Utamaro (Minosuke Bandé) es un artista genial e independiente, ajeno a tendencias y dogmas académicos, sin atender a las servidumbres del orden establecido —«yo pinto sin temor al poder y a la espada», exclama—, concentrado en la consecución de un ideal de belleza artística casi inalcanzable. Sus mayores faltas en este sentido —no en vano, es condenado a pasar cincuenta días esposado, sin poder pintar (¡), debido a que sus grabados han ofendido al Shogun...— son dos: la analogía que traza entre una idea casi mística de la belleza, y la belleza de una mujer —ante la disconformidad de la élite artística, incapaz de asimilar tal exceso de antropoformismo—, y que sus modelos sean, precisamente, cortesanas, prostitutas y geishas, las habitantes del Mizu-shobai (Mundo Flotante) —es decir, las víctimas de la marginalidad y de la pobreza—, cuyos retratos no son realistas, sino representaciones idealizadas, inmateriales, ejecutadas con un dibujo muy expresivo.
Utamaro y sus 5 mujeres no es una biografía sobre el célebre pintor Kitagawa Utamaro (1753-1806), miembro destacado del movimiento Ukiyo-e (pinturas sobre el Mundo Flotante), arte pictórico que plasmaba escenas de teatro, actores y prostitutas del famoso barrio de Yoshiwara, en Tokio, y que fue muy popular entre los siglos XVII y XIX. Por el contrario, y en la línea de su mejor obra, la película de Mizoguchi es un maravilloso melodrama rodado de forma tan distante como conmovedora. Ceremoniosos travellings se combinan con largos planos-secuencia sin apenas montaje; en consecuencia, los primeros planos escasean, y solamente los dedicados a dos mujeres rompen la norma: el de la bella Oman (Tsukie Kusojima), vista por Utamaro mientras pesca, y el de Okita (Kinuyo Tanaka), la desdichada joven que, tras asesinar a su novio y a la amante de aquel, solloza amargamente antes de entregarse a las autoridades.
De alguna manera, Utamaro y sus 5 mujeres ilustra las ideas que sobre el cine, sobre la poética del arte en definitiva, tenía Kenji Mizoguchi: la perfección técnica sumada al estímulo plástico de la belleza femenina por parte de un «adorador de las mujeres», en acertadas palabras del crítico Audie Bock, cuya fascinación llega a ser un fin en sí mismo. De ahí que la película posea uno de los momentos de cine más extraordinarios de la obra de su autor: el bellísimo travelling que sigue el vacilante paso de Utamaro, como si estuviera abrumado por una visión, acercándose a la estancia donde la cortesana Takasode (Toshiko likuza), que espera ser tatuada, semidesnuda de cintura para arriba, con el kimono resbalándole sensualmente desde los hombros... Y, acto seguido, aquel instante rebosante de un sutil y sugestivo erotismo, en el que Utamaro, hechizado por la pálida y tersa piel de la geisha, pinta un hermoso retrato sobre su espalda: el gesto delicado, casi voluptuoso, del pincel al ejecutar su trazo, la mirada absorta de Utamaro, la pose provocativa de Takasode, la admiración contenida de los amigos y discípulos de Utamaro contemplando cómo trabaja el maestro...
© Publicado originalmente en Dirigido por nº 340, diciembre 2004