Capaz de mantener el tono intimista incluso dentro de las más gigantescas producciones, el cine que el británico David Lean (el cual siempre me ha interesado por igual en cada una de sus etapas —entre las que, sinceramente, no observo demasiadas diferencias de fondo— y, sobre todo, ha logrado conmoverme, aunque no estemos hablando de un cineasta especialmente recordado o apreciado últimamente, por desgracia) llevó a término en muchos de sus films supone una profunda indagación en las emociones humanas, y particularmente en su vertiente más compleja e incluso contradictoria. El carácter rígido de la moral británica tradicional (que tanto agradaba a Schopenhauer e irritaba sobremanera a Nietzsche) le sirve a Lean como muro de contención para las pasiones que en un momento dado llegan, siquiera en forma de destellos, a desatarse en sus películas, y que, en el caso de The Passionate Friends, fechada en 1949, terminan, como ocurre en la vida misma, ahogadas en favor de salvar ciertas apariencias sociales de "decencia" o "formalidad". Se trata de una adaptación de una novela homónima (y no-fantástica) de H. G. Wells, de la que en principio iba a encargarse Ronald Neame, desbancado, parece que no mediante buenas artes, por Lean, y finalmente productor de la película.
La puesta en escena del director de Ryan’s Daughter, minuciosamente elaborada, parece encontrar siempre el mejor modo de hacer brotar la emoción de los personajes y las situaciones. De hecho, el trabajo de montaje busca lo que podríamos calificar como "suspense emocional", ya que resalta siempre el estado anímico y sentimental (ahondando en él) de las criaturas que desfilan por la pantalla, dentro de una historia cercana a la novela rosa (sólo argumentalmente, no en el tratamiento, pues en el film de Lean el ambiente de las “altas esferas” termina asfixiando cualquier destello de vida, de felicidad) centrada en la indecisión de Mary (la evanescente Ann Todd, por entonces unida sentimentalmente a Lean), entre continuar casada con Howard Justin (el siempre extraordinario Claude Rains), hombre que le ofrece riquezas y la seguridad de un matrimonio rutinario, o marcharse con Steven (el no menos excelente Trevor Howard), hombre hacia el que siente una irrefrenable pasión amorosa.
Haciendo buen uso de recursos habituales en su cine (como los flashbacks, o la iluminación de los ojos de un actor permaneciendo el resto de su rostro en semioscuridad), evitando los excesos dramáticos (algo notable ya en films anteriores como This Happy Breed o Brief Encounter), mas sin dejar de conmover profundamente, Lean logra que la mayor parte de las situaciones, cuyo hilo conductor es tan sólo pasional, pues no hay tramas ni mcguffins de otro tipo, se vean envueltas en una admirable atmósfera romántica, que parece impregnar de emoción incluso a las estancias en las que transcurren y a los objetos que se encuentran en ellas. Hay momentos inolvidables: El raro clima de la fiesta de fin de año; el posterior instante en el que Mary, en la cama, reflexiona sobre lo que ha ocurrido mientras su marido duerme; el descubrimiento del engaño por parte de Howard (a Lean, siempre elegante, le basta con insertar un plano con dos butacas vacías en el teatro; el impecable hacer de Rains se encarga de redondear la secuencia); el viaje en teleférico cuando Mary y Steven vuelven a estar juntos, con cierto sabor germánico y diálogos magníficos (ella le dice que, durante los años de su separación, le buscó en la guía telefónica; son ese tipo de cosas pequeñas que demuestran un amor sublimado y mantenido en el tiempo... —cf. Letter from an Unknown Woman, de Ophüls —); la secuencia en la que Mary corre para despedir a Steven desde el balcón de la habitación, mientras Howard, que ya ha descubierto (de nuevo de manera elegantemente filmada: a través de la etiqueta del equipaje) la presencia de su rival, la observa indignado; o la confesión final de Howard, que su mujer no llegará a oír.
Los anteriores no son los únicos instantes memorables de la película. Ahí está, sin ir más lejos, el final de la misma, tan sórdido como los de The Bridge on the River Kwai o Lawrence of Arabia (o el de Doctor Zhivago), y tan descorazonador o más que el de Brief Encounter, pese a su apariencia redentora y de salvación de la institución matrimonial. Cuando Mary, junto a las vías del tren, decide, en última instancia, no emular a Anna Karenina y apartarse del camino del expreso, sabemos que le espera una existencia poco prometedora al lado de su marido, una agonía vital que resulta más dramática que el suicidio, del cual no es sino una forma prolongada. Sólo hay que fijarse en cómo reacciona cuando él le dice «Vámonos a casa» mientras, en la pared situada tras ella, destaca un anuncio de cerveza Guinness en el que podemos, leer el eslogan: "Keep Smiling". Una triste ironía con la que culmina una gran (y triste) película.
La alusión no es casual: Observo ciertas afinidades —acompañadas de sus respectivas diferencias, claro— entre el cine de Ophüls y el de Lean, como ya expresé en mi artículo Cineastas y mujeres (MdC nº 54, 2006)