56 Festival de Donostia (ed. 2008)

Por Carles Matamoros & Manuel Ortega

Palmarés

  • Concha de Oro al mejor film: Pandora's Box , de Yesim Ustaoglu (Turquía-Francia-Alemania-)
  • Premio Especial del Jurado: Asbe du-pa / Two-legged horse, de Samira Makhmalbaf (Irán-Francia)
  • Concha de Plata al mejor director: Michael Wintterbotom por Genova (Inglaterra)
  • Copa Volpi a la mejor actriz: Melissa Leo por Frozen River, de ourtney Hunt (EE.UU.) ex-aequo con Tsilla Chelton por Pandora's Box
  • Concha de plata al mejor actor: Óscar Martínez por El nido vacío, de Daniel Burman (España)
  • Premio del Jurado al mejor guión: Benoît Delépine y Gustave Kervernpor por Louise-Michel, de B. Delépine y G. Kervernpor (Francia)
  • Premio Altadis Nuevos Directores: Li mi de cai xiang / The Equation of Love and Death, de Cao Baoping (China-Hong Kong)
  • Premio Horizontes: Gasolina, de Julio Hernández Cordón (Guatemala)
  • Premio FIPRESCI: Tiro en la cabeza, de Jaime Rosales (España)

::subir::

Carta 9: Desde Barcelona, 27 de septiembre

Amigo Lolo,

Desde Barcelona también se ven las cosas diferentes. Aunque la morriña, la resaca y el recuerdo de lo vivido en Donostia me asolan aún mientras intento volver al mundo real. Por mucho que no sean más que burbujas temporales, los festivales de cine tienen eso. Te dejan en un estado de plenitud y cansancio, de mareo y ensoñación. Tampoco es cuestión de preocuparse demasiado por ello. La recuperación total de ambos puede esperar unas semanas. Sitges empieza (literalmente) en cuatro días y pienso que ni tú ni yo tendremos tiempo de adaptarnos del todo a los quehaceres diarios antes de volver a las andadas cinéfilas.

Entrando ya en materia, lamento comentarte que no te perdiste demasiado en la última jornada del certamen. No es que esperase mucho de Daniel Burman y Kim Ki Duk, pero sus nuevas películas poco ayudaron a reflotar una sección oficial que se cerró sin pena ni gloria (no coincido contigo con Camino; aunque agradezco, eso sí, la osadía de Fesser en esta propuesta fallida) y que me dejó con un mal sabor de boca final. Es difícil elegir entre El nido vacío y Bi Mong (Sueño), pero, más por buena voluntad que otra cosa, me quedo con la sencillez de la primera ante los instintos suicidas de la segunda. ¿Qué pretende ser el filme argentino? Pues una original (y onírica) reflexión en torno a la madurez (o al inicio de la decadencia física) de un escritor que ve como sus hijos dejan el hogar y su mujer pierde el interés por él. ¿Qué es en realidad? Un refrito de Paul Auster y Woody Allen que funciona a ratos, pero que nunca llega a atrapar del todo. Monopolizada por el decaído rostro de Óscar Martínez (Concha de Plata en el discutible palmarés), la película alcanza sus mejores momentos en un par de números musicales realistas que se incorporan con naturalidad al relato y enriquecen una ficción que, por lo demás, es verborreica y previsible. No destacan tampoco ni una realización académica ni una fotografía descuidada (incomprensible que hayan premiado el filme por ello) y sólo la ironía y el buen pulso narrativo del cineasta salvan la función del completo sopor. Definitivamente, Lolo, el director de El abrazo partido no ha firmado una gran película.

foto

Tampoco lo ha hecho el coreano Kim Ki Duk con Bi Mong (Sueño). Quizás el peor filme de toda su carrera y la pieza más floja (junto a la de Makhmalbaf) de todas las que competían este año por la Concha de Oro. No seré yo el que diga que el director de Hierro 3 se ha pasado la vida vendiendo neveras a esquimales. Pero películas como ésta no hacen más que dar razones a los que consideran a Kim un farsante sin talento que antaño supo camelar a la cinefilia mundial con su presunta poesía budista y extrema. Sigo pensando que Samaritan Girl o La isla son filmes arrebatadores e incluso considero que, tras los fiascos de El arco y Time, un trabajo tan desigual como Aliento recuperaba a un cineasta vivo dispuesto a escapar de los caminos más trillados de su filmografía. Nada de eso sucede en esta Bi Mong (Sueño); un filme renqueante que, tras un planteamiento original, decae pronto en un esquematismo argumental ciertamente molesto que se acentúa por una puesta en escena roma y vulgar (sólo así se puede calificar el recurso barato de la cámara lenta y desenfocada que el director coreano emplea para las escenas oníricas). La primera hora del filme se me hizo soportable gracias al sentido del humor autoparódico y a lo marciano de la propuesta. Pero, en los treinta minutos restantes, no supe dónde ponerme y me planteé seriamente abandonar la butaca. Y es que la deriva final hacia la autoflagelación no hay por donde cogerla y más cuando Kim pretende darle un aire trascendente (mediante el uso de la música) a un relato sin pies ni cabeza. No sé, Lolo. Incluso los más fieles seguidores del coreano salieron desconcertados del cine. Mala señal, amigo.

Aunque lo más desagradable del último día en San Sebastián no fue ver estas dos películas sino escuchar el palmarés de la sección oficial. Uno de los más injustos y políticamente correctos que se recuerdan por estos lares. Recibido con silbidos, el presidente del jurado Jonathan Demme confirmó lo que ya se había filtrado horas antes; que Pandora's Box era la ganadora y que El caballo de dos patas se llevaba el gran premio del jurado. Supongo que estos dos galardones desconcertantes a nivel cinematográfico (hubo un comprensible abucheo general en la sala de prensa) sólo se explican por la temática comprometida de las propuestas citadas. Ya te hablé (no demasiado bien) de ellas en cartas anteriores, pero me irrita ver como se encumbran títulos menores como estos y se olvida (en todo el palmarés) una película tan redonda y exquisita como Still Walking. Será porque el filme de Koreeda se limita a ser deslumbrante y cercano sin necesidad de hablar de la miseria, del alzheimer o de ningún otro ítem social. Una lástima, vamos. Con que el director japonés hubiese incluido (por decir algo) la violencia de género en su complejo relato familiar hoy tendría un premio del certamen donostiarra en sus manos. Así van las cosas por aquí. No te quepa la menor duda.

Pero, bueno, tampoco es cuestión de lamentarse. El tiempo dará y quitará razones y yo, por mi parte, dejo San Sebastián muy satisfecho. No sólo por las muchas buenas películas que he visto sino también por la grata compañía y por algunas fiestas gastronómicas (o no) que pude disfrutar en los últimos días de mi estancia. Como ves, Lolo, no sólo de cine vive el hombre.

Un efusivo abrazo de despedida,

C.M.

::subir::

Carta 8 - Desde Madrid: 26 de septiembre

Carles,

Desde Madrid todo se ve con distinta perspectiva. Uno se hace a estar rodeado de cine, de aficionados y de críticos y luego en la gran urbe crees que todo el mundo se va a parar a decirte que si Rosales no sé qué o que si Fesser tal y cual. Y luego no es así aunque tampoco es muy diferente, cierto. Volví a mi ciudad de residencia y a las dos horas ya estaba con el director de esta revista (te manda saludos) organizando la cobertura para el festival de Sitges. La espiral seguirá acumulando horas de sueños, sorpresas inéditas y decepciones patentes. Ir al cine casi sin ningún prejuicio, saber cortar la droga
pura de la cinefilia. Supongo que ya se estarán sabiendo los fallos del jurado (siempre he preferido utilizar el preclaro plural en este caso) y que algunos estarán pregonando sus enfados y sus alegrías por los rincones. Yo sólo quiero proclamar que en lo que he visto de festival las películas buenas le han ganado a las malas y que mis amigos y conocidos me miran raro. Pero así, es, querido Carles, tanta crisis pregonada, tanta batallitas entre viejos y niños viejos y tanto pollo avinagrado, no pueden competir con un ramillete variado y feliz de buenos filmes. Uno dos más a todo lo comentado.

El primero, una sorpresa y muy agradable. Camino de Javier Fesser es el punto y aparte del director madrileño dentro de una filmografía tan personal como discutible, fundamentada en una iconografía tan cerrada que a veces se hace obtusa y otras veces se nos antoja indiferente a nosotros y viceversa. En Camino no renuncia a ella pero se atreve a sublimar, con fe y determinación, las líneas maestras de su imaginario: salidas de tono, reiteración de los elementos, libertad creativa incluso por encima de la propia creación, humor físico, dibujo personal de los personajes y personajes que parecen dibujos, visión infantil de conflictos adultos… Todo aquí está al servicio de la historia y no al revés. Y es de agradecer. La película en sí es una especie de "Invasión de los ladrones de almas", un filme de ciencia ficción basado en hechos reales y que transcurre en ese planeta imaginario llamado Navarra. Sólo un personaje es humano pero lo es tanto que no deja de ser un cobarde. Sólo un personaje está vivo pero tiene las horas contadas por una enfermedad mortal. Sólo puedes tener un problema si estás en todas partes y lo puedes todo. Esta película lo explica al mismo tiempo que desarrolla un discurso que está más en
una labor de puesta en escena imaginativa y amiga del detalle, que en un guión que parece haberse escrito de una sentada.

foto

El otro filme que me convenció fue Happy, un cuento sobre la felicidad, la enésima confirmación de que Mike Leigh es un director infravalorado que sigue empecinado en confi/ormar una obra coherente. Su última propuesta se nos presenta como el reverso sonriente de Todo o nada, el contraplano natural de Vera Drake.  Una fabula urbana y obrera donde no falta el príncipe y las perdices, el ogro de buen corazón y el mago que nos dice cosas extrañas a la luz de la luna. La peripecia vital de Poppy (enorme Sally Hawkins) construye un discurso cinematográfico redondo y circular que sabe hacer del lado positivo, el único cristal por el que mirar. Ese cristal a veces se ensucia y todo es turbio, pero Poppy tiene más pañitos que problemas. La dirección de actores es magnífica, el sentido narrativo abrumador, el resultado esperanzador. No es el mejor filme de Leigh pero su filosofía te invita mirar sus defectos con positivismo. Se estrena en cine, Carles, por si no tuviste tiempo o se lo dedicaste a otras propuestas menos felices.

Yo le dediqué cuatro horas de mi vida (o así) a sentirme en un festival. Y lo hice viendo dos películas festivaleras por antonomasia, fisionomía y previsibilidad. Lake Tahoe es como una  de esas canciones de Jarabe de palo en las que se dice tres frases pretendidamente trascendentes y nada más. Luego te da cuenta de que trascendente poco y de que no dice otra cosa que la que está diciendo esas tres frases. Quitando esas tres frases (que son dos, creo, o que no son para tanto, también) la película es de una planicie preocupante en su planteamiento y en su acabado, salpimentada por un gusto impostado hacia lo freak y lo inusual y por una pleitesía exacerbada a unos referentes (Wes Anderson, principalmete) igual de penosos y sobrevalorados. Una cosa trendy cool con fecha de caducidad anterior a la fecha de envase.

Si Lake Tahoe es la típica película de festival chupiguay, Mamá está en la peluquería es más de festival de buenas intenciones. Chupiguay. El filme canadiense es un lánguido melodrama, inane y romo, que no deja de inducirnos al bostezo con cada uno de sus intentos de separarnos de lo trillado. No lo consigue porque está muerto, porque es mentira, porque ciertas cosas sólo han existido en una pantalla de cine y en la mente de José Luis Garci. No me salí de la sala porque soy un profesional. Aunque no cobre.

Luego tenía tres horas para coger el tren y volver a mi cotidianidad de dimes y diretes laborales, sentimentales y mentales. Me alegro de haberte encontrado casi por casualidad, consultando tu guía del festival, preocupado por seguir alimentándote de buen cine. Te convencí para que te alimentaras de otra manera (en forma de menú no muy caro y no muy malo). No tomamos vino que tú luego ya tenías otra película. Yo tomé el último tren hacia Madrid (que no es Yuma pero a veces lo parece).

Un abrazo y hasta pronto,

L.O.

PD: Ayer tuve el placer de degustar uno de mis bocadillos favoritos de todo Madrid. Jamón asado con tomate y mahonesa en Taberna San bruno, calle Toledo, no me acuerdo.

::subir::

Carta 7 - 24 y 25 de septiembre

Querido Lolo,

La sección oficial competitiva es, como diría aquel, regulera. No molesta y no indigna. Tampoco cuestiona ni indaga. Se limita a estar ahí, cumpliendo el expediente. Uno se pasea por las películas que hay en ella relajado, confiado, sabiendo que, por un par de horas, no le queda otra que sentarse en una clase (oscura) donde ya se sabe la lección (cinéfila y vital) de memoria. Quizás, como bien dices, la experiencia no llegue a perjudicar la salud, pero, de vez en cuando, uno espera toparse con un profesor aventajado, con alguien olvidado por las universidades de élite (léase Venecia o Cannes) y dispuesto a revolucionar con maestría al alumnado de críticos y espectadores de San Sebastián. Ése cineasta deseado ha llegado por fin y, tal como confiábamos, ha deslumbrado al personal. Se llama Hirokazu Koreeda y nació en Japón. Su nuevo filme, Still Walking, es una maravilla y pienso que se sitúa un peldaño (o dos) por encima del resto de competidores por la Concha de Oro.

Será por la precisa construcción de la trama, por el naturalismo de las interpretaciones, por la concepción del espacio, por la asombrosa planificación, por el valor simbólico de los objetos, por el complejo retrato familiar o por la emoción alejada de lo melodramático, pero esta película ha generado un feliz (e inaudito) consenso entre los acreditados. Y esto es algo que, en vez de molestarme (ya sabes que no me fio demasiado del pensamiento único), me alegra enormemente. Pues Still Walking merece un recibimiento entusiasta. No estamos, claro, ante una obra maestra (término, por cierto, que cada vez me gusta menos), pero sí ante un delicioso filme neoclásico que recupera el legado de Yasujiro Ozu y lo aplica —tomando, al parecer, anécdotas autobiográficas del mismo cineasta— a un relato del Japón contemporáneo extensible a cualquier familia y sociedad de  ayer y de hoy. Las ausencias y las presencias, la tradición y la modernidad, las heridas y las cicatrices, los padres y los hijos. Todo se encuentra en este filme delicado que no subraya, que no sentencia, que literalmente fluye ante nuestros ojos. Y que, a la postre, te (me) conmueve. No sé si habrá justicia y se llevará algo gordo en el festival, pero sí sé que no deberías perdértelo. Al menos, si se te escapa, podrás recuperarlo cuando se estrene próximamente en España. Veremos si no tarda demasiado. Yo, por mi parte, ya tengo ganas de repetir.

Tampoco me negaría a revisar otra vez Entre le murs, la magnífica nueva película de Laurent Cantet. Ganó la última edición de Cannes y no (sólo) por su temática comprometida. Pues estamos ante una pieza cinematográfica sólida, rigurosa e irrepochable que va mucho más allá del retrato multicultural de la Francia actual. El filme es, ante todo, coherente con su título original —la traducción española, La clase, es inexacta— y su planteamiento formal. El cineasta mete su cámara —atenta, invisible, cercana— entre los muros de una escuela de la periferia de París y desde ahí inicia un intenso (y complejo) recorrido por los conflictos, los miedos, los matices y los puntos de vista que van surgiendo entre alumnos y profesores. El guión literario tiene mucho peso —a veces, algunas réplicas de los adolescentes son demasiado brillantes—, pero el relato desprende una absoluta espontaneidad que contagia a un espectador que asiste al instituto desde una posición privilegiada.  Pese a ello, Cantet no ejerce nunca de demiurgo y no cae ni en la condescendencia ni en el maniqueísmo. Se moja cuando es necesario, pero tampoco ofrece respuestas cuando no las hay. Y, al final, consigue que uno salga del cine dándole vueltas a lo que ha visto, discutiendo sobre las razones de los personajes y preguntándose cómo mejorar la educación. Entre le murs es, además, un título relevante a varios niveles; un trabajo que descubre un espacio donde se discuten los problemas de mañana y donde nacen los ciudadanos del futuro. Ahí es nada, Lolo.

foto

Menos redondas que las dos anteriores, pero también interesantes, me resultaron la palestina Laila's Birthday y la china 24 City. La primera, incluida dentro de la sección oficial, es una producción modesta y breve que, desde la ironía y la ligereza, consigue dar un paseo (en taxi) por la realidad cotidiana de un país donde —más allá del conflicto con Israel— aún está todo por hacer. No voy a negarte que se trata de una película menor, elemental y demasiado obvia en su simbolismo. Pero es también una pieza digna que cumple muy bien con lo que pretende y que no te da lecciones morales. Si tienes tiempo, échale, al menos, un vistazo. Gustó al público y su director, Rashid Masharawi, bien podría llevarse alguna sorpresa agradable en la gala de mañana.

En cambio, el que seguro que no saldrá con premio de San Sebastián es Jia Zhang Ke que ya compitió en Cannes con su nueva película, la muy sugerente 24 City. Presentada ayer en una sesión especial —con el pase también de Cry me a River, el delicioso nuevo corto del director chino—, la película me decepcionó ligeramente. Esperaba una obra extraordinaria (amigos muy fiables, así me la habían descrito) y me encontré con un filme a ratos brillante, a ratos disperso. El responsable de The World sigue mostrándose aquí como el cronista más fiel de las traumáticas transformaciones de su país y deja, tal como suele ser habitual en él, un par de imágenes emblemáticas de este cambio (pienso ahora, por ejemplo, en el tremendo momento en el que se escucha de fondo La Internacionaly se derrumba un edificio comunista). A su vez, da un paso adelante en su caligrafía cinematográfica e indaga (desde el documental y desde la ficción) en la memoria de China a través de los relatos individuales de varios personajes vinculados a una fábrica que pronto desaparecerá para dar paso a un barrio capitalista ultratecnificado. Muy complejo y exigente para con el espectador, 24 City es un filme que nunca consigue ligar del todo sus múltiples elementos y que requiere, al menos, de un segundo visionado para ser apreciado plenamente. ¿Quién sabe? Cuando vi en el Baff por primera vez Naturaleza muerta, no conecté emocionalmente con ella. Al revisarla en casa, se convirtió en una de mis películas favoritas. ¿Me volverá a suceder? 

Con esta duda cinéfila me despido de ti por hoy. Si todo va bien, aún te enviaré otra carta tras el palmarés del sábado. Espero que todo te vaya bien.

Un abrazo,

C. M.                   

::subir::

Carta 6 - 23 y 24 de septiembre

Estimado Carles

Va pasando el tiempo y esto va cogiendo color (el festival, nuestra correspondencia, el hígado colectivo). Siempre es grata una polémica, siempre es positiva la división de opiniones. Lo otro me suena a dictadura o a terrorismo. Lo políticamente correcto o lo correctamente político. El miedo a decir algo diferente amparado en la inseguridad de la propia voz o de un pasado doloroso en el patio del colegio. Ser aceptado es inaceptable cuando no nos aceptamos a nosotros mismos. Por eso no me gustan los corrillos ni el tener que explicarle a todo el mundo por qué Tiro en la cabeza me parece una propuesta fascinante. Suena a coartada, mas no lo es. Suena a boutade pero en ella están las razones. Suena aún en mi retina y lo que te rondaré, moderna.  La película de Rosales es otra visión (esta vez, sí) del conflicto vasco porque simplemente, y por una vez, nos deja mirar a nosotros. Sin intermediarios ni opinadores.  Por eso su mirada es tan rica como  el conjunto de las diversas personas que quisieron mantener la atención ante una propuesta tremendamente rádical y que pedía algo más que la complaciencia, la costumbre y el conformismo habitual del butaquismo ilustrado y no. Entiendo que la gente se salga de la película pero no entiendo que no quieran entrar. Tampoco entiendo que se pueda abuchear, como apuntas, a una maravilla como Tokyo Sonata.

Pero yo vengo hablar de lo que he visto que no es poco ni tampoco tanto. Ya sabes Carles, que yo soy más de Godard que de Truffaut y que prefiero la vida (y  todas sus circunstancias) al cine. Y es que hay que dormir y atender otros vicios (Bruesa 67-TAU 68, emocionante partido en el que equipo local demostró que vuelve con fuerza a la ACB. También es cierto que por los de Vitoria no jugarón sus dos hombres más determinantes: Prigioni y Splitter. Y que Mickeal y Teletovic están muy fuera de forma por diferentes razones) y no empacharnos de la saturación inherente a  la gula cinéfila que a veces es tan dolorosa como dañina. Un festival no tiene porque ser duro por mucho que en su programación pongan una película tan dura como Hunger de Steve McQueen.

Hunger  versa sobre la huelga de hambre que lideró (y en la que pereció) Bobby Sands en 1981 en la cárcel de Maze. Su tono rasgado y su estética dura, pero alejada de la afectación tan cara a cárceles y reclusos/as, conforman una de las visiones más aterradoras y precisas sobre la naturaleza humana y sus prolongaciones culturales (política, filosofía, religión). Dividida en dos bloques de intensidad poco soportable, es vertebrada  por una de esas escenas que dan sentido a una obra y a un autor. Diez minutos de plano fijo donde dos hombres hablan. Una cámara que se espera y que nos demuestra que el movimiento se demuestra afianzando bien los pies en el suelo. Dos actores, una mesa y la sangre. Una maravilla. Sin embargo, y por desgracia, no es perfecta y a veces tiene algún plano más propio de un videoclip (un muro divide frontalmente a los antidisturbios. A un lado todos pegan con saña, al otro uno llora en solitario) que no encaja en el discurso o algún momento lírico-simbólico que abandona el aroma a heces que impregna las paredes de la celda y la pantalla de la sala.

foto

De la sección oficial se está hablando demasiado mal. No sé que pensarás tú, pero a mí no me está pareciendo perjudicial para la salud. Está claro que no es lo mejor, pero creo que nunca lo ha sido y, mientras existan las perlas de Zabaltegui, nunca lo será. Pero se agradece el atrevimiento de presentar una comedia (aleluya) y que ésta sea tan surreal y gamberra como Louise-Michel, una farsa futurista e industrial, donde la crisis, el capitalismo, los asesinos de saldo y la presencia divina del poder y del libre mercado campan por sus respetos. Su punto de partida es atractivo pero acusa (y es de recibo) cierto agotamiento en una trama que se estira entre el absurdo y la sátira social, confundiendo a veces lo insensato con lo incorrecto (pienso en la escena de las torres gemelas o las aventuras de los asesinos terminales).

Luego hice doble parada en dos películas sudamericanas, metiendo la pata una vez y llevándome una sorpresa muy agradable la otra. Lo malo se llamó La mala, una producción para el mercado puertorriqueño, a más gloria de una cantante llamada Lena y con un reparto heterógeneo que mezclabas caras conocidas con otras nunca  vistas.  Nos encontramos con un culebrón familiar, en pantalla grande, de indigestos ingredientes e irregulares resultados. A ratos se salva por la fuerza de algunas interpretaciones, pero se condena por todo lo demás. Por su tendencia a la manipulación emocional y por una filosofía del éxito, bigger than life, que se torna contraproducente con la calidad de lo expuesto.  Amigo Carles, si tienes un momento para verla, aprovecha para irte a la pensión a dormir.

La sorpresa vino desde México firmada por una directora de origen vasco llamada Yulene Olaizola a la que se le ocurrió utilizar a sus propios familiares para hacer la práctica de fin de curso de la escuela de cine. Intimidades de Shakespeare y Victor Hugo es uno de los documentales más atractivos y sorprendentes que este humilde cronista recuerda en los últimos tiempos, una mezcla hilarante de El desencanto y Zodiac de turbador resultado.

Pasado mañana te escribo otra vez. Un abrazo fuerte.

L.O.

PD: Si eres capaz de gastarte 12 euros (una barbaridad, creo) en una copa, no dejes de probar el Gin Tonic del Dickens. Una barbaridad, ya creo.

::subir::

Carta 5 - 22 de septiembre

Estimado Lolo,

Duermo, luego existo. Me lo pedía el cuerpo y le hice caso. No vi una de las películas de la mañana, pero asimilé mejor las otras cuatro de la jornada. El día no estuvo nada mal. Hubo colas y polémicas, silbidos y aplausos. Y también (¿cómo no?) cine estimulante que es de lo que me toca hablar y de lo que te hablaré. Aunque me guardo para otra ocasión los comentarios sobre el público y sobre los famosos corrillos post-sesión. Ahí, nos guste o no, se dirime la valoración primeriza de los filmes controvertidos. La que aparecerá en los periódicos de mañana y la que, en cierto modo, se verá condicionada por lo que digan (si es que hablan) los críticos que suelen llevar la voz cantante. Que opinen lo que quieran. A mí, plim.  

Porque por mucho que la abuchearan algunos, Tokyo sonata es una obra estupenda. La dirige el exquisito director Kiyoshi Kurosawa y te aseguro que no deja indiferente a nadie. Supongo que conoces, al menos parcialmente, la carrera de este prolífico realizador nipón (sí, el responsable de delicatessens fantásticas como Cure o Kairo), pero su último filme en poco se parece a los anteriores. Es un heterodoxo (e irónico) drama sobre la desintegración familiar que va del clasicismo a Ozu, del surrealismo a la poesía. Advierte de los miedos del hombre contemporáneo, de la difícil reconciliación entre padres e hijos, de la llegada de las costumbres modernas a un Japón aún patriarcal. No es, ni mucho menos, una pieza perfecta —hay una media hora desigual en la que Kurosawa abusa de lo retorcido y de lo autoparódico—, pero poca falta le hace. Le basta con ser cine vivo, elegantemente filmado, rico en matices y casi siempre sugerente. Y, ay, tiene uno de esos finales deliciosos que se te quedan adheridos para siempre y que, en cierto modo, te hacen pensar en el genial cierre de Una historia de violencia. Después de la tormenta, la calma. Después del abismo, la esperanza.

foto

Y después de Kurosawa, Jaime Rosales. Y la controversia en toda regla con la película más esperada (y escondida con el mayor de los secretismos) de todo el certamen: Tiro en la cabeza. El destino quiso que el pase del filme coincidiese con un nuevo atentado de ETA y con el comunicado de rechazo del festival. No seré yo quien ligue tales acontecimientos (de eso ya se encargarán otros), pero en la sala se palpaba una cierta tensión acumulada, unas ganas de redimirse de lo ocurrido con la ficción. No fue así. Al menos para la mayoría de los asistentes que mostraron cierta indiferencia por la propuesta que presentó el director de La soledad. Yo, por mi parte, aún estoy dudando. ¿Es Tiro en la cabeza una boutade genial o una tomadura de pelo? Mientras miraba la película, me inclinaba más por la segunda opción. Pero cuando ahora la pienso, no lo tengo del todo claro. Formalmente me resultó una pieza anodina —sin los grandes encuadres esperados—, pero quizás esa fuera la intención de su director. Pues al elegir rodar con un teleobjetivo lejano —no se escuchan los diálogos y apenas el sonido ambiente—, dudo que Rosales buscase la virguería estética sino más bien la captura de una cierta cotidianedad en bruto, desde la posición de un espía. Un amigo me decía que esta osada elección del cineasta —la de guardar las distancias y apostar por el silencio— era la más adecuada para capturar la incomunicación que genera el conflicto vasco y me comparaba la jugada de Rosales con la de Albert Serra adaptando un texto imposible como "El Quijote" en Honor de cavalleria. Es, ésta, una idea conceptual muy potente y algunos defenderán por ahí la película, pero yo, sinceramente, no salí convencido. Quizás Tiro en la cabeza sea un filme suficientemente interesante como para generar debate, pero a mí sólo me atrapó en su tramo final cuando se produce el encuentro visual entre criminales y víctimas. Me temo, Lolo, que quitando ese momento, la película de Rosales se queda en muy poca cosa; en un intento fallido y pretencioso de dar la respuesta definitiva a un conflicto complejo e inabarcable. 

Más convincente me resultó, en cambio, El cant dels ocells, la nueva obra de Serra que —aunque, por momentos (de silencio) lo parezca— poco tiene que ver con la última de Rosales. Mientras el director de Barcelona apuesta por la rigidez del guión en Tiro en la cabeza, el de Girona se decanta por la libertad del rodaje y la fe en el montaje. Mientras el primero trata un tema de inmediata actualidad, el segundo vuelve al pasado en busca de los pioneros. Son dos formas opuestas de ver el cine. Ambas igual de válidas. Pero aquí es Serra el que gana la partida. El cant dels ocells es una película sobre los Reyes Magos tan deslavazada como apasionante, tan bella como delirante, tan profana como sagrada. No funciona del todo (a.k.a. aburre) en el tramo contemplativo de José y María, pero, en líneas generales, la experiencia sensorial merece mucho la pena. Hay algo de misterioso en la búsqueda ingenua de los personajes, en la exquisita iconografía plana y difusa de las imágenes, en la inmensidad de un paisaje abstracto y en el inicio de una religión (el cristianismo) que aún no se ha visto contaminada. No sé si, en próximos proyectos, Serra sabrá filmar a actores que no sean de su pueblo o si se atreverá a contar algo (es absurdo buscar un relato tradicional en El cant dels ocells), pero, por ahora, pocos le pueden discutir su talento. Por mucho que se lo crea demasiado. Tal como demostró en el descacharrante (y altivo) coloquio que condujo después de la película. Vaya personaje. Qué lástima que no vinieras, Lolo.  

Tampoco te vi (¿acaso te has metido en un festival paralelo?) en Pandora's Box, otro de los filmes mediocres de la desangelada sección oficial del certamen. Se trata de una película insulsa, fría, soporífera y de tempo lento. Es mínimamente soportable gracias al buen hacer de la intérprete protagonista —una mujer afectada de Alzheimer—, a la huida constante del sentimentalismo y a ciertos golpes de humor. Pero la directora —la turca Yesim Ustaoglu— nunca sabe encontrar el tono adecuado para su historia que pretende ser un retrato intergeneracional y que acaba naufragando por la dispersión y la morosidad de las secuencias. No disgustó del todo al respetable. Y, tal como están las cosas, quizás se podría llevar algo. Sería una mala señal.  

Mañana, más cine. Y esperemos que mejor. No te canses demasiado.   

Un abrazo,

C.M.

::subir::

Carta 4 - 21 de septiembre

Amigo Carles

El cuarto día. La segunda carta. El mismo sueño (I have a dream, que decía el otro). Un festival agota y más cuando para cada proyección esperas media hora sentado en una butaca rodeado de gente que habla en voz alta sobre bajos conceptos. Intentas no intoxicarte, que en tus oídos necios no entren las palabras sordas, pero en los pases para la prensa todo el mundo intenta dar su opinión de lo que ha visto antes (incluso de lo que no verá después) y todos la quieren dar para que los demás se enteren (supongo que en sus medios nadie lo hace). Pero no sé que es peor, porque a la única sesión que he estado acompañado de público "normal" se me sentó al lado parte de la horda que conforma el jurado joven. Parecían estar más en una disco Light que un festival de Clase A. Cosas del directo… y los directores.

Y de directores de cine, y no de festivales, tuvimos ayer ración completa, amigo Carles. Uno que no acaba de llegar, otro que no acaba de encontrar su sitio y otro que no llegó a la hora de la presentación de su primera película. El primero es el antiguo redactor de Cahiers y escritor de prestigio en Francia, Christophe Honoré, un muchacho aplicado que lo intenta con fruición y sentido de la responsabilidad. La belle personne es como se llama la película a concurso y con las que nos traía una adaptación modernizada de una obra de teatro antigua. O no sabemos si al revés, pero bueno. El resultado es irregular e insatisfactorio aunque aboga por la dignidad en casi toda  las, no demasiado fáciles, soluciones tomadas. Momentos magníficamente resueltos (la canción que canta Otto instantes antes de precipitarse hacia el final) alternan con la misma filosofía (cabizbaja y rechoncha) que motiva ese propio planteamiento. No sé si me entiendes, Carles, pero quizá sí lo hagas si al final te animas a darle una oportunidad que sin duda merece. Desde la escena inicial con sabor a cine clásico (oscuridad y una puerta que se abre) a las interpretaciones juveniles (obviando quizá a un inapropiado Louis Garrel) toda la película rezuma un aíre caliente que se enfría (des)gracias a giros innecesarios y un climax que se pierde entre tantos momentos álgidos y dramáticos. El ying y el yang, la pera de agua y la naranja wachintona. Lo bueno y lo malo de una película triste pero voluntariosa.

Olivier Assayas tras el bandazo considerable de Boarding Gate, más allá de que sea un bandazo sincrónico o diacrónico, vuelve a sorprendernos con su nueva película L'heure de l'été, un ensayo ético sobre el pasado, un thriller sentimental sobre el presente y un cuento moral sobre el futuro. Su sentido del humor y su premisa argumental me trajo a la cabeza la magistral La sonrisa de mi madre de Marco Bellochio, lo que ya es de por sí fue un buen acontecimiento para adentrarme en su esqueleto. Lo que no me convenció ya tanto fue el desequilibrio, no sé si buscado, en la composición de los tres hermanos protagonistas: una desdibujada Juliette Binoche, un esforzado Jérémie Reiner y un cegador Charles Berling. La película a veces avanza a tirones y otras veces nos pasea con un tacto que recuerda al Renoir más campestre y campechano. En definitiva, una obra no sé si a contracorriente pero sí a contrapié, un ejercicio complejo que basa sus matices poliédricos en la sencillez de su esencia: ser parte del legado o vivir el día a día. Y una muestra más para "desencasillar" a un director que quizá no busque ningún lugar que no sea una pantalla de cine

foto

El que no llegó a su cita fue Pablo Larrain (me recuerda a ti, ¡a ver si por fin nos vemos!) pero su película sí que estuvo y lo hizo para añadir un poco de picante y humor negro a un festival donde a veces afloran los buenos sentimientos como las malas hierbas. Tony Manero es un ejemplo de integridad narrativa tanto a nivel formal como conceptual, una película sin concesiones, aunque sí con alguna convención en lo referente a los puntos de inflexión y al tratamiento de la violencia. La historia de Chile a través de un personaje desquiciado o la historia de un hombre perdido a través de un país en plena dictadura pinochetista, construye poco a poco la locura de la veneración a un imagen ficticia de las cosas y a la individualista consecución de los sueños personales pese a quien pese (y mates a quien mates). No sé si la has visto, Carles, pero yo tuve todo el rato la sensación de que estaba en Sitges en lugar de en Donosti.

Lo último que he visto hoy ha sido cine español y la verdad es que tras eso decidí que quizá lo mejor era retirarse a las trincheras de mi pensión de una estrella. El patio de mi cárcel es un funcional y manido drama carcelario que desaprovecha las concienzudas interpretaciones de algunas de sus actrices (Echegui, Pérez y Wagener, sobre todo) y el limitado, pero presente, talento de un guión a veces fresco y a veces rancio. Toda la culpa es achacable a una puesta en escena anodina y al mismo tiempo, paradójicamente, autosuficiente y altiva. Su apuesta queda absorbida por la incapacidad para desarrollar a los personajes, por hacer interesante la subtrama teatral y por el abrazo impúdico a los clichés más sobados y reconocible de cierto tipo de cine y cierto tipo de referentes (la sombra de Almodóvar es más que alargada, obesa y con pelo de señora).

Mañana más. No te metas en bares raros, Carles.

Un abrazo

L.O.

PD: hoy más que un pintxo, un sándwich. El número 6 de la hamburguesería Va bene, en pleno Boulevard. Apoteósico.

::subir::

Carta 3 - 20 de septiembre

Querido Lolo,

No lo puedo evitar. Soy un cinéfilo compulsivo. Por mucho que me quiera frenar, no hago más que devorar una película tras otra. Y esto, admitámoslo ya, empieza a agravar mí maltrecha salud. Aún no sufro del síndrome festivalero (aquél que nace de una suma de sueño, confusión mental y contaminación audiovisual), pero ya no sé en qué día vivo ni en qué calle estoy. Tú, en cambio, pareces bastante tranquilo. Te tomas las cosas con calma y haces bien. Estamos aquí por placer y un zurito en la tasca nunca viene mal para relajarse. Más cuando has tenido una jornada tan intensa como la que yo he experimentado hoy: nada menos que ¡seis películas! en catorce horas.

Tras tal empache, presentarte un balance sería poco menos que temerario. Pero sí me veo capaz de transmitirte unas primeras impresiones sobre los varios filmes que he visto y aún no he tenido tiempo de asimilar. Empezaré por Frozen River, una producción estadounidense que llegaba aclamada por el —no siempre fiable— gran premio del jurado del último Sundance. Dirigida por la debutante Courtney Hunt, la película trata uno de los temas más manidos del cine indie: la inmigración. Y lo hace en un lugar inesperado: la frontera entre Canadá y los Estados Unidos. Una madre coraje (entregada, Melissa Leo) lleva el peso de un pequeño relato que trancurre sin demasiadas sorpresas y ofreciendo un final reconfortante para con el espectador. El filme —muy aplaudido— consiguió, al menos, interesarme por la acertada construcción de los personajes y por el acercamiento digno que la directora plantea con la comunidad india. No es, quizás, un trabajo de largo recorrido, pero me huelo que puede llevarse algún premio dentro de una sección oficial plagada de incógnitas.

Mucho más desconcertante (e imprevisible) que Frozen River resultó Génova; la nueva propuesta del siempre escurridizo Michael Winterbottom. Como bien sabrás, al director británico no le van ni las clasificaciones ni los estilemas autorales y en cada película nos obliga a replantearnos los conceptos que tenemos asumidos de su cine. Esta vez, ha sorprendido a muchos con un relato sobre la pérdida que sabe huir de los lugares comunes y que toma la ciudad italiana del título como incómodo personaje. Lo que más me llamó la atención del filme es el tono enrarecido general que huye de lo melodramático y consigue que nos metamos de lleno en una historia que nos han contado mil veces, pero que en pocas ocasiones funciona tan bien como aquí. Quizás me pueda mí  pasión por la arquitectura italiana del XVI o mí debilidad por las canciones populares y los planos subjetivos, pero qué más da si Winterbottom me ha convencido tras varios proyectos fallidos. Dudo que la película guste a toda la crítica (el recibimiento fue tibio), pero yo te la recomiendo. Seguro que, al menos, te interesará por las estupendas interpretaciones y por el retrato misterioso que el británico consigue de las calles de Génova (nada que ver, afortunadamente, con la nefasta postal turística de Vicky Cristina Barcelona).

foto

Me acerqué también a ver otra ópera prima, la uruguaya Acné de Federico Veiroj. Tal como deja entrever el título, el filme versa sobre aquella edad de contradicciones y de miedos que es la adolescencia. Al desorden emocional del chico protagonista (se va de putas, pero aún no ha dado un beso con lengua) se suma el desinterés por su educación de sus acomodados padres que se pasan el día fuera de casa. Rafa Bregman (así se llama el chaval) se pasa el día charlando con los colegas, masturbándose y buscando fórmulas para ligar con una chica de clase. Lo de siempre, pero bien filmado y en una comunidad judía. Veiroj sabe que con catorce años el mundo se te cae encima y que las ganas de crecer se chocan con el miedo a dejar la seguridad del nido. Sin estridencias, mediante planos sosegados y sin juzgar a sus individuos, el director uruguayo consigue reflejar un estado de tránsito donde, pese a la distancia, me sentí muy identificado. Al fin y al cabo, a todos  nos ha rechazado una chica alguna vez y hemos tenido que tragarnos el orgullo y seguir adelante.

Tal como me imagino que hizo Terence Davies cuando se dio cuenta que ya no creía en Dios. Una  de sus muchas confesiones reflejadas en este estupendo documental autobiográfico que es Of Time and The City. No te hablaré a fondo de esta pieza porque ya lo haces tú muy bien en la anterior carta, pero sí te diré que todo se entiende mejor con la poderosa voz en off del director que enriquece y da sentido a las bellísimas imágenes que van apareciendo en un montaje intuitivo y fragmentado. No me gustaría vivir en la grisácea Liverpool (aunque yo también sea de los Beatles), pero sí conocer a un tipo tan lúcido y sincero como Davies. Una amiga tuvo la ocasión de entrevistarlo y el buen tipo se puso a llorar mientras recordaba su infancia. Qué tío. Qué película. Y pensar que también ha dirigido Neon Bible, una adaptación libre de un libro de John Kennedy Toole que he paladeado esta misma noche. Sigo sin palabras.

Y eso que me estoy volviendo a enrollar demasiado con este mail y que apenas te he comentado nada de Burn after Reading, la nueva película de los Coen que ayer vi por segunda vez tras disfrutar moderadamente de ella en Venecia. Tal como te dije en otro correo, estos hermanos me resultan demasiado cínicos y crueles como para admirarlos plenamente. Admito que, a veces, me parto de risa con ellos, pero, en el fondo, nunca me llegan a convencer. Quizás porque echo de menos una mayor definición de unos personajes que me resultan más caricaturas que otra cosa. No sé. Su anterior filme, No es país para viejos, me encantó y quizás deseaba que los Coen tomasen un nuevo rumbo en su carrera. Por mucho que se esfuercen, nunca creo que consigan otra comedia generacional como la mítica El gran Lebowsky

Mañana, más cine. Y, sin falta, quedamos para charlar y tomar unas cañas. Seguro que, un breve descanso, me ayudará a ordenar tantas imágenes en mí cabeza.

Un abrazo,

C.M.

::subir::

Carta 2 - 19 de septiembre

Querido Carles:

Llegué. Como si fuera un Jack Bauer entrado en kilos hice mi propio remake de "24" dejándolo en 70, consiguiendo, de esa manera y en ese número de minutos, bajarme del tren, llegar a la pensión, soltar los bultos, alcanzar el Kursaal, acreditarme en la maraña, tomarme un pintxo y entrar en la primera película. Y es que yo con la barriga vacía no me meto en ningún festival. Así me lo enseñaron a mí.

Palabra de crítico independiente: hoy sólo he visto 3 películas. Ya sé que te dije en otro mail (que nunca publicaremos) que intentaría ir todos los días a 5 por lo menos, pero es que entre temas formales, reencuentros, equivocaciones  de sala, incapacidad para entender el funcionamiento de las entradas, invitaciones y demás, el Dickens y el sueño acumulado, hoy no ha sido el peor día para empezar el festival. De lo visto, decirte que una me ha encantado, otra me ha perturbado y la última me ha dejado frío en caliente. Empiezo por el principio que es por donde se suele empezar.

La primera película que he visto ha sido Of time and the city, la última obra de un director que me alegro de que empieces a descubrir con tanta satisfacción como lo haces. Terence Davies representa una voz distinta y un vocabulario secreto auspiciado (patrocinado, motivado) por/en una manera insobornable de concebir su oficio, alejada de ciertas tendencias tendenciosas y efímeras, a la vez que única en la pertinaz poética de su singular imaginario. Es el Laudelino Cubino de la cinematografía mundial, siempre subiendo en solitario los puertos en los que demás desfallecen, apareciendo muy de vez en cuando para demostrar que esto se hizo para él y que la maestría sirve para enseñar a los demás más que para demostrar los conocimientos. Su última película es una maravilla, rara y concisa, frugal y nutritiva a partes iguales, libre y liberadora, un paseo por el tiempo y el espacio de una ciudad que nace todos los días dentro del cuerpo de quien la habita. No sé si porque soy más de Beatles que de Stones o porque mi segundo equipo (el primero es el Cádiz, qué le vamos a hacer) es el Liverpool, pero para mí el viaje de ayer tuvo mucho de personal aunque nunca haya visitado ni Anfield ni Aintree. Davies es un buen guía porque no es pesado ni se pierde en batallitas y eso hace que puedas hacer tuya la experiencia. Muestra más que demuestra. La utilización del sonido inunda de ruidos y silencios los rostros y las almas de los protagonistas de la película (y de la vida), las caras y los gestos dan sentido a la letra de la música que marca el compás de la intrahistoria (perdona por el unamuniano  término) que no sale en los libros o que sí. De la voz en off no puedo hablar porque la copia que nos pusieron ayer estaba defectuosa y la hacía aparecer o desaparecer según su antojo. A pesar de eso, una gran obra que te recomiendo a ti y a todos los lectores.

foto

De la que me perturbó no hablaré mucho porque ya me contabas ayer tus sensaciones sobre ella. La Frontière de L'aube es mi primera experiencia Garrel y no será la última. Lo prometo. Su estética me recuerda a una película que (como se dice ahora) detesto cordialmente, The Addiction, su ética en sus imágenes (o al revés) a Godard y Cassavetes, autores ambos con carnet para influenciar. Lo que no me convenció del todo es cierto gusto por lo elevado, sobre todo en los diálogos,  y una ausencia preocupante de sentido del humor o autocrítica (que normalmente viene a ser lo mismo). A veces se eleva demasiado cuando lo mejor de su propuesta son los pies en el suelo de nuestras miserias menos confesables, la incapacidad para perdonar o para aceptar otra visión de las cosas, la inestabilidad aleatoria de nuestras mentes y caprichos y la definición del amor como parabrisas cíclico con lluvia o sin ella.

Se lo comentaba ayer a unos amigos: si no fuera porque así no es me dedicaría a ver entero el ciclo de Japón en negro. Su selección de título es tan ecléctica como inédita. Sugerente. Iniciática. Brutal. Intentaré aplicar una dosis diaria a mi alimentación aunque no te prometo nada porque probablemente otros rigores ocuparán mi tiempo (la sección oficial, de la que hoy, ejem, no he hablado). La película elegida del ciclo, como decía antes, me ha dejado frío en caliente. Porque tras la surrealista y divertidísima presentación que ha hecho en directo Kaizo Hayashi de Waga jinsei saiaku no toku//The most terrible time in my life todos esperábamos un poco más. La primera parte de su trilogía comienza creando la sensación de que nos hallamos en un cine pretérito tanto por la ambientación en una sala donde se proyecta Los mejores años de nuestra vida como por el perfilado blanco y negro de su fotografía. Esto y un desopilante sentido del humor en el primer tercio de la película es lo mejor de una trama que ya hemos visto más y mejor otras veces (pienso en Johnnie To, por ejemplo). Si la puedes ver no lo dudes, pero creo que no será de las mejores del ciclo.

A ver si con suerte nos vemos mañana. Un abrazo,

L.O.

PD: Mi pincho recomendado del día: Morcilla rebozada con foie sobre salsa de cebolleta en Antonio Bar en la calle Bergara. Una maravilla, oye.

::subir::

Carta 1 - 18 de septiembre

Apreciado Lolo,

Me encuentro ya en San Sebastián y, por ahora, todo va sobre ruedas. Sé que en breve te dejarás caer por esta bella ciudad, pero prefiero mandarte este mail por si no nos vemos. Pues aquí hay mucha gente y demasiadas películas. Te alegrará saber que mí primera jornada cinéfila ha sido más que satisfactoria. He visto un total de cuatro filmes y el balance es el siguiente: una obra maestra (Distant Voices, Still Lives), dos piezas notables (The Long Day Closes y La Frontière de L'Aube) y una propuesta nefasta (Abse Du-Pa). Lástima que esta última, dirigida por la directora iraní Samira Makhmalbaf, sea la única —de entre las películas citadas— que compita en la temible sección oficial. Gustosamente, me ahorraría hablarte de ella. Pero, teniendo en cuenta que es una de las quince candidatas a la Concha de Oro, conviene tenerla en cuenta por el bien de una buena cobertura.

Abse Du-Pa es una entregada representante del cine ONG que tanto gusta en este certamen. En la anterior edición ya sufrí el visionado de Buda explotó de vergüenza —un filme, por cierto, dirigido por otra cineasta de la prolífica familia Makhmalbaf— y mis expectativas no eran demasiado altas. La película, por más inri, resultó peor de lo que imaginaba. Hasta el punto que, una vez concluyó la sesión con público, nadie se puso a aplaudir. Algo ciertamente extraño en un festival donde los filmes de corte social se suelen recibir con entusiasmo. Quizás los espectadores donostiarras estén  tan cansados como yo de películas iraníes cortadas por el mismo patrón que, con más buena voluntad que talento, intentan transitar por la senda que abrió Abbas Kiarostami con la deslumbrante ¿Dónde está la casa de mí amigo?. Dos niños —uno tullido y el otro con problemas de habla— son los protagonistas de un relato que parte, nuevamente, del microcosmos infantil para trazar un dibujo de la enquistada sociedad persa contemporánea. El argumento, en sí, nada tiene de malo. Aunque, pronto, uno se da cuenta que Makhmalbaf no es una directora sutil y que prefiere subrayar constantemente (hay un símil con un caballo realmente tosco y evidente) en vez de dejar espacio al espectador. Los escasos aciertos iniciales del filme se van progresivamente al traste por una tendencia deliberada hacia el tremendismo y el patetismo. Así, los insistentes golpes de efecto dramáticos y el abuso de primeros planos efectistas no hacen más que evidenciar las verdaderas intenciones escondidas tras esta pequeña producción. Pues, más que narrar, lo que la cineasta iraní pretende es dar lástima al público occidental a toda costa. Para conseguirlo (sin éxito aparente), se recrea en la miseria de su propio país y desaprovecha las posibilidades expresivas de su historia. Es una lástima, pero todos los filmes con la etiqueta de necesarios me suelen parecer tan desastrosos como éste. Tú, al menos, Lolo, no tendrás la oportunidad de comprobarlo (afortunadamente, en el programa ya no hay más pases de Abse Du-Pa ).

foto

No deberías perderte en cambio, La Frontière de L'aube, la estupenda nueva obra de Philippe Garrel que he visto en la sección Zabaltegi Perlas. Mañana la proyectan por última vez y me apetece discutir contigo sobre ella. La película sigue la misma línea estética de la monumental Los amantes regulares (la fotografía contrastada de ambas es muy similar) y viene a confirmar la visión trágica que el cineasta francés tiene de la existencia humana. Los fantasmas de la revolución y de los amores perdidos sobrevuelan un filme que, aún estando ambientado en el presente, nos remite a las grandes utopías del siglo XX. La cámara de Garrel sigue preocupada, además, por los rostros y los gestos de unos personajes que quedan atrapados en los encuadres. No parece haber escapatoria para ellos; para la pareja formada por Louis Garrel y Laura Smet; para una juventud actual que el director captura con una nebulosa tristeza. Sosegada, ensimismada, bella, La Frontière de L'aube es una película exigente que se atreve a acercarse, incluso, al cine fantástico desde un acertado naturalismo. Sólo ciertos toques de qualité —un abuso de una melodía de violín, una búsqueda constante de lo poético— restan puntos a una obra que, por lo demás, me ha parecido deslumbrante. Aunque, por el bien de su carrera, espero que Garrel modifique ligeramente su estética en su próximo filme. Con propuestas tan cerradas como ésta, creo que corre el riesgo de caer en el paroxismo formal. A algunos, de hecho, La Frontière de L'aube ya no les ha convencido del todo. No sé qué pensarás tú cuando la veas, pero es una película sobre la que convendrá volver una vez acabe el festival.

También apetecerá revisar a fondo toda la carrera de Terence Davies. Hasta esta tarde no conocía ninguno de sus filmes y, tras disfrutar de Distant Voices, Still Lives y The Long Day Closes, no puedo más que mostrarte mí completo entusiasmo ante tamaño descubrimiento. No me siento capaz de expresar en palabras las sensaciones que el cineasta inglés me ha transmitido en estos dos retratos generacionales que, en vez de caer en lo retro y lo lineal, siguen la lógica fragmentada de los recuerdos y avanzan hacia terrenos que hoy transitan cineastas tan esenciales como David Lynch o Jia Zhang-Ke. Podría hablarte del asombroso uso del sonido —con una grata presencia de canciones populares—, de la suspensión narrativa, de los travellings fantasmales o de la sutileza temática, pero me quedaría corto. El cine de Davies es puramente sensorial y, partiendo de elementos autobigráficos, emociona con todo tipo de texturas que te arrastran a un universo fílmico libre y no contaminado. Mañana, sin falta, me compro el apetecible libro que ha editado el festival sobre este director. Sus películas son tan ricas que, una vez sepa más sobre él, estoy seguro que aún me deslumbran más. Si tienes tiempo, no te pierdas el resto de la retrospectiva. Es una oportunidad única que no conviene desaprovechar.

Aún conmovido por tantas buenas películas, me despido de ti por hoy. Aunque, si te parece, podemos seguir con estas correspondencias durante todo el certamen. Pienso que pueden llegar a ser muy enriquecedoras y agradables. Prometo —eso sí— expresarme con mayor relajación en el próximo mail. Desprenderse del lenguaje de crítico es más difícil de lo que parece...

Un abrazo,

C.M.

::subir::