Cuando en 1957 Delmer Daves acomete El tren de las 3:10 (3.10 to Yuma), la peripecia de Dan Evans, un pequeño granjero al borde de la ruina debido a la ausencia de lluvias y a no disponer del dinero suficiente para pagar el derecho a usar las aguas de un arroyo vecino, y del forajido Ben Wade, jefe de una peligrosa banda, se transformaba a lo largo del relato en una fábula moral que acababa adquiriendo resonancias casi metafísicas. Si en principio, las razones para que Dan asuma la custodia del temido bandido Ben Wade, hasta introducirlo en el tren que lo lleva a Yuma para ser ajusticiado, son de naturaleza monetaria —esta tarea le proporcionará los 200 dólares que precisa para tener derecho al uso del agua—, llegado determinado momento estas razones resultan intrascendentes —cuando la situación se torna demasiado peligrosa, Butterfield, el propietario del oro robado por Wade, le asegura esa suma, aunque renuncie a su misión— y el asunto se convierte en una cuestión de honor para Dan, en la oportunidad de rehabilitarse a ojos de su mujer y sus hijos, y ante sí mismo. El tren con llegada a las 3:10 asume de esta forma los rasgos de un destino inexorable, de aquello que llega a nuestras vidas y sabemos que no podemos eludir, que nos va a decir quiénes somos realmente. Cumplida su misión, con la colaboración del propio Wade, que demuestra así el respeto profundo que siente por el tenaz e integro comportamiento de Dan, una casi bíblica tormenta cae sobre las áridas tierras en que se ha desarrollado el relato. Momento culminante, pues, de los perfiles parabólicos, palpablemente religiosos, que atraviesan la película, recompensa de la superación por parte de Dan de la tentación del Mal que Wade, pero también Butterfield, representa —tema caro a los westerns de Daves—, definitiva encarnación en la Naturaleza, de perfiles casi panteístas, del conflicto humano que hemos contemplado, pero que también adquiere modulaciones lúcidamente irónicas: al fin y al cabo, el que ha obrado el milagro ha sido el malvado Wade y, además, esa salvadora, purificadora, lluvia no hace sino certificar que todos los padecimientos que ha pasado Dan para llevar a término su misión han sido finalmente inútiles, que eran sólo una excusa para que Dan —y también Wade— pudieran demostrar su esencial dignidad; el rostro de la tentación del Bien, en este caso, que se ha interpuesto en el camino de ambos y que no significa otra cosa que el respeto a uno mismo. Lo importante, pues, ha sido un mutuo proceso de comprensión y reconocimiento en el otro: Wade es la otra cara de Dan, y a la inversa; la dualidad y contradicciones de cualquier ser humano, más allá de maniqueísmos. En esta fértil comunión de pragmatismo, del deseo de mantenerse férreamente pegado a la tierra —tan magníficamente captada por la cámara de Charles Lawton, jr— y, por otro lado, de la necesidad de mostrar las complejas ambigüedades morales de los personajes y de sugerir las implicaciones simbólicas de sus relatos, en la fusión de fisicidad y abstracción, extrae el cine de Daves, y en particular sus westerns —o algún otro film excelente, como Pride of the Marines (1945)— sus mejores compases.
En el remake que cincuenta años después dirige James Mangold (3.10 to Yuma. 2007) el famoso tren de las 3:10 llega tarde. Es una broma de los guionistas, es cierto, pero una broma que nos ilumina magníficamente, junto con el inmediato desenlace, sobre la verdadera naturaleza de esta nueva versión. Mangold y sus colaboradores en el libreto sustituyen los rasgos metafísicos y morales que adquiere finalmente el trayecto físico de Dan y Wade en el original por la trivialización y la narración de una vulgar historia de buenos y malos. Uno tiene la intuición de que a los responsables de la película el guión original de Halsted Welles, según un relato de Elmore Leonard, les parecía demasiado introspectivo para los tiempos que corren en el cine americano, y buena parte de sus empeños van encaminados a espectacularizar innecesariamente la trama —las mejores muestras de ello, seguramente, las encontremos en la escena desarrollada en una mina o en el asalto inicial a la diligencia— y, lo que es peor, a despojarla de su enriquecedora ambigüedad moral: en el film de Mangold, Dan muere a pie del tren, tras lo que Ben Wade masacra cruelmente a su banda y se introduce voluntariamente en el vagón del tren que lo lleva a Yuma. En esta necesidad de redimir al personaje de Wade los responsables de la película demuestran indefectiblemente que no han comprendido en absoluto —o no han querido hacerlo— no ya al personaje del bandido sino la complejidad moral de esta historia. Si en Daves, la frontera entre el bien y el mal apenas se distinguía, en la versión de 2007 ya no es que existan unos representantes claros del mal —los integrantes de la banda de Wade—, sino que la necesidad de castigarlos brutalmente que demuestran Mangold y sus guionistas, para satisfacción de los espectadores más mezquinos, introducen a la película por la senda ya no del maniqueísmo más simplón sino que justifican, al menos para el que suscribe, el sentimiento de repugnancia que le genera tal desenlace y la ruin visión del mundo y de las relaciones humanas que se esconde tras él. Aunque probablemente no sería justo extraer conclusiones excesivamente simplistas de la comparación inevitable de ambas versiones, y considerar de este modo a Daves como un grandísimo director —aunque a veces esté cerca de serlo, como en esta película, su carrera es realmente muy irregular— y a James Mangold como un chapucero de la realización cinematográfica —se aprecia en su film el deseo de hacer una película digna de su precedente, pero el director de Identidad carece de la suficiente personalidad como para no sucumbir a las servidumbres de cierto cine mainstream—, lo que me parece indudable es que Daves es infinitamente superior a Mangold al menos en un aspecto: en la profunda y honesta comprensión de las aristas más complejas de sus personajes.
En esencia, sin embargo, el recorrido argumental que efectúa El tren de las 3:10, versión de 2007, se acoge al que cincuenta años antes seguía el de la película dirigida por Delmer Daves. Pero si algo diferencia a ambos filmes —además de las trascendentales divergencias ya señaladas— es la diferente sutileza de su escritura: en el film de Mangold se advierte un afán de explicitud, de dejar las cosas suficientemente claras, que sin duda le resta belleza a esta nueva versión. A ello obedece, indudablemente, una de las pocas modificaciones importantes —además del señalado final— del guión de esta versión respecto al original: así, la presencia del hijo de Dan en la segunda parte de la película responde a esta intención de subrayar la verdadera motivación del comportamiento de Dan, la de redimirse a ojos de su hijo, que lo considera un cobarde.
La política del remake tiene muy mala prensa en la actualidad, olvidando tal vez que forma parte de toda la historia del cine —por no hablar de la literatura: no es preciso recordar la obra de William Shakespeare, nada menos— y que lo importante no son las historias sino su formalización, su escritura fílmica. Así, creo que esta práctica del remake en sí no tiene nada de pernicioso ni debiera justificar posturas ramplonamente nostálgicas. Lo importante es valorar los resultados derivados de esa práctica, y ahí es donde El tren de las 3:10, independientemente de los valores de su predecesora, es una película que no nos mueve ni a la descalificación total ni, tampoco, desde luego, al más mínimo entusiasmo.