo más venal de la sociedad, encarnado en la cara oscura de las hermanas Sternwood. Hawks da a la historia un estilo que oscila entre el romanticismo y el cinismo, un estilo ya presente en la novela de Chandler (que, de hecho, acabará casando a su duro personaje en una novela posterior) pero que se destaca más en imágenes, en parte por que la opacidad argumental favorece el tono, en parte por la figura de Bogart que, en uno de sus grandes papeles, borda el carácter que ya presentara en Casablanca y en Tener y no tener.

Clásico del cine negro en la década más rica de este género (junto con Killers de Siodmak, Detour de Ulmer, Out of the past de Tourneur, El tercer hombre de Reed, Call northside 444 de Hathaway, Notorious de Hitchcock o White Heat de Walsh), El sueño eterno seguirá fascinando por esas calles nocturnas de textura fantasmal, por la permanente sensación de peligro que acecha a Marlowe y Vivian, por la austeridad (casi ascetismo) de las escenas de violencia y, sobre todo, por un continuo y desasosegante tono onírico que Hawks imprime, un aspecto común de varias de los citados referentes del género negro.