65 Mostra - Venezia 2008

Por Carles Matamoros

Palmarés

  • León de Oro al mejor film
    The Wrestler, de Darren Aronofsky (EE.UU.)
  • León de Plata al mejor director
    Aleksey German Jr. por Bumažnyj Soldat (Paper Soldier) (Rusia)
  • Premio Especial del Jurado
    Teza de Haile Gerima (Etiopia-Alemania-Francia)
  • Copa Volpi al mejor actor:
    Silivio Orlando por Il papà di Giovanna, de Pupi Avati (Italia)
  • Copa Volpi a la mejor actriz
    Dominique Blanc por L'autre, de P. M. Bernard y P. Trividic (Francia)
  • Premio Marcello Mastroianni al mejor intérprete joven
    Jennifer Lawrence
    por The Burning Plan, de Guillermo Arriaga (EE.UU.)
  • Osella a la mejor fotografía
    Alisher Khamidhodjaev y Maxim Drozdov for Bumažnyj Soldat
  • Osella al mejor guión
    Haile Gerima, por Teza
  • León Especial por una trayectoria
    Werner Schroeter

Volumen 5: La incursión usamericana

Tarde, pero llegaron. Los filmes estadounidenses acapararon todo el protagonismo en los dos últimos días de una Mostra —exigente y arriesgada— que no ha cumplido las expectativas de la mayoría. El considerable número de películas erráticas programadas en la sección oficial (no vamos a negar que hemos visto unos cuantos tochos) ha restado fuerza a un festival que, en líneas generales, sí ha resultado muy atractivo. Lástima que algunas de las mejores propuestas del certamen (A Erva do Rato, Les Plages d'Agnès, 35 Rhums) hayan quedado fuera de la competición principal y hoy no opten a un León de Oro sin favoritos claros. Quizás, por aquello de levantar los ánimos generales y recuperar un cierto glamour, el jurado oficial (Wim Wenders, Yurij Arabov, Valeria Golino, Douglas Gordon, John Landis, Lucrecia Martel, Johnnie To) se decante por repartir premios entre los desiguales filmes norteamericanos que hemos visto en las últimas horas: Rachel Getting Married, de Jonathan Demme, Hurt Locker, de Kathryn Bigelow, y The Wrestler, de Darren Aronofsky. Tres títulos interesantes que han sido muy bien recibidos por la crítica y de los que daremos cuenta en esta última crónica veneciana. También hablaremos, finalmente, de Un Lac, el decepcionante retorno de Philippe Grandrieux.

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Empecemos por Demme. Pues Rachel Getting Married es, quizás, la ficción más relevante del director neoyorkino desde la estupenda El silencio de los corderos. Se trata de un filme cálido, sincero y veraz; una suerte de relectura (en clave dramática) del choque familiar que Noah Baumbach planteaba en la reciente Margot y la Boda. Aquí no hay, sin embargo, ni la frialdad ni los golpes truculentos de aquélla y sí un interés compartido por capturar los restos de una institución (la familia americana) que necesita urgentemente de una reconciliación. Un reencuentro al que aspira también Kym (Anne Hathaway, máxima favorita para la Copa Volpi); la oveja negra (la hija pródiga) que vuelve a casa tras pasar unos meses en un centro de desintoxicación. Su retorno (que algunos, muy alegremente, han equiparado al del de las tropas de Irak) es seguido a la distancia adecuada (vía cámara en mano) por Demme que consigue reflejar las contradicciones de una joven marcada por la culpa y los vínculos sanguíneos. Asimismo, Kym teme al desarraigo y en ese miedo sabe moverse el director que no se esconde ni ofrece nunca soluciones redentoras. Pronto, los diálogos directos, sin cortapisas, y el acertado toque documentalista (con una gran importancia de la música en directo) ponen el resto para que el drama se encauce sin grandes baches y llegue a buen puerto sin deslumbrar del todo, pero sí convenciendo a los más escépticos con las producciones indies y progres.

Por otro lado, Hurt Locker sembró la discordia. Bigelow fue acusada de fascista por su tratamiento de la guerra de Irak y su película despertó todo tipo de discusiones encendidas en las calles del Lido. El debate político estaba, por una vez, justificado: Hurt Locker es un filme que nos obliga a posicionarnos moralmente. Y esto es algo que (a estas alturas de festival) no parece precisamente fácil. Más cuando estamos ante una cinta de acción escasamente pretenciosa que, en casi ningún momento, pretende sentar cátedra sobre el conflicto bélico en el que se ubica. El problema, para casi todos (también para mí), se encuentra en el punto de vista. Bigelow se fija únicamente en el bando estadounidense (concretamente en los artificieros) y no ofrece ningún contraplano mínimamente decente de los iraquíes (que aparecen como fantasmas amenazadores). Esto convierte Hurt Locker en una suerte de videojuego shoot-'em-up donde el espectador/jugador se siente como uno de los marines protagonistas que, misión tras misión, disfrutan de la guerra deshaciéndose de sus enemigos y desactivando bombas. Un planteamiento ambiguo que Bigelow resuelve con nervio;   ritualizando unas secuencias de acción altamente adictivas. Lástima que, por otro lado, el desarrollo de los personajes sea tan plano y que la película llegue a aburrir por su falta de calado emocional. Más allá de la moral, Hurt Locker resulta, a la postre, un filme fallido.

Más interesante fue, en cambio, The Wrestler, el nuevo trabajo de Aronofsky tras la muy discutida The Fountain. En esta ocasión, el director estadounidense se acerca convincentemente a la figura de un luchador de lucha libre en plena decadencia, encarnado por un envejecido Mickey Rourke. El filme que puede entenderse como una metáfora de la vida del propio actor protagonista fracasa en su vertiente melodramática (la relación padre-hija está muy mal llevada), pero funciona como un retrato extremo (algunos dirán pornográfico) sobre la decadencia física (los golpes, la sangre, las cicatrices) de un individuo el wrestler Randy “The Ram” Robinson que otrora fue popular y que ahora no es más que “un trozo de carne” (sic). Partiendo del cuerpo de Rourke y de su cogote en el estupendo arranque de la película, Aronofsky filma un trabajo a ras de suelo que no sólo nos habla del miedo a envejecer (o a retirarse) sino que describe con precisión un submundo de compañerismo masculino el del wrestling que queda capturado con total honestidad y sin un atisbo de condescendencia. Al final, y pese a los defectos de un guión al que se le ven las costuras, The Wrestler acaba atrapando al espectador por su franqueza. Algo que tenemos que agradecer a un Aronofsky que ha sabido encauzar su atípica carrera desde la efectista Réquiem por un sueño.

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Por último, Un Lac fue, seguramente, la mayor decepción personal de toda esta Mostra. Esperábamos mucho de Grandrieux y nos llevamos un buen chasco. El director francés una suerte de hermano bastardo de Claire Denis tiene una visión extrema y exquisita del cine. Y, en sus dos anteriores películas, supo fascinar con relatos al límite donde los personajes surgían desprovistos de psicología y todo se convertía pronto en una experiencia puramente física que afectaba al espectador. Esta vez, sin embargo, Un Lac nos dejó fuera desde el principio. Grandrieux no ha cambiado una pizca su estilo y esto podría ser un problema, pero su nuevo (mini)relato es más bien intrascendente y no deja traspasar el sentir de unos protagonistas extremos. La propuesta, pese a todo, tiene un par de aspectos reseñables: la apagada fotografía brumosa, misteriosa y la naturaleza capturada en unos planos asombrosos. Dos elementos que nos invitan a pensar en Grandrieux como un cineasta capaz de rodar filmes de paisajes a la James Benning. Si no tiene demasiado que contar, ésa no sería, ni mucho menos, una mala opción. Pues Un Lac hubiese resultado una propuesta mucho más gratificante sin personajes ni argumento.